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Una triste noticia


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29/12/2012

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UNA TRISTE NOTICIA






Vicente Adelantado Soriano





Y en todas las cosas humanas sucede, si bien se mira, que no se puede quitar un inconveniente sin que inmediatamente surja otro.

Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio





Así pues, cuando de nuevo llega la misma causa, nosotros que hemos llegado a ser los mismos haremos las mismas cosas y de la misma manera, y así también todos los demás hombres.

Plutarco, Sobre el hado





Se ha vuelto a repetir la tragedia. Cada cierto tiempo en Estados Unidos, casi de forma sistemática, se producen y reproducen hechos de este calibre. Una persona, en este caso un joven de 20 años, ha entrado, no en un instituto o en una universidad, sino en una guardería infantil, armado como si se fuera a la guerra, y ha abierto fuego contra niños y profesoras, personas cuyo único delito era haber nacido y estar allí. No se sabe, a estas alturas, qué ha llevado a este joven a matar a esos niños, y a suicidarse él. Quizás la explicación más sencilla sea reconocer que este hombre tenía las facultades mentales perturbadas. Desde luego hay que estar loco para matar a una persona sin más, aunque sea por razones ideológicas, y máxime cuando esas personas son niños de entre entre tres y cinco o seis años.

La masacre ha reabierto, una vez más, la polémica sobre si prohibir la venta de armas en Estados Unidos, o si dejar que esta continúe por mor de la libertad y de la constitución. No creo que los partidarios de la prohibición consigan ninguna ventaja, pese a los niños recientemente asesinados. No por amor a la libertad o a la constitución americana de sus oponentes, sino por la ingente cantidad de dinero, poderoso caballero, que mueve este nefasto mercado de estos fieros artilugios. También existe ese amor a la libertad, al menos de palabra, en otros países donde, aparentemente, no es tan fácil hacerse con un arma. La industria armamentística es muy fuerte, tiene muchos intereses, y luchará a muerte para que no se derogue la famosa libertad de portar armas, y de tener un arsenal en casa, como, al parecer, era el caso de la madre del joven asesino, también abatida por este. Los americanos, pese a estos asesinatos, y a otros que vendrán, seguirán siendo libres de llevar armas, así dentro de unos pocos años, con toda probabilidad, se repetirá el horror que ahora hemos vivido. Se ampararán, para ello, cómo no, en la Constitución. Sí, la Constitución amparaba que la madre del asesino tuviera un arsenal en casa, y llevara a sus hijos, los domingos por la mañana, a practicar el tiro al blanco. También la ampararía, seguramente, en el caso de que hubiera decidido llevarlos a una biblioteca pública, a una sesión matinal de teatro, o a oír algún concierto de música clásica.

Hay personas que, cuando hablan de la Constitución de su país, parece que estén hablando de los Diez Mandamientos; de algo considerado como palabra de Dios y, en consecuencia, inamovible. Los diez mandamientos en su inmensa mayoría no son sino la ley natural, unas normas básicas de convivencia. Y las constituciones son hijas de su tiempo; y, por supuesto, del hombre o de los hombres que las redactaron. Este todavía no ha creado nada que no sea mejorable, que no se transforme con el tiempo y requiera de su revisión y puesta al día. A nadie, por ejemplo, se le ocurriría gobernar hoy con la constitución de Licurgo o con las leyes de la Atenas de Pericles. Y no porque aquellas no tuvieran sus cosas buenas y positivas, sino porque nuestra realidad, al menos en algunos aspectos, es distinta a la de tan benditos y lejanos tiempos. Eso sin olvidar que, cuando interesa, la constitución y las leyes se vuelven papel mojado. No hace falta que nos vayamos fuera para verlo y comprobarlo. Un ciudadano español, por ejemplo, no se puede mover libremente por su territorio, si es funcionario o tiene que hacer oposiciones, a menos que conozca los cuatro dialectos áticos o esté inspirado por el Espíritu Santo. Caso contrario es un invasor.

Está muy bien conocer muchos idiomas, pues estos abren las puertas a infinidad de conocimientos. Un inocente estudiante de filología se podría emocionar viendo manifestaciones, tanto en la Hispania Citerior como en la Ulterior, o en la Tarraconensis y en la Bética, de grupos de personas, humanas en su inmensa mayoría, en defensa de su lengua y de sus famosas señas de identidad. Lo malo del caso es que si ese inocente estudiante hablara con algunos de los manifestantes, tal vez se llevara la sorpresa de que la inmensa mayoría de estos ni ha leído un libro, ni en su lengua, ni en ninguna, y que, además, no lo piensa ni leer. No hace falta leer, razonan, para defender algo que es suyo. Y lo más suyo es la lengua.

