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Mi amigo Murphy


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02/05/2011


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Es seguro que, cuando el Capitán Ed Murphy, en 1949, dijo “Si hay alguna manera de hacer las cosas mal, lo hará”, en la ocasