Chau a Falcioni; Boca expone su fragilidad dirigencial

 

. La victoria agónica ante Godoy Cruz, una anécdota. Una Bombonera detonada en agresiones al entrenador, estruendosa, hiriente, de la que tampoco salió ileso Daniel Angelici, al entregarle la plaqueta de reconocimiento en su despedida al Flaco Schiavi. Chiflidos e insultos al mandamás, quien quedó totalmente descolocado ante una situación que no se imaginaba. Desde hace décadas no se observaba un rechazo masivo para un presidente. ¿Cuánto tuvo que ver el raid mediático de Juan Román Riquelme? Mucho. El 10 entró en el juego televisivo y luego del cónclave Angelici – Falcioni sucedido en la semana, donde parecía que se sellaba la continuidad del entrenador por una temporada más, Riquelme decidió, en tiempo y espacio determinados casi por cirugía, abrir micrófonos y utilizar explosivos en mayor cantidad al presidente (“se olvidó de firmar unos papeles y por eso perdí las chances de Brasil”) y también ligó palitos Falcioni (“ si damos tres pases seguidos hay que festejar”).

JRR siguiendo esta alegoría bélica, dejó una bomba activando y el público la estalló sin miramientos. Entre las esquirlas, quedó tirado por ahí el sueño del técnico en prolongar su estadía en Boca. Y Angelici, tecleando, no soportando (una vez más), cómo vuelve a depender de los movimientos ajedrecísticos de Riquelme, quien afirmó no querer volver a Boca pero que tampoco cierra la puerta de manera definitiva. Román sabe de la devoción que genera. Juega a su estilo, quiere absolutamente toda la corriente para su lado, construye poder bajo una mirilla, sabe cuándo atacar, cuándo no, cuidar a los amigos del plantel. Resultan indescifrables  sus próximos pasos. Pero sabe que el fantasma Falcioni ya no existe, y que él tuvo mucho que ver en eso. Hay sí, otros argumentos en danza que pujaron con fuerza para entender el comportamiento del sábado. El rendimiento en este semestre no ha sido satisfactorio, con un déficit sonante en la materia de juego, escaso, repetitivo del pelotazo como único destino a Santiago Silva, sin la coordinación entre los distintos sectores de la cancha, algo que había gozado cuando obtuvo el Clausura.  La excepción estuvo en las apariciones relevantes de Guillermo Fernández y Leandro Paredes, jóvenes con futuro pero también con las variaciones lógicas en rendimientos debido a sus edades. La final de la Supercopa Argentina ante Arsenal, derrota por penales, mostró la peor cara del Boca de Falcioni.

Sorprendió la animosidad del hincha, golpeando las ventanas del palco presidencial y en ese paredón de acrílico cuando se iba el técnico tras el entretiempo. La 12, en silencio, no se sumó al coro espontáneo. Si pensamos en resultados, el ciclo Falcioni trajo un título, la Copa Argentina, una final de Libertadores y una pelea constante en los torneos locales. Mano a mano con el Arsenal que salió campeón (recordar el 0-3 en la Bombonera) y peleando hasta las últimas fechas en el Inicial. Encima, si mira a la otra vereda, encuentra a River en uno de los períodos más críticos de su historia. Pero el hincha atacó con furia desde la garganta, en la expresión corporal. Dijo chau a Falcioni. Angelici se le habrá atragantado la comida  de ese meeting. Con el ahora ex entrenador de Boca. Su planificación de Guillermo a mediano plazo, podía sostenerse con Falcioni como un preámbulo, una figura que pueda tomar determinaciones en el vestuario, purificarlo, por así decirlo, para que el Mellizo no cargue desde el inicio una mochila tan pesada.

El tablero cambió de piezas y el nombre de Carlos Bianchi retorna, con muestras en su entorno de que está con ganas de volver a dirigir, que esa siesta, que él mismo planteó, está llegando a su fin. El mundo Boca recurre a los apellidos ilustres, Bianchi y la mirada de Riquelme, sin su lugar físico que es la cancha, pero tomando decisiones desde su casa y para peor, generando cimbronazos de llegada inmediata. Habló y todo cambió en horas. Esto habla de un proceso dirigencial frágil, en consonancia al fútbol argentino, que ante imponderables cambia vertiginosamente de postura. El delfín de Macri no asumirá en público que no quiere traer a Bianchi. Pero tal como pasa con su clásico rival, la necesidad tiene cara de hereje y no puede darse el lujo de seguir perdiendo crédito político. Dependerá de lo que diga el Virrey. 

UNETE



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