Algo similar le puede suceder a un pacífico creyente cuando ve a miles de personas, a través de la televisión, manifestándose porque alguien, aparentemente, se ha reído de su dios o de su profeta haciendo caricaturas en una revista o rodando películas malas y de peor gusto. Viendo las caras de los manifestantes en demanda de sangre, venganza y cabezas cortadas, se pregunta uno a qué tipo de dios están defendiendo. O a qué ser superior se desea preservar quemando los libros sagrados de otras religiones. Hay acciones que parecen empeñadas en hacernos creer que todavía estamos en la Edad Media, que no fue ni tan oscura ni tan bárbara por mucho que las comparaciones resulten odiosas.

Ignoro en qué parte del Corán se dice que la mujer tiene que ir tapada como si estuviera enterrada en vida. Ignoro en qué evangelio se dice que un inquisidor tiene derecho a condenar a la hoguera a un ser vivo. Ignoro muchas cosas; pero sé que hay un claro mandamiento, muy relacionado con las armas: no matarás. Y creo que este mandamiento va dirigido a todos, al menos a todos los que sean creyentes. Pero este mandamiento, como el de amarás a tu prójimo y a tu enemigo, tiene un grave problema: va en contra de cierta naturaleza humana, incluso en contra de muchos pretendidos creyentes. Por eso mismo hubo que adaptarlo enseguida. Y como no podía dejar de suceder, salió el exégeta, el discípulo que siempre traiciona al maestro y permite hacer lo contrario de lo que predicó aquel:

Hay algunas excepciones, sin embargo, a la prohibición de no matar, señaladas por la misma autoridad divina. En estas excepciones quedan comprendidas tanto una ley promulgada por Dios de dar muerte, como la orden expresa dada temporalmente a una persona. Pero, en este caso, quien mata no es la persona que presta sus servicios a la autoridad; es como la espada, instrumento en manos de quien la maneja. De ahí que no quebrantaron, ni mucho menos, el precepto de no matarás los hombres que, movidos por Dios, han llevado a cabo guerras, o los que investidos de pública autoridad, y ateniéndose a su ley es decir, según el dominio de la razón más justa, han dado muerte a reos de crímenes.1

No dice san Agustín dónde señala la autoridad divina las excepciones al famoso y traído no matarás. Tampoco hace falta buscarlo: el hombre es capaz de darle la vuelta a cualquier cosa para hacer lo que, en el fondo, desea hacer, así tenga que ir en contra del mismísimo Zeus y de todas las leyes humanas y divinas. No obstante, muchos años después, sería Thomas Moro quien respondería a san Agustín: Dios prohíbe matar, viene a decir Moro; y si se acepta la pena de muerte entre cristianos, llegamos a la conclusión de que los Mandamientos obligan cuando lo determinan las leyes humanas.2 Y eso es lo que ha sucedido, y lo que sigue sucediendo. Quizás porque así está grabado a fuego en la misma naturaleza del hombre. Pues se supone que quien defiende a su Dios, debe defender su creación, y nada más cercano a él que el hombre. ¿Cómo entonces se atreven a destruir a este? Tan absurda pregunta se puede responder de infinidad de modos y maneras, pues siempre unos emprenderán la guerra justa contra otros, que son injustos. Y tantos son los bachilleres, tantos son los pareceres. Ya lo advertía el propio Erasmo de Rotterdam:

Tantas son las facciones cuantas son las cofradías. Los dominicos están desavenidos con los minoritas; los benedictinos tienen diferencias con los bernardinos; tantos son los hombres cuantos son los cultos, tantas las ceremonias que la pasión hace distintas para que no hubiera acuerdo posible, a cada cual le gusta lo propio y condena y odia lo ajeno.3

Y lo que más condena el hombre es todo aquello que puede atentar contra su estatuto social o sus medios de vida. A veces, para preservarlos, se valdrá de la religión, de la filosofía, de las leyes; y, por supuesto, de la fuerza. Pues para tener razón no hay nada tan contundente como la posibilidad de condenar al otro a prisión, a galeras, o de quitarle la vida. La solución es tan brutal que la mayoría de los humanos, con miedo al dolor y a la muerte, aceptarán tal justicia, o la visión de las cosas de quien manda, para poder, al menos, seguir viviendo. Somos habitantes de una sociedad violenta.

No es la muerte, sin embargo, lo más terrible. Ni la milicia, en consecuencia, pues como dice el marinero:

Se entra en combate:

en una hora hora viene rápida la muerte o alegre la victoria.4

Lo terrible, tal vez lo peor, sea la desazón, la esclavitud. El depender de un trabajo, pues sin él no se come, y de sus consecuencias: tener que soportar injusticias, tomaduras de pelo, pérdidas de todo tipo de derechos, penosamente adquiridos, viendo como, mientras tanto, otros se enriquecen a costa de la inmensa mayoría. Es, por supuesto, un tipo de violencia que, a su vez, genera otra, y otra más. Y la violencia, cuando no se corta pronto, va engrosando y convirtiéndose cada vez en más peligrosa. Ahora bien,

No será fácil que emprenda una guerra quien no mira más que el interés general. Lo que estamos viendo es cabalmente todo lo contrario: casi todas las causas de la guerra nacen de pretextos que nada tienen que ver con el bien del pueblo.5

Y no se hace la guerra sin armas. También, de alguna forma, tienen razón quienes defienden la libertad de portar estas, o de tenerlas en casa. No sucede nada malo con ellas, dicen, si se tiene sentido común, y se sabe valorar una vida humana. Y tal vez para ello, como han apuntado en alguna ocasión, habría que comenzar por regular las películas violentas y los videojuegos de la misma calaña, al alcance de cualquier adolescente. No en balde los griegos prohibían escenas de violencia en las obras de teatro. Ahora, por el contrario, cualquier niño de diez o doce años, ya está más que habituado a ver escenas violentas en el cine y en la televisión. Tanto es así que la violencia, para ellos, es un espectáculo que, además, y por regla general, les produce risa. Es para meditar sobre ello.

Es difícil dar soluciones al problema. Ahora bien, quizás lo mejor fuera no portar ni tener armas, y menos cuando en casa hay algún elemento inestable. Quizás habría que enseñarles a ciertos niños que, tal vez, los marcianos frenen sus ataques cuando vean que somos personas pacíficas que vamos a oír conciertos, a ver obras de teatro o a pasear con los amigos por caminos rurales o urbanos. Aun así tal vez nunca podamos erradicar la violencia ni la locura. Llama la atención cuánto se han perfeccionado las armas y qué poco lo ha hecho el hombre. ¿Y para qué quiere una persona un arsenal en su casa? A veces leyendo artículos, o viendo programas sobre la exploración espacial, se pregunta uno qué pasaría si esos avances, si todo ese dinero de estaciones espaciales robots, etc., lo aplicáramos al hombre y a su desarrollo. Pero no, no es cuestión de dinero. El problema del hombre es que tiene una capa más difícil de horadar que el más duro de los asteroides, pues siempre ha tenido y tendrá justificaciones para todo: para matar y condenar al otro sobre todo, pues siempre es el otro quien se equivoca y hace las cosas mal, es el otro quien comienza las guerras injustas. Quien las hace bien, por el contrario, está cercano a la divinidad, por supuesto. Y no hay esclavo más abyecto ni más servil que quienes se consideran, como suele decirse, cercanos a los dioses y señores de todos.6 Y esto pasa en toda sociedad humana y con toda constitución y creencia humana o divina. El hombre, por desgracia, siempre es igual a sí mismo. Y dudo ya de que haya algo que hacer. Cada vez lo dudo más. Sí, la vida humana no es otra cosa que un juego de necios.7 Un absurdo juego en el cual siempre son los inocentes quienes más tienen que perder y quienes más pierden. Sit illis terra levis.

1San Agustín, La ciudad de Dios. Traducción de Santos Santamarta del Río y Miguel Fuentes Lanero. B.A.C. Madrid, 1988, I, 21



2Tomás Moro, Utopía, Traducción de Pedro Rodríguez Santidrián, Alianza Editorial, Madrid, 1998, p. 86



3Erasmo de Rotterdam, Educación del príncipe cristiano. Querella de la paz. Traducción de Lorenzo Riber. Ediciones Orbis, Madrid, 1985 p. 118



4Horacio, Sátiras, Epístolas. Arte poética. Traducción de Horacio Silvestre. Cátedra Letras Universales. Madrid, 2010, Sátira I, v 7-8



5Erasmo de Rotterdam, Opus ctda., p. 138



6Erasmo de Rotterdam, Adagios del poder y de la guerra, Traducción de Ramón Puig de la Bellacasa. Alianza Editorial, Madrid, 2008, p.116



7Erasmo de Rotterdam, Elogio de la locura, Traducción de A. Rodríguez Bachiller, Ediciones Orbis, Madrid, 1984, cap. XXVII





Etiquetas:   Educación   ·   Constitución

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