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Deseos


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05/01/2013

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DESEOS






Vicente Adelantado Soriano





Este era mi sueño: un campo no muy grande,

con un huerto y una fuente perenne vecina a la casa,

y por encima de esta un poco de bosque.

Horacio, Sátiras.





Estaba descubriendo, de mayor, un cierto placer en cosas que antes le molestaban sobremanera. Ahora, acercándose ya a la vejez, aquellas cosas tan molestas le resultaban agradables, gratas y hasta simpáticas. De joven le incordiaba bastante, por ejemplo, que alguien, sin su permiso, o dándoselo por compromiso, se sentara a su lado, y se pusiera a hablarle llegando incluso a la osadía de tocarlo y de contarle su vida. Creyó recordar por aquel entonces que era don Ramón María del Valle-Inclán quien se definía a sí mismo como confesor de princesas, o algo similar. Y él, que siempre atraía al esperpento, al decir de un amigo, como el hierro atrae al rayo, se vio relegado a la categoría de confesor de acatarrados de la tercera edad, o de gentes de poco pelo y menos sustancia.

-Princesas, lo que se dice princesas, no he confesado casi nunca -se decía con un guiño y un dejo de ironía-. Y tal vez no valga la pena. Al fin y al cabo, ¿qué van a contar?

A veces, sin embargo, y sorprendiéndolo, le contaron cosas divertidas y llenas de picardías. Sonrió evocándolas. Ahora bien, recordando a algunos de aquellos acatarrados penitentes, se arrepentía a menudo de haber sido, de joven, un tanto intransigente con ellos.

-Por culpa de esa intransigencia -se decía con un dejo de amargura- no supe sacar provecho de aquellas confesiones. Ni fui muy amable que digamos, que es lo más importante.

Reconocía que, con el paso del tiempo, se había vuelto más paciente y tolerante con las personas, quizás porque ya no tenía nada que perder, ni siquiera el tiempo, que sabía más que agotado.

-A mi edad -se decía de vez en cuando- mi padre llevaba ya diez años enterrado. He sobrevivido a bastantes amigos y a muchos conocidos. Y eso no me hace nada feliz. Mi felicidad hubiera estado... ¿quién sabe dónde hubiese estado?

Con la pregunta en los labios recordó la vieja sátira de Horacio que tanto le gustaba, y que tantas veces se repetía:





¿Por qué, Mecenas, nadie está contento

con la suerte que le ha proporcionado o bien su razón,

o bien la fortuna; por qué nadie vive satisfecho,

y alaba a quienes siguen caminos distintos al suyo?1





También recordó la tarde en que se acordó de aquella sátira. Y que a su vez, como en un endiablado juego de muñecas rusas, le hizo recordar otra lejana tarde: iba entonces, con los libros bajo el brazo, camino de la facultad. Llegaba tarde a clase, así que iba más que a prisa. Y de golpe y porrazo, sin saber por qué, recordó a un amigo al que hacía mucho tiempo que no veía.

-Y fue acordarme de él, y darme de narices con su persona. Aquello fue el reinicio de una bella amistad.

-A mí también me ha pasado alguna vez -recordó que le contó aquella persona que, al igual que muchas otras, se sentó a su lado una tarde, aunque esta tuvo la deferencia de no estar dándole golpecitos en el brazo, subrayados, cada vez que hablaba.

-Sí -reflexionó-. A veces parece como si la mente nos avisará de las cosas que nos va a suceder.

-Puede ser -le dijo aquel anciano- que los antepasados tengan razón: si prestas atención a las cosas, y a tu cabeza, sabes lo que va a suceder. Todos los animales intuyen el peligro.

Sonrió con escepticismo. Su compañero captó aquella sonrisa.

-Yo tampoco me lo acabo de creer del todo -dijo-. Tal vez porque con el paso del tiempo, vamos perdiendo facultades.

-Pero tenemos prótesis -replicó con cierta ironía.

-En eso tiene razón -asintió sonriendo.

-Pero me estoy perdiendo -se dijo-. Tengo que rebobinar. Yo me estaba acordando de la sátira de Horacio, sentado en un banco de un parque, cuando aquel hombre se sentó a mi lado. Y comenzó a hablar. Me llamó la atención porque lo que dijo estaba relacionado con lo que yo estaba pensando; y por eso me acordé de aquella otra tarde, cuando al acordarme de mi amigo, este se me hizo presente en carne y hueso.

-Sólo un hombre de mi edad me puede entender -dijo por todo saludo en tanto se sentaba-. Y ya sé que nada tiene importancia a estas alturas; pero como no tengo otra cosa que hacer no hago más que darle vueltas a una cosa: no he sido feliz en esta vida. Y lo más curioso del caso es que culpo a mis padres de esa infelicidad mía. Sé que, en el fondo, no es así; pero no lo puedo evitar.

Se quedó pasmado ante semejante presentación. No era la primera vez que oía alguna que otra confesión; pero nunca lo habían abordado de forma tan directa ni decidida. Temió, como también le ocurriera alguna que otra vez, estar sentado al lado de un loco. Se tranquilizó, pues no creyó que pudiera hacerle mucho daño: ni el uno ni el otro estaban para hacer uso de la fuerza, o para gastar excesiva saliva.

-Mis padres -continuó el viejo penitente- eran labradores y pobres. Y se empeñaron en emigrar y en venirse a la capital.

-Y usted no quería salir del pueblo.

-¿Cómo lo sabe?

-Nos ha pasado a casi todos.

-No, no quise salir del pueblo. Me costó un serio disgusto hacerlo. Pero luego me pegó por no querer regresar a él nunca jamás. Volví una vez, sí; y no sé qué ideas llevaba en la cabeza, pero nada de lo que encontré era lo que recordaba o esperaba... y no volví.

-Vale más un buen recuerdo que una triste realidad.

-No sé qué decirle.

-Yo me estaba acordando de una poesía en la que se viene a decir que nadie está contento con su destino; y que siempre se envidia el del vecino, aun sin saber qué opina este.

-Ni falta que hace: lo más probable es que envidie al que lo envidia. Y así vamos pasando la triste vida. Ahora bien -añadió- también pienso que de haberme quedado en el pueblo, a estas horas estaría renegando de mis padres por no haberme procurado un futuro mejor. Creo que estoy empezando a chochear.

-Sí, siempre tendemos a culpar a los otros.

-Tiene usted razón. Y mire que cuesta de quitar ese vicio, ¿eh?

-Sí, es verdad. De todas formas, se podía haber consolado con la lectura de la poesía que yo estaba leyendo. Se cuenta en ella que un ratón de ciudad convence a otro de campo para irse a vivir a la urbe. Allí, en una casa, se sacian con los restos de un opíparo banquete. Hasta que los perros comienzan a ladrar y a perseguirlos. Es tal el susto que el ratón de campo prefiere más la vida tranquila de su pueblo, aunque en él sólo tenga lo necesario para su sustento.

-Dudo que estando en el pueblo hubiera podido leer algo así o de otra forma.

-Tampoco crea que son muchos quienes lo hacen aquí en la capital.

-Porque ellos lo quieren, y lo escogen así. Allí no hubiera sido yo quien lo hubiese decidido.

-Entonces ¿Por qué se queja de que sus padres lo sacaran del pueblo?

-Pues porque supongo que me hubiese gustado que mi vida se desarrollara de otra forma.

-¿Cómo?

-No lo sé. De otra forma. Quizás lo mejor sea no tener referentes para ciertas cosas. ¿Sabe? Yo tenía un amigo que todos los veranos se iba al chalet de sus padres. Este estaba edificado al pie de una montaña de no muy fácil acceso. Todos los fines de semana había muchos ciclistas midiendo sus fuerzas con la dura carretera. Mi amigo todos los años subía pedaleando a lo más alto del pico. Cuando coronaba la montaña se sentía todavía ágil y joven. Y se alegraba mucho. Pero un año murió su padre, se vendió el chalet, y él dejó de pedalear por montes y carreteras. Envejeció tranquilamente, sin tener que demostrarse nada. ¿Qué le parece?

-Y tal vez sin amargarse. Es lo mejor. Eso y aceptar que algún día lo perderemos todo. Hasta la vida.

-Sí. Tiene razón: a veces me da la impresión de que somos como árboles. A lo largo de las estaciones vamos perdiendo hojas, que son las ilusiones, las esperanzas, los dientes, el pelo, y la vida.

-Hombre, pero los árboles reverdecen.

-Y algunas ilusiones también, ¿verdad?

-Sí, claro que sí.

-Yo me acuerdo muy a menudo de cuando era un crío. La infancia es una edad mágica, ¿no le parece? En el pueblo no es que fuéramos sobrados, pero todavía nos daba para algo de ilusión. Me acuerdo muy a menudo de cuando escribí mi primera carta a los Reyes Magos. No pedí nada del otro jueves, y quizás por eso tuve cuanto pedí. Ahora bien, lo que más me impresionó fue tener a mis órdenes a tres magos que lo único que me exigían por un par de regalos era un comportamiento adecuado. ¿No es estupendo?

-Sí, sí que lo es. Como también lo es, de vez en cuando, dejarse engañar. No, no se asuste. Quiero decir que yo, ya de mayor, también les escribí una carta a los Reyes Magos. Les pedía tiempo libre para leer y estudiar. Yo quería ser sabio, como Salomón, pero por mis propios méritos, no porque nadie me lo regalara... Por supuesto que no me creí mi carta, aunque durante unos minutos disfruté con mi pequeña broma.

-¿Y cómo se la iba a creer? Más tarde o más temprano, salvo que uno esté mal de la cabeza, loco de atar, se descubre que todo es mentira. Ni hay Reyes, ni magia, ni nada de nada. Triste y dura realidad. Posiblemente la infancia sea la única etapa en la vida en la que la palabra tiene sentido. Dice lo que significa, o al contrario. Decir algo es tenerlo. Es como aquellos verbos que me explicaron en una clase que pronunciarlos era cometer la acción. ¿Sabe de lo que hablo?

-Sí, creo que sí. Algo como que al decir yo juro, ya se ha jurado.

-Eso mismo. Luego, las palabras se convierten en tapaderas, en mentiras. Ya no significan nada, o significan lo contrario de lo que pone en el diccionario. Por ejemplo, si un político le dice que no se van a subir los impuestos, es que los van a subir.

-Con la iglesia hemos dado, Sancho. Ni me miente a semejante calaña. Aunque tengo que decirle que no hay mucha diferencia entre ellos y entre cualquier otra agrupación, sea grupo, secta, asociación, tenida, y sea laica o religiosa. Lo mismo da.

-Estamos buenos usted y yo.

-Somos mayores, estimado señor. De todas formas -dijo tras meditar durante unos segundos- todavía hay sitios en los que la palabra equivale a una verdad. Si entra en un bar y pide una cerveza, el camarero le servirá una cerveza.

-Porque es un buen hombre, o un ingenuo. Supone que tengo dinero; pero si supiera que no lo tengo, me tiraría del local con cajas destempladas.

-Todos trabajamos por el vil metal.

-Por supuesto. ¿Y qué es la palabra sin dinero?

-No sé. Algo así como la fe sin obras. Aunque con esto se puede engañar a todo el mundo, y con aquello...

-Con aquello también. Es un poco más complicado o difícil, pero no hay más que ver todo cuanto ha sucedido con los bancos, los banqueros, los políticos y los cargos públicos. Prometiendo el oro y el moro han robado y estafado todo cuanto han querido y un poco más.

