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La noche más oscura


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05/01/2013

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LA NOCHE MÁS OSCURA


Película de Kathryn Bigelow





Vicente Adelantado Soriano





Sobre el cine actual se podría decir lo mismo que sobre el teatro de su época decía don Benito Pérez Galdós: no puede tomar muchos vuelos porque el respetable no lo entiende y se aburre; ni puede ser muy pedestre porque entonces deserta una buena parte del público; tiene que moverse, por lo tanto, como Ícaro, en la medianía, entre la vanguardia y lo pedestre.1 Por supuesto que esa medianía depende de la cultura de cada país. Y no es la misma la medianía de ahora que la de entonces, ni es la misma medianía la de la televisión que la del teatro. Evidentemente. A esta consideración, ya de por sí importante, cabría añadir que tanto el cine, y el cine más que nada, como la edición de libros, o el montaje de una obra de teatro, es un negocio. Y los negocios, salvo contadas excepciones, están hechos para ganar dinero, no para educar a nadie. Lo de educar con el teatro lo hicieron los griegos, dicen, allá por el siglo IV a .C.

Obvio es decir, a fin de llevar el público a las salas, el importantísimo papel que juega la publicidad en la época actual. Esa publicidad, por supuesto, se puede hacer de muchas y diversas formas, según a quien vaya dirigida, como la obra. Una de esas formas, hablando del film que nos ocupa, se ha centrado, para darle una verosimilitud añadida a la historia, en la posible relación de la CIA con el equipo de La noche más oscura. Al parecer se ha comentado que, en la película, se revelan las técnicas de tortura empleadas por los señores de la CIA para llegar al escondrijo utilizado por Bin Laden, personaje al que hay que eliminar. Y a ello va encaminado todo el metraje del film.

Vista la película, no puede uno por menos de sorprenderse de que alguien considere que la CIA ha revelado a algún guionista sus técnicas de tortura, pues lo mostrado en la cinta son técnicas que ya se utilizaban en la Edad Media, y que no causan más espanto en el espectador que la escena inquisitorial de El nombre de la rosa, cuando al pobre Salvatore le enseñan un hierro al rojo vivo; y el inquisidor, Bernardo de Guy, aparece como un padre bueno y bondadoso.

Pretender, por otra parte, que la película de Bigelow sea una crítica a no sé qué presupuestos democráticos es pedir cotufas en el golfo. Y no porque la señora Bigelow piense de esta o de la otra manera, sino porque ha hecho, mal que le pese a alguien, una película de aventuras, casi del oeste; y, al igual que en estas, no hay ningún planteamiento ideológico, al menos de forma clara y abierta. Demasiado temprano para ello. De hecho en las películas del oeste tuvieron que pasar algunas décadas para que Hollywood se planteara la parte de razón que tenían los indios. Ya se sabe: la historia siempre la escribe quien gana. Y, por supuesto, la empatía siempre cae del lado del vaquero, del blanco, de quien por mucho que cabalgue nunca jamás se despeina ni suda.

En La noche más oscura no hay ningún planteamiento de por qué surge el terrorismo, ni qué es lo que este pretende. No es eso lo que pretende dilucidar la cinta. Insisto: con un tema de actualidad se ha hecho, sencillamente, una película de acción. Que, por supuesto, no es inocente. Nada en esta vida lo es. Pero aquí lo único que se dirime es si la protagonista tiene o no razón en su pretendida localización de Bin Laden, y en su valor para enfrentarse a sus superiores dentro de la CIA. Ese es el tema. Llevado, y en eso Bigelow es una maestra, con muy buen tino y ritmo. No podían faltar, por supuesto, las escenas de acción perfectamente narradas, por cierto.

La película parte, pues, del presupuesto de que el terrorismo es malo: se recuerda, mediante grabaciones de voz, la destrucción de las Torres Gemelas, la muerte de 3.000 inocentes; y se busca, por supuesto, al cerebro de aquella masacre. Se recurre para ello a las torturas, unas torturas que, vistos a los torturados, no parecen ni tan terribles ni tan dolorosas. Y es ahí donde creemos que se ha respetado, y mucho, a la CIA. Ni de lejos parece que las cosas fueran tan suaves, aunque se queje un personaje de que los presos de Guantánamo tienen ya hasta abogado. Tal como suena. Y, desde luego, en ningún momento aparece en la película la visión del torturado, y por qué ha aceptado este meterse en una organización terrorista. Eso sería hacer otra película. Y no es el tema, lo repito, de La noche más oscura. Es una película de aventuras. Y el resto no es sino pura propaganda que puede despistar a más de uno. En ningún momento se dice nada que no sea políticamente correcto. Pues también, vistas las escenas finales, podían haber capturado a Bin Laden y haberlo sometido a juicio, cosa que debería hacerse en una democracia. Pero, claro, las complicaciones iban a ser tantas que más valía aplicar la política de hechos consumados. Esto tampoco se plantea. No hay nada en la película de Bigelow que pueda molestar o impedir obtener algún que otro óscar. Dejadas estas consideraciones aparte, La noche más oscura cumple a la perfección su cometido: hacer pasar un par de horas pegado a la butaca, y que el espectador, si no pide imposibles, pase un buen rato. Nada más. No es una película inocente, desde luego. Como tampoco lo es la Ilíada ni el Mio Cid, por poner un par de ejemplos. Ahora bien, las tres obras son de lectura recomendable, sobre todo las impresas en papel.





1Para más información véase el excelente prólogo de Luis F. Díaz Larios a La de San Quintín. Electra. En Cátedra, Letras Hispánicas, nº 535





Etiquetas:   Cine

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