. Quizá
hasta sea conocedor del conocimiento de causa que da la práctica experiencia de
los designios del espíritu. Quizá.
Es por ello que cada vez veo más diáfanamente
la inmundicia terrenal tan proclive a disimular sus apestosos efluvios pretendidamente humanizados.
Llega, a pesar de lo
falaz que es este mundo de tinieblas, inexplicablemente, otra Navidad. La
celebración del nacimiento de un niño que de adulto vociferó indignado: “Hipócrita,
raza de víboras que gustáis de los saludos en las plazas y los primeros sitios
en los banquetes”… a los mismos que le conmemoran y adoran sin que nada haya
cambiado en el corazón de los ensoberbecidos hombres que se llenan la boca de
Él; acaso deberían limpiársela de tantas mendaces bendiciones.
Algo no me cuadra en este inmenso puzle de la misericordia y
el esplendor de la fiesta: Consumismo en nombre de Dios es un modo de adorar
becerros de oro. El que tenga para abonar la felicidad, disfruta la fiesta;
quien carece de todo, la soporta. La hipocresía es así de dañina porque el que
la ejerce vive en tranquila conciencia desconociendo los perjuicios de quien la
sufre.
Al Demonio le interesa que exista una festividad como la
Navidad. Es necesario que se hable de paz, amor y otras excelsas virtudes
inherentes a los divino para que la continuidad de la codicia, la avaricia, la
hipocresía visceral y el cinismo sangrador siga alimentándose de sus víctimas
el resto del año.
A tenor de lo vivido durante tantos años de lucha y
resistencia, de comprobar que los mezquinos, traidores, engañadores, criminales
con apariencia honorable, gentuzas de baja estofa son los idolatrados de un
mundo que se consume por la dirección inmensamente errática de quienes lo
lideran, me quedo con la frase de aquel niño crecido anunciando que “Los
primeros serán los últimos y los últimos los primeros”. En el reino de los
Cielos dudo que se pueda celebrar una Navidad así de trágicamente frívola. Millones
de buenas personas son subyugadas por necios que llevan irremisiblemente a sus
pobladores hacia la negación de la vida dejando el suicidio como esperanza para
el fin de los sufrimientos.
No debería celebrarse una fiesta navideña que da ocasión de
brindis a los muchos diablos de la discordia que se han aprovechado de la
generosa sumisión de tanta víctima. Cuanto más percibo la verdadera Justicia de
Dios, menos creo en las palabras de los hombres que predican sus misterios. A
fin de cuentas ya dijo Jesús:”Gracias Padre que revelaste tus misterios a los pequeñuelos
que no a los sabios ni a los discretos”. Tan necios son los que predican los misterios
ya revelados que los ateos que niegan envanecidos la existencia de un algo
Superior que merme la vana intelectualidad de los soberbios… y aquí nadie
parece darse por aludido de tan expresos mensajes como el que llamaba
hipócrita, raza de víboras a quien llamara padre sobre la Tierra porque Uno
solo es el Padre que está en los Cielos. La ignorancia es como la falsedad en
los asuntos divinos: la una no puede existir sin la otra.
Significativo es que se celebre el nacimiento como la muerte de
quien volvería a ser crucificado en los tiempos modernos que vivimos. Es mejor
mantener en la cruz a un resucitado. Una representación de luz hubiera sido más
coherente pero la cruz deja siempre pingües beneficios a la mayor gloria de los
hombres que no de Dios. El sacrificio vende por ese imponderable carácter
sadomasoquista de la especie humana. No confundamos tanto oportunismo con los
designios divinos. Dios es Luz, no la sombra que deja la huella de los hombres.
En un mundo en el que nos enorgullecemos de tanto dolor,
falsedad, brutalidad sangrienta del cuerpo o del alma- quizá mayor laceración
sufra el espíritu de los inocentes con tanta hipocresía-, dignidad en
apariencia etc., no puede haber Navidad que valga para iluminar la noche de la
vida y disimular la maldad de los seres humanos. Prepararnos con resignación y
alegría, encima, para las muchas asechanzas que nos deparará el vil engaño que
nos somete el resto de los meses, como si llegado Diciembre el balance
asqueante de muchas vidas fuese favorable y debiéramos alzar la mirada al
cielo, perdonando los terrores del pasado, para volver a encajar los golpes
futuribles de este engaño mundanal que hinca sus más crueles puyazos a base de
sermones de justicia inexistente.
Dickens en su tiempo, aún podía escribir su cuento de
Navidad; hoy en día el demonio de la gran mentira del mundo está ya demasiado
al descubierto como para ignorarlo. Yo no quiero luces de Navidad sino la Luz
inconmensurable de Dios fuera del engaño de los poderosos, los menos
pequeñuelos que se pueden imaginar. Quiero Verdad. Estoy en el hartazgo de
soportar la falacia de una Navidad mundanal a gusto del consumidor, así se
froten las manos los mercaderes de anchas sonrisas, como los bolsillos,
mientras cada vez más estrechan insoportablemente la esperanza de la
existencia.
Reivindico el renacimiento de Cristo, la Parusía, el regreso
de quien decía que nos dejó con el Príncipe del Mundo pero que volvería a
combatirlo. El manto de esa alteza infernal está cubriendo absolutamente todo y
no queda duda del engaño para aquellos que sufren el desnudo desconsuelo. De
ahí la promesa de las Bienaventuranzas que saciaría a los que padecen sed de
Justicia. Sea pronto desechando la pútrida conformación de los que se dicen
jueces y obran mal e infamia bajo el pretexto de la Ley y la Justicia que no
existen.
La Navidad, siento decirlo en el amargo despertar a la
realidad que prescinde de cinismo costumbrista, no es para quienes quedan en la
cuneta de la desesperación, sin nadie a quien poder acudir. El auxilio es
denegado por una ley de supervivencia intransigente en un sálvese quien pueda
que dictan los apoltronados, los acomodados que con sus actos inicuos o
equívocos condenan a los demás que ordenan. No hay nada a lo que entregarse
esperanzado en la expectativa de obtener una compensación merecida de la que
otros se llenan las manos en nombre de un extraño dios de las influencias
terrenales, de la Política, de la Justicia, de los derechos sociales y demás
monsergas tan lucrativas como demuestra ser la Navidad y el bombardeo constante
de los anuncios de la felicidad prefabricada que se obtiene si se paga.
Hipócritas.
No me engaño siendo mejor abrir los ojos del corazón, así
vea. Éste es el mundo de un demonio, no de lo divino. El engaño perdura pero
la esperanza reside en ese futuro revelado, apocalíptico, relativo a
revelación, cuando hayan de caer las máscaras de las malignidades que aparentan
ser bendiciones siendo solo el postrero engaño al descubierto de un orbe
falseado y concluyentemente malogrado.
En la Parusía, Cristo no viene a dar amor sino espada. A separar
querencias, a enfrentar padres contra hijos y hermanos contra hermanos. A
extirpar la hipocresía de las bellas palabras, acompañadas de obras deformes,
con la afilada espada de su verbo.
La Navidad es la gran oportunidad de los que se aprovechan de
la buena fe de sus engañados sencillos de corazón, incapaces de obrar mal, pero
ya vivimos avisados en un averno de las élites encumbradas por el embuste de la
conciencia colectiva. Muchos son los damnificados por esa apariencia servil de
los poderosos que dicen trabajar por todos mientras lo hacen por sí mismos y
sus intereses ajenos de la colectividad.
No puede haber Navidad legítima, existiendo la promesa divina
de que “vendrá como un ladrón en la noche”, para arrebatar el escenario de lo
inmundo que representa esta Tierra a imagen y semejanza de sus engañadores, no
de Dios.
No puedo, con la experiencia acumulada de una lucha perpetua,
celebrar una Navidad el año en que muchos perdieron sus razones de vivir. En
una España, con el oscurantismo de una matanza de 192 personas, que da carpetazo
a las investigaciones no hallando a los autores intelectuales y con un
miserable suelto que destrozó un país en 8 años.
No hay Navidad que valga ante la malignidad del descaro que
juzga la dignidad y el honor bajo el yugo de la hipocresía y la mentira
histórica. Creo más en la Justicia divina, el afilado filo de la espada de la
verdad que pueda cercenar las raíces
podridas de estas sonrisas de falsedad en que priman la oportunidad del
dinero-moneda de cambio del demonio-por el ablandamiento artificioso del
corazón que luego es extirpado de cuajo por la misma canalla que celebra por
todo lo alto la Navidad, con el dividendo de la ruina y la derrota permanente
de los más desprotegidos. Los sencillos y por ende los más sacrificados; los corderos frente a
los cabrones que anuncian las luces de lo esperanzado para luego sumirnos en la
oscuridad de sus caprichos avaros e insaciables.
Mientras continúe la brutal injusticia contra el
inocente-cada vez más numeroso con esta criba de siglo XXI que se practica
contra todo- no celebraré una fiesta que pretende ser un borrón y cuenta nueva
dejando muchos cadáveres en vida por el camino.
No puede existir siquiera la apariencia de un nuevo comienzo, cuando son
millones de seres humanos los que no poseen la oportunidad de reiniciar sus
vidas marcadas por una tragedia.
Pido a Dios, al verdadero que no adoran los falsos porque le
desconocen, que enmudezca las sentencias de los jueces prevaricadores, que deje
en carne viva la aparente formalidad del orden que es esbirro de intereses bastardos ajenos de
la Justicia. Le pido que levante el telón de las bambalinas pútridas del mundo
donde se representa esta mala obra de Humanidad en el escenario de la gran
farsa universal. Que la risa de los necios se quiebre con una mueca de dolor,
para que sonrían los verdaderos merecedores de las recompensas que la oscuridad
niega.
En el reino de los Cielos no hay Navidad que celebrar que no sea
la del renacimiento en el corazón de la Luz que todo lo ilumina y que nunca
debió dejarnos en este transitar por el Valle de las Sombras desde el que nos
invitan a invertir en felicidad, comprada al precio de la entrega del alma
conjunta de esta gran estafa inevitable que es la Navidad para mayor gloria de
los mercaderes…
Me voy a comprar los regalos.