. En un mundo
acelerado, cambiante y fugaz, se han relativizado las concepciones en cuanto a
qué es aquello que debemos tener para construir sociedades más equitativas y menos
injustas. Como pasadas de moda, la honestidad y la ética parecen zozobrar
frente al oportunismo, al cinismo y la desfachatez. Como si la ocasión oportuna
y avivada fuera suficiente para hacer a un lado momentáneamente los principios,
para luego asestar el golpe y pretender que todo puede ser como antes. Así de
relativos son los valores, piezas descartables o ajustables al olvido.
Muy lejos de las
sociedades nórdicas en donde la confianza es uno de los elementos centrales,
los latinoamericanos aprendemos a desconfiar desde niños, puesto que sabemos
ciertamente que no ser desconfiado implica estar a merced del ladino, el
avivado o el oportunista. Crecemos en la convicción de que no confiar en el
otro es bueno, puesto que todos se cuidan de todos, como en una jungla moderna
en la que sobrevive el que no se deja morder y a su vez muerde primero.
El sentido del
oportunismo en desmedro de lo realmente valioso ha llevado a nuestras
sociedades a priorizar el dinero fácil, la transa, el "arreglo" o lo
chueco frente a lo honesto. Como si la migaja momentánea fuera más rica que el
pan cotidiano. Y esto nos vuelve desconfiados e incapaces de planificar a largo
plazo, pues se vive de la coyuntura, del momento, la oportunidad y el golpe en
perjuicio del otro. Lo podemos ver en cada proceso electoral, cuando más que
convencer a un electorado mediante plataformas sólidas que vislumbren el futuro
de las naciones, operan las maquinarias proselitistas sobre la base del
soborno, la compra de conciencias y el cinismo, mucho cinismo, como máscara que
todo lo quiere encubrir.
Acaso no
recordamos que en el siglo XIX cuando Chile tuvo una crisis de grandes
magnitudes tuvo que recurrir a un educador para que reencause los valores y el
destino de la nación. Aquel hombre llamado Andrés Bello supo devolverle al país
sus convicciones y lograr que pase de un estado de convulsión a uno de grandes
horizontes. O quizá hayamos olvidado la entereza de Eligio Ayala, tal vez el
más grande estadista paraguayo, quien supo hacer de la austeridad, la
honestidad y la inteligencia los elementos que sustentaron un proceso que
permitió al país salir adelante en uno de los tramos más difíciles de su
historia.
En sociedades en
las que lo honesto es relativo, en donde los valores son canjeables y en donde
la inteligencia quede a merced de la corrupción o el cinismo, no se puede
construir como se debiera. Bello y Ayala se horrorizarían al ver que los
valores que cimientan sociedades son hoy endebles, manipulables e inconstantes.
La crisis de
valores nos impide definir con certeza cuáles son aquellos elementos que nos
permitirán planificar y construir sociedades de mayores beneficios para todos.
Mientras no recobremos la conciencia sobre el valor de la honestidad, la
educación, la inteligencia y la confianza, seguiremos caminando con pasos
dudosos y borrables, sin rumbo previsible.
Es probable que
nunca hayamos vivido en sociedades tan cínicas como ahora. Y es por eso mismo
que debemos recobrar las convicciones para hacerle frente a los cínicos. Al
igual que con los fascistas, con los corruptos no se debe negociar: hay que
combatirlos. Debemos señalar a los cínicos, a los avivados y ladinos que hacen
que hoy vivamos en entornos precarios y poco edificantes. La crisis de valores
nos ofrece la oportunidad de redefinir aquello en lo que creemos y en lo que
confiamos para lograr mejores sociedades. Es hora de repensar nuestra situación
y nuestro destino.