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Cambiar no es renunciar


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03/01/2013


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Cada vez que termina un año tenemos la sensación de que una etapa de nuestra vida ha terminado, como si la llegada del año nuevo fuera a traer renovados aires depurativos que fueran a barrer todo lo que hemos hecho mal en los meses anteriores, o se pudieran cambiar las cosas, simplemente por el hecho de que doce campanadas traigan una nueva hoja del calendario, cargada de buenos augurios y mejores propósitos. Quizá sea esta la manera que tenemos los humanos de enfrentarnos a una realidad que, si no nos deprime, pensamos que es manifiestamente mejorable. La esperanza, que es una virtud teologal, pero también uno de los motores que nos hacen mirar hacia adelante con ilusión, si la despojamos de sus connotaciones religiosas, nos carga de motivaciones para afrontar el año que empieza con mayor disposición de seguir avanzando hacia no se sabe, nunca lo sabremos, bien dónde, porque la vida es incertidumbre, y es gracias a la esperanza por lo que podemos encararnos a la oscuridad del futuro sin miedo a lo desconocido.


         Pero a fin de cuentas los años son medidas de tiempo convencionales que sólo sirven para poner orden en nuestra vida, marcando un ciclo temporal perfectamente asumible para nuestras mentes racionales, sobre todo en una sociedad en la que la velocidad impuesta a nuestras vidas, requiere olvidar rápidamente lo pasado, para adentrarnos en un nuevo torbellino de prisas que  nos impidan detenernos a pensar por qué y para qué hacemos lo que hacemos. Sin embargo nuestros ciclos vitales son distintos, tienen otro tempo diferente a los trescientos sesenta y cinco días que marca el calendario. Unos de largo recorrido, que vienen marcados por nuestros ritmos biológicos: infancia, adolescencia, juventud, adultez, madurez y vejez, a los que deberíamos prestar más atención, para poder vivirlos en toda su plenitud (resulta curioso que la infancia sea la única etapa de nuestra vida en la que somos realmente felices); la consciencia del momento en el que estamos viviendo nos permitiría organizar mejor nuestra vida y proyectarla hacia las etapas siguientes. Al igual que hay otros ciclos más cortos que tienen que ver con los ritmos de la naturaleza, con las estaciones del año que inciden determinantemente en nuestro estado de ánimo. Si pudiéramos adecuar, al igual que se hacía no hace muchos años, nuestra actividad a los periodos estacionales, es posible que sacáramos mayor provecho de lo que hacemos. ¿Cómo podemos tener el mismo tono vital en primavera que en otoño? Sin embargo la sociedad actual nos exige que hagamos tabla rasa sobre nuestros biorritmos y  nos comportemos siempre de la misma forma.

         Algo parecido sucede con la sociedad, que tiene unos ritmos vitales que muchas veces no somos capaces de entenderlos, porque exigimos que su comportamiento, su statu quo se mantenga inalterable, no acertando ya a intuir los cambios que se avecinan para poder controlarlos, sino que nos negamos a aceptar que tiene un periodo de vida que con el tiempo se deteriora y hay que introducir nuevas formas de funcionamiento que las adapten a los cambios para poder seguir avanzando. Sobre todo porque una sociedad es un ente muy complejo de equilibrios y desequilibrios de intereses que, en muchos casos, pugnan por imponerse y en otros se busca acomodarlos en el bien común. Teorías filosóficas que explican el comportamiento del hombre (utilizo hombre como neutro genérico) en sociedad ha habido muchas a lo largo de la historia. Pero básicamente se reducen a la teoría del equilibrio entre contrarios que desarrolló Aristóteles (antes lo hizo Heráclito con una exposición muy radical que sostenía que el mundo existía mientras existiera una de las partes), conocida como virtud aristotélica, que sitúa al equilibrio entre las partes en el término medio, siendo esta prudencia la que conduce a la sabiduría. Posteriormente, el filósofo inglés Thomas Hobbes (1588-1679) en su obra Leviatán, sostuvo que el hombre es un lobo para el hombre y que por tanto debe subordinarse a un gobernante del que emanan las Leyes que nos impiden despedazarnos. Posteriormente el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau (1712-1778) establece que el individuo, para convivir en sociedad y protegerse de la barbarie, necesita de un contrato social, del que emana el Derecho, por el que cede parte de su libertad para la convivencia, mediante la voluntad general.

         Pero este concepto de equilibrio tiende a romperse en una sociedad con el desgaste del tiempo. Si fuéramos capaces de entender que también las sociedades tienen ciclos vitales, nos anticiparíamos a los desajustes. Pero no es así, y esto provoca que se rompa el equilibrio de intereses, esencial en una sociedad democrática, entrando en colisión las diferentes clases sociales, en donde los más poderosos, los que ostentan el poder económico, político, religioso y mediático, suelen tratar de imponer su voluntad, a costa de la gran mayoría. Este es el resumen del año que termina, marcado por la anticipación del neoliberalismo gobernante, al que negligentemente le hemos dado un poder excesivo, que ha roto la balanza de equilibrios existentes hasta la fecha, traducido en pérdida de derechos, empobrecimiento de la población, y ruptura del estado de bienestar. Por eso, si somos capaces de ver la situación actual como un ciclo más largo que el de un año, el 2013 va a ser un año difícil, en el que debemos volver a ocupar la posición que hemos perdido, para que la Ley vuelva a restablecerse en el ámbito del contrato social, y no tengamos que sufrir las dentelladas del lobo en el que el neoliberalismo del siglo XXI se ha convertido. Esa es nuestra esperanza colectiva de mejorar el año próximo. Porque sin ella, las esperanzas individuales de cada uno caerán por un enrome agujero negro, del que será muy difícil salir. Que la sociedad se esté transformando no significa que tengamos que renunciar a nuestros derechos individuales y colectivos.



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