-Ha sido todo bastante lamentable. Y en un país que se apellida católico.

-Ni católico ni protestante. Religiones e ideologías a menudo no son sino tapaderas. Y por eso pienso, a veces, que tal vez hubiera sido un acierto no haber salido del pueblo.

-¿Qué quiere que le diga? Es inútil lamentarse. Sea como fuere, ya no hay vuelta atrás.

-Eso es lo que tiene de bueno la vejez: ya no hay una segunda oportunidad, ya no es posible el fracaso. Es cuando uno vive y disfruta del día en toda su plenitud, ¿no le parece? Nunca se sabe si se gozará del día de mañana.

-Sí, todo en esta vida cuesta mucho de alcanzar. Hasta el famoso carpe diem.

-Y si ya no se tiene el día de mañana tampoco pasa nada. Nadie lo va a lamentar. ¿Sabe? Hace algunos meses vendí el piso en el que vivía, repartí el dinero entre mis hijos, y yo me fui a una residencia. Tenía dinero ahorrado para pagármela, no vaya a creer.

Fue entonces cuando intuyó que comenzaba la verdadera confesión, y cuando comenzó a preparar la absolución. La recordó: ego te absolvo a peccatis tuis in nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Vete y no peques más. Y echó de menos a aquella buena amiga, a la que siempre absolvía de todo, y que siempre se recreaba contándole un viaje a París con un hombre de usar y tirar. No pudo evitar sonreírse. La buena mujer llenó París de rincones eróticos y de posturas malabares.

-La vida tranquila -prosiguió el otro- se logra cuando uno tiene o conserva su propia independencia económica. Sí, ya sé lo que me va a decir: que también esto cuesta mucho lograrlo. Y así es. Así es. Eso y no molestar a nadie. Si me hubiera quedado en mi casa, es posible que mis hijos estuvieran rezando para que yo me muriera. Y sí, están muy bien educados, todo lo que usted quiera; pero el hombre es el hombre. No se puede remediar. Así tienen el dinero, yo estoy tranquilo en una residencia, y nadie reza porque muera o siga viviendo. Y cuando me quede tieso, nadie respirará aliviado, ni nadie lo lamentará. Espero. Será como si se desapareciera una merluza o se cayera una hoja de un árbol.

Estaba claro que semejante confesión no buscaba el perdón de los pecados, que no los había, ni de nada. Era hablar por pasar el rato. No hacían mal a nadie con ello.

-Yo también estoy en una residencia -confesó él a su vez-. No es que allí haya la calidez de un hogar, pero me dejan entrar y salir cuando quiero. Voy al cine, vuelvo del cine y tengo la cena preparada y la cama hecha. ¿Qué más se puede pedir a estas alturas?

-¡Ah! Con eso ya es más que suficiente. Más de uno se daría con un canto en los dientes.

-Desde luego.

-Y además, como pagamos, nadie nos puede chillar, aunque algunos renieguen. Pero como decía el borracho de mi pueblo, cada uno es cada uno y cada uno se comporta como quien es.

Y sin más se levantó y se fue. Sin despedirse, ni tender la mano, ni añadir una sola palabra. Estaba claro que las palabras, al menos, habían servido para distraerse durante unos momentos.

-Y para sentirnos un poco humanos -puntualizó levantándose él también y recordando una vez más a Horacio, aunque ahora lo hizo en latín-. Hoc erat in votis. Era esto lo que deseaba. Y que la próxima vez sea una princesa quien se se me acerque, aunque esté desdentada, porque a estas alturas bastante hacemos con tenernos a nosotros mismos, aunque sea sin la casa, la fuente ni el bosque. ¿Qué habrá sido de mi princesa de París? Hace tiempo que no sé nada de ella. Seguro que sigue pecando, o que, como a la madre Celestina, todavía le queda la dentera. Ojalá sea así.





1Horacio, Sátiras, I





Etiquetas:   Sueño   ·   Muerte

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