AMOR BAJO EL ESPINO BLANCO: romance imposible en la China comunista

En unos tiempos en los que la celeridad y la trivialidad parecen haberse apoderado de las historias de amor contemporáneas -salvo honrosas excepciones, tipo 500 días juntos (Marc  Webb, 2009) o Two Lovers (James Gray, 2008)-, se agradecen propuestas como Amor bajo el espino blanco (Zhang Yimou, 2010), adaptación de la novela homónima de Aimi Zhu que consiste en, básicamente, ofrecer la radiografía de un romance ambientado en la Revolución Cultural China mostrando de forma impúdica el carácter descolorido y grotesco de un país azotado por la dictadura del comunista Mao. En medio de este contexto histórico, donde Yimou muestra, inmisericorde, una época dominada por la injusticia, la pobreza y el machismo, el director elabora una película esencialmente contemplativa, capaz de ser movida únicamente por el peso de los silencios, los gestos y las miradas. Ellos son Jing (Zhou Dongyu, galardonada en la Seminci de Valladolid por este papel), una adolescente que debe trasladarse a un lejano pueblo para su reeducación durante la Revolución, y Sun (Shawn Dou), el atractivo hijo de un militar de élite que no tarda en enamorarse de la joven. 

 

. En medio de este contexto histórico, donde Yimou muestra, inmisericorde, una época dominada por la injusticia, la pobreza y el machismo, el director elabora una película esencialmente contemplativa, capaz de ser movida únicamente por el peso de los silencios, los gestos y las miradas. Ellos son Jing (Zhou Dongyu, galardonada en la Seminci de Valladolid por este papel), una adolescente que debe trasladarse a un lejano pueblo para su reeducación durante la Revolución, y Sun (Shawn Dou), el atractivo hijo de un militar de élite que no tarda en enamorarse de la joven. 
Allí donde otras películas románticas no son capaces de llegar, Amor bajo el espino blanco lo hace con suma facilidad: el responsable de obras maestras tales como La linterna roja (1991), El camino a casa (1999) o ¡Vivir! (1994) -película, esta última, ambientada también en la era maoísta-, vuelve a convertir el arte cinematográfico en pura poesía, en melodía para los sentidos, en un lienzo en el que plasmar la contención o el respeto hacia la persona amada. Pero lo que hace del todo admirable el trabajo de Yimou es su capacidad de expresar todo el amor que se profesan sus personajes sin apenas un beso ni una sólo escena sexual -a pesar del bellísimo y necesario instante de la cama-; mucho más significativos resultan esos abrazos en la distancia -río mediante-, ese abrigo compartido para protegerse del frío o ese absolutamente conmovedor vendaje de los pies ante una Jing incapaz de contener las lágrimas. A través de una estructura basada en los fundidos a negro y las feroces elipsis temporales -se centra únicamente en los pasajes más trascendentes de la novela-, Yimou consigue que la represión y el miedo, asuntos que nunca dejan de latir en el film, sean más que palpables para un espectador que no tarda en empatizar con una pareja protagonista que no pueden vivir su amor con libertad debido a un régimen que parece haber contaminado hasta las mentes de la época. La tenue iluminación, la sobria puesta en escena y una música, afligida y capaz de otorgar un resquicio de emancipación, terminan de definir la atmósfera que envuelve a un romance que la realidad política del país parece empeñada en abortar.

Perdurable discurso sobre el poder centrífugo del amor incluso en la distancia, Amor bajo el espino blanco no renuncia en erigirse como un eficaz vehículo de denuncia social en contra de un sistema político capaz de, sin el menor remordimiento, adoctrinar de la forma más salvaje a los niños nipones en las escuelas, de obligar a trabajar a los menores de edad, de catalogar como enemigo aquél que no siga los patrones de pensamiento establecidos o de tratar a las mujeres como un ser inferior al hombre -de ahí lo relevante de la escena en la que Jing pretende meterse en el mar con una camisa encima de su traje de baño, ante la perplejidad de Sun, o de que la madre de ésta, por temor a las represalias, no otorgue autorización a su hija para que viva su amor con el joven hasta su 25 cumpleaños-. Desde este punto de vista nos encontramos, no sólo ante casi un documento histórico, sino ante una obra valiente y necesaria para conocer de forma más profunda una etapa reciente del mastodóntico país oriental. 

En el otro lado de la balanza, sí que es verdad que el director no se muestra igual de atinado en todos los capítulos en los que divide la obra y que, por momentos, la falta de diálogo no favorece al ritmo narrativo de la misma. Tampoco ayuda un desenlace, excesivamente trillado, en el que al director se le ve el plumero con su giro hacia la lágrima fácil, a pesar de que las connotaciones de fábula que de él se desprenden logren emocionar. Con todo, lo que al final queda es un espectáculo cromático, poético, sincero, capaz de penetrar en el corazón de sus personajes sin apenas esfuerzo. Pero, por encima de todo, tan esplendoroso como esos majestuosos paisajes naturalistas -que evocan al mejor Jean Renoir-, o esos coloridos campos que, tan vivaces como la propia historia de amor del film, no hacen sino indicar que aún hay espacio para la esperanza. 

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales