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¡Y volvió a sonreír!


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04/01/2013


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Era una persona alegre, simpática, afectuosa y noble. De esas personas que escasean y que siempre nos gustaría tener cerca para disfrutar de su amistad y de su cordialidad, especialmente en los momentos de nostalgia y de soledad que todos, incluso lo poderosos, solemos tener en momentos críticos de la vida. A este tipo de personas de carácter abierto y campechano algunos las definen como ‘la alegría de la huerta’, calificativo muy apropiado para presentar al protagonista de la historia.






Como la rutina de la vida se suele escribir con trazos finos, con trazos gruesos y hasta con borrones, también nuestro personaje fue objeto de la ira que recorre el universo. Su profesión, digna y amable, le facilitó recorrer toda la geografía nacional de pueblos, villas y ciudades. Eso le permitió compartir su trabajo y alegrar los corazones de miles y miles de personas de todos los estamentos y culturas. Gentes de diversas costumbres, singularidades y tradiciones. Él sabía comunicar, encantar, trasmitir y regalar felicidad. Durante sus intervenciones desaparecían las penas de cuantos acudían a la convocatoria.





Con el aterrizaje de la crisis, la felicidad acuñada en el tiempo por nuestro hombre se tornó en desdicha. Las cosas comenzaron a torcerse, a complicarse. El trabajo empezó a escasear y la mermada actividad ofrecía cada jornada resultados de ruina. La magnitud de la crisis fue tan aguda que le llevó al paro. A partir de ese momento se cumplió el popular dicho de ‘cuando Dios comienza a dar palos hasta los Santos le ayudan’. Y así fue. Además de perder el empleo, nuestro personaje tuvo que afrontar un inesperado proceso de divorcio. Al parecer la parienta ansiaba mimos distintos, quizás más calientes y frescos. Consecuencia de la desafortunada situación, además de sufrir el clásico desahucio por impago de hipoteca, nuestro personaje fue también objeto de esa moderna, ingeniosa y preferente estafa bancaria.





Intentó con empeño salir de la oscuridad del negro túnel, pero la situación calamitosa y el infortunio vencieron el empeño. El agobio iba en aumento. La pena comenzó a influir negativamente en su salud y en sus serenas reflexiones. Él, que siempre se distinguió por su optimismo y ansiada paz, empezó a ser reo del pesimismo y de la ira. No tardó en alcanzar una fase de frustración y de tormento que le hizo perder lo que más quería, lo que siempre regaló, ¡la sonrisa!





Con pausa pero sin tregua fue languideciendo, ignorado y olvidado. La tristeza le sumió en una enfermedad terminal de complicada superación. La agonía fue larga y dolorosa, pero desde su silencio nunca susurró el más mínimo quejido ni lamento.





Cuando su corazón dejó de latir, se le iluminó el rostro con una expresiva sonrisa de paz.  Como buen Payaso que fue en vida, esperó la muerte para volver a reír.



Etiquetas:   Ciudadanía   ·   Filosofía

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