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Feliz Navidad (primer trimestre del curso)


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22/12/2012

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FELIZ NAVIDAD


(Primer trimestre del curso)





Vicente Adelantado Soriano I PREGUNTAS





Pero si alguna vez tienes que educar en la práctica a estos niños que ahora en teoría educas y formas, no permitirás que los gobernantes del Estado y las autoridades en las cosas supremas sean irracionales, como líneas irracionales.”1

Platón, La República.





Nada hay más deprimente, a principio de curso, a mediados y a finales, que leer y releer la República de Platón, y comprobar la enorme distancia que media entre lo que se propuso la filosofía, con respecto a la educación, hace más de 2.500 años, y los resultados que hemos obtenido y seguimos obteniendo. Por supuesto que se complementan tales resultados con lo que demandaba Sócrates al gobernante de la tal república, y lo que tienen y ofrecen los gobernantes de estas absurdas democracias regidas por el capital, la corrupción y la más negra opacidad. Claro como el agua está que nadie le hizo caso, en la práctica, ni a Platón ni a Sócrates. Aunque tampoco esté de más considerarlos como paradigmas, y hacer un juego de contrastes.

Llegar a gobernar en la república de Platón exige tal preparación, tal ascetismo, tan acabada areté, tal capacidad de renuncia y dominio de sí mismo, que el lector, asombrado, se pregunta, en más de una ocasión, si lo que busca Sócrates era un gobernante o un místico laico, algo así como un san Juan de la Cruz ateniense. Desde luego ninguna de las facultades exigidas por Sócrates, sobriedad, pobreza, frugalidad, capacidad para soportar el dolor, amor a la filosofía, etc., adornan a ninguno de los gobernantes de hoy en día que son, por el contrario, bastante burdos e irracionales.

Sabemos, gracias a la República, lo que se necesitaba para llegar a gobernar en ese estado, que se pretendía perfecto. Pero sigue siendo un misterio cómo los jefes de los partidos actuales, que luego, con un poco de suerte y ayuda de la televisión, alcanzan el poder, son elegidos, y por quién; de qué modo y manera se convierten en los líderes de sus formaciones políticas. Porque viendo actitudes, oyendo parlamentos y propuestas, se hace difícil aceptar que no haya gente más capaz ni mejor que la que tenemos ocupando escaños y despachos. Quizás el escalar peldaños se deba, más que a méritos propios, a intrigas, a amiguismos, a oportunismos y toda la parafernalia subsiguiente. Eso explica que muchos de ellos den un poco de pena, cuando no risa, al intentar explicar cualquier cosa que se les ha preguntado. A veces hasta pueden provocar cámaras y arcadas. No son, desde luego, y en ninguno de los casos, los filósofos que buscaban Platón y Sócrates. No llegan ni siquiera a retóricos. Por no hablar de la honestidad.

Una forma de inteligencia consiste es darse cuenta de las propias limitaciones, y en tratar de corregirlas. Cuando, por ejemplo, no se pueda o no se sepa gobernar, y nadie acepte ni proponga la dimisión (?), lo recomendable es rodearse de los mejores, de quienes saben y dominan la materia, de aquellos que son capaces de suplir nuestras carencias. Ahora bien, parece ser que uno de los problemas actuales está en que no se busca a quienes saben sino a los que son del mismo partido, o de la misma ideología; y que, tal vez, saben o entienden de lo que les interesa, y que refuerzan las decisiones de quien las toma, que, de esta forma, nunca se siente en falta. O, mejor todavía, los conmilitones no saben, pero jamás van a cuestionar lo que hace el líder o quien quiera que mande en los partidos políticos, que es otra incógnita de esta democracia con tanta luz y tantos taquígrafos. Es posible que sea promocionado para líder quien no cuestiona nada dentro del propio partido, quien se ha partido el esternón haciendo reverencias y dando cabezazos. Independientemente de la altura de su ciencia y de sus miras.

Es otra incógnita, y tal vez ni el mismo Edipo fuera capaz de resolverla, el saber qué necesita una persona para llegar, por ejemplo, a ser Ministro de Educación, o Conseller de lo mismo. Y tampoco estaría de más saber hasta qué punto un Ministro, o Ministra, ya que predominan en este ramo las señoras, tiene autonomía para decidir sobre el sistema educativo de un país o comunidad autónoma. Está claro que el primer requisito no es saber o no saber, sino pertenecer al partido que ha ganado las elecciones. ¿Y quién, con dos dedos de frente, y sin ambiciones, tiene ganas de meterse en semejantes berenjenales? Tal vez, es posible, que lo haga quien tenga un proyecto educativo, y sea algo ingenuo, pues lo más probable es que sus sueños se queden por el camino, como la vieja camisa de la serpiente deslizándose entre dos piedras. No de otra forma se explica tan absurdos planes de estudios. Y que, al parecer, nadie está dispuesto a afrontar y cambiar de una vez por todas. El sistema educativo se ha convertido en un arma político-religiosa cada vez más burda y degradada.

II

LIBROS DE TEXTO





Si descorazonador resulta ver y oír a los políticos en sus debates y en sus luchas e intrigas de opereta, más lo es todavía hojear los libros de texto a los que sus respectivos ministerios han dado a luz. Surge, con ellos en las manos, otra ingenua pregunta: ¿Alguien revisa los libros de texto, y los compara unos con otros? ¿Hay en algún lugar un mínimo planteamiento educativo y didáctico? ¿Se comprueba luego si esos libros de texto lo reflejan? Estas preguntas vienen a cuento de que no deja de ser significativo que, año tras año, curso tras curso, los libros de todos los cursos y de todos los niveles repitan exactamente lo mismo, añadiendo o quitando sólo unas cuantas palabras sin excesivo interés. Es desalentador estar un curso y otro curso, y otro y otro más, explicando, por ejemplo, las reglas de acentuación. ¿Tan difíciles son que hay que repetirlas desde 1º de primaria hasta 2º de bachiller y aun así encontrarse con periodistas que no saben acentuar? No, no son difíciles; no se trata de eso. Es falta de gusto por el trabajo bien hecho, carencia de un mínimo sentido de la estética y de ética; y, de la palabra prohibida, por supuesto: esfuerzo, estudio. Codos.

No sirve para justificar tanta repetición, tan absurdo encono en lo mismo, el prejuicio, necio e incorrecto, de que como los alumnos no estudian; por eso mismo hay que repetir un año y otro año lo mismo, a ver si de esta forma se les queda. La gota de agua cayendo sobre el duro granito, que es capaz de horadarla. Eso es, desde luego, justificarse amparándose en los alumnos, que los hay, que no tienen ganas de estudiar. Pero no son la mayoría, afortunadamente. Ni mucho menos. En todas las clases hay gente con deseos de saber y de aprender. Pero por desgracia no son sus deseos, ni sus avances, los que determinan el ritmo de la clase, sino que, muy al contrario, éste viene marcado por los otros, por los que no quieren o les cuesta, o ambas cosas a la vez. Es sacrificar a todo el equipo por quien no sabe pedalear ni tiene interés en subir a la bicicleta. Lo mínimo que se puede decir es que no es justo. Pero claro, los gobernados se asemejan a los gobernantes. De otra forma, sabiendo y con súbditos con sentido crítico, es imposible conducir a un país, como no sea hacia su perdición.

Si hablamos de la E.S.O., creo que estaremos todos de acuerdo, y para ello no hay más que ojear los libros de texto, en que no se necesita una especial preparación para llegar al cuarto curso y obtener el graduado escolar. Las exigencias son mínimas. Se pide lo básico, y aun así tenemos un importante fracaso escolar. ¿Cuál es la solución entonces? ¿Bajar aún más los niveles? ¿Poner más exámenes? Si seguimos por estos derroteros, los alumnos aprenderán a leer cuando lleguen a la Universidad, suponiendo que lleguen. Y siempre y cuando ésta, por supuesto, convierta la prueba de acceso en una prueba un poco más ridícula de lo que ya es.

El fracaso escolar todavía es más sangrante si tenemos en cuenta que, en esta autonomía que nos ampara, se imparten tres horas semanales de lengua autóctona. Es obligatoria, por supuesto. Y troncal, faltaría más. Total para repetir, en lenguaje autóctono, lo que ya se ha dicho en lenguaje nacional en los otros cursos y en las otras asignaturas. Es como enseñar a multiplicar en castellano y en valenciano. Así que en la comunidad que más fracaso tenemos no es que se repiten los libros de texto de la misma asignatura, por ejemplo se explica el sustantivo, en castellano, en 1º, 2º. 3º y 4º, sino que también se repite lo mismo en los libros de valenciano de los mismos cursos. Sólo que aquí se denomina el substantiu. ¿Quién no se aburriría y desesperaría de estar oyendo ocho veces lo mismo?

Cabe preguntarse, por otra parte, qué es lo que se desea obtener con tanta absurda y mecánica repetición. Los alumnos no son tan torpes ni necios como para tener que oír lo mismo durante cuatro años seguidos, más dos de bachiller. Ahora bien, con tanto decir lo mismo, con unas clases tan aburridamente monótonas, y unos libros que sólo se diferencian por las fotos y los dibujos, somos capaces de aburrir al mismo aburrimiento, de conseguir lo que estamos consiguiendo: el desinterés de quienes, en principio, sí estaban interesados. Pero que se ven frenados, en sus apetencias, por las mismas exclamaciones que ellos hacen en clase: “¿Otra vez...?” Sí, otra vez. Y mañana seguiremos igual. Seguramente hasta idiotizar al profesorado y al alumnado. Así gobernantes y gobernados seremos todos iguales. Uno y lo mismo. Cortados por el mismo patrón. Es algo muy divertido: hace siglos ya lo intentó Procusto.

III

HERMANOS SIAMESES





Muy a menudo hemos oído, también, que un proyecto educativo, para saber si es útil o no, adecuado o inadecuado, necesita desarrollarse en el tiempo. Y con el sistema político que tenemos, elecciones cada cuatro años, esto resulta imposible, pues si pierde las elecciones el partido que está en el poder; y el que las gana, como ya es lógico y normal, cambia ese sistema educativo por otro parecido o similar, nos quedamos sin saber los resultados del anterior. Así es. Pues para desgracia nuestra hasta el sistema educativo se ha convertido en arma política. Y en la lucha por el poder, visto lo visto, todo está permitido. Hasta mantenella y no enmendalla.

Es curioso: los políticos, como los directivos, jamás se equivocan ni piden perdón.

Es cierto, por supuesto, que para determinar la bondad de un sistema hay que dejarlo caminar. Pero no menos cierto es que también se puede saber su oportunidad o inoportunidad viendo libros, proyectos, y presupuestos. Porque en la práctica casi todo sistema puede ser bueno. Ahora bien, hay que saber con cuánto dinero se va a apoyar dicho proyecto. Y sabido es que en educación en este país se invierte poco, porque, la verdad es que importa muy poco la educación. La verdadera y seria educación.

Por otra parte no vamos a descubrir nada nuevo diciendo lo que es del dominio común: la educación no es sólo tarea del colegio o del instituto, de los partidos políticos y de los profesores. Es cuestión de toda la sociedad, puesto que a todos nos atañe. Estamos hablando de nuestro bienestar y de nuestra salud:

Digamos, por consiguiente, Adimanto, que las almas bien dotadas, si tropiezan con una mala educación, se vuelven especialmente malas. ¿O piensas acaso que los mayores delitos y la más extrema maldad provienen de una naturaleza mediocre, y no de una vigorosa que ha sido corrompida por la nutrición, y que la naturaleza débil es alguna vez causa de grandes bienes o grandes males?”2

De nada vale, por lo tanto, que un partido, distinto al otro, gane las elecciones, pues termina por implantar un sistema que nada o muy poco se diferencia del anterior, como ya hemos visto en varias ocasiones. La diferencia puede residir, a veces, en impartir religión o no en las aulas, o en la polémica Educación para la Ciudadanía, que ha convertido a algún afamado conseller en figura del retablo de las maravillas por no tildarlo de puro bululú o esperpento.

No ha sido, y lo sigue siendo, poco importante el papel de los padres en todo este sistema, y en su realización o fracaso. Pero una vez más hemos sido víctimas de unos errores de interpretación y de apreciación: al despojar al profesor de autoridad dentro del aula, cada vez más limitado, con menos recursos para deshacerse del molesto, del maleducado que, cómo no, se sabe todos sus derechos, le hemos dado todo el poder al alumno quien, por regla general, y por desgracia, cuenta con todo el apoyo de sus padres.

Educar a una persona es muy difícil y complicado. Cuestión de paciencia; y, muchas veces, de estar preparado desde todos los puntos de vista. Es más fácil, desde luego, ir una vez al trimestre al instituto e insultar, y golpear si se tercia, al profesor de turno. Y así el joven goza de entera libertad. Pero ya advertía Platón, fino analista del hombre y sus virtudes, que una democracia sin freno está abocada a la tiranía:

Por ejemplo, que el padre se acostumbra a que el niño sea su semejante, y a temer a los hijos, y el hijo a ser semejante al padre y a no respetar ni temer a sus progenitores, a fin de ser efectivamente libre; el meteco es igualado al ciudadano, el ciudadano al meteco, y del mismo modo el extranjero.”3

Para un partido político lo primordial es llegar al poder. Y una vez establecido en él, mantenerse. De ahí que, en muchas ocasiones, no se atrevan a tomar decisiones que saben impopulares aunque necesarias. Por desgracia priman más los intereses partidistas que el bien común.

Para muchos padres es, igualmente, más cómodo no hacer nada y pensar que la educación es cosa del instituto y de la universidad, y gritar y enfurecerse cuando suspenden al niño y, tal vez, fastidian las vacaciones familiares. Para evitar semejante disgusto quizás sea mejor aprobar al niño ya que, al curso que viene, y es así, volverá a dar la misma materia en distinto curso. De esta forma la familia podrá salir de vacaciones, y gastar, que es, en el fondo, de lo que se trata. La ocupación hotelera nos hace felices a todos.

Ahora bien, hay un sistema de prioridades. Y visto el fracaso que nos rodea, padres, profesores y políticos, deberíamos, cuanto antes, replantearnos las cosas seriamente y tomar cartas en el asunto a fin de no caer en lo que ya vio con toda nitidez Platón hace bastantes años:

Sucede esto [lo dicho en la cita anterior] y otras menudencias como las siguientes: en semejante Estado el maestro teme y adula a los alumnos y los alumnos hacen caso omiso de los maestros, así como de sus preceptores; y en general los jóvenes hacen lo mismo que los adultos y rivalizan con ellos en palabras y acciones; y los mayores, para complacerlos, rebosan de jocosidad y afán de hacer bromas, imitando a los jóvenes, para no parecer antipáticos y mordaces.”4

Como se puede ver tal como actúan los políticos a fin de no perder las elecciones o de ganarlas.

IV

A MODO DE CONCLUSIÓN





Sí, francamente resulta descorazonador, a principios de curso, a mediados o a finales, volver a las páginas de la República. Sin embargo, hacerlo es un buen ejercicio, tanto filosófico como didáctico. Ya sabemos todos, por otra parte, y el mismo Platón no lo ignoraba, que es imposible de llevar a cabo lo que propone él en su famoso y estudiado libro:

¿Piensas, acaso, que un pintor que ha retratado como paradigma al hombre más hermoso, habiendo traducido en el cuadro todos sus rasgos adecuadamente, es menos bueno porque no puede demostrar que semejante hombre pueda existir?”5

Lo que hemos propuesto, a través de varias citas de Platón, es sencillamente algo realizable, creemos, y a lo que se le debería dar prioridad dado el fracaso escolar y la situación a la que estamos llegando. Situación que, por desgracia, todavía no ha terminado su recorrido: recuperación de la autoridad paterna dejando de jugar al compañerismo y a la falsa democracia, revisión del sistema educativo haciendo hincapié en el trabajo y el esfuerzo, y redactar libros de texto en los que traten a los alumnos como personas, no como seres carentes de sentido a los que hay que repetirles siempre lo mismo para que lo comprendan. Si damos una educación para idiotas, no obtendremos otra cosa.

Sería deseable, y tal vez entremos ya en el terreno utópico, que toda la sociedad determinara a dónde quiere llegar con la educación de sus hijos, se lo planteara en serio y actuara en consecuencia. Es posible que los tiempos de crisis en los que nos hallamos inmersos ayuden a ver lo vacío de muchos presupuestos, y a no confundir la felicidad y la buena educación con tristes sucedáneos. Tal vez así consigamos una sociedad más justa, una sociedad en la cual cada uno haga su trabajo de la mejor forma posible. No obstante, no hay que engañarse: poco o nada vamos a lograr. Y de nada vale escribir artículos tan inútiles como este. Lo aprovecharemos, sin embargo, para felicitar las Navidades a quienes hayan tenido la paciencia de llegar hasta aquí. Y a los que no, aunque no enteren, también. Felices fiestas.

1 Platón, la República, libro VII, 534d. Traducción y notas de Conrado Eggers Lan. Editorial Gredos, Marid, 1986



2 Platón, opus ctda., p. 307



3 Platón, opus ctda. p 409



4 Platón, opus ctda., p. 409



5 Platón, Opus ctda. p 281





Etiquetas:   Educación   ·   Política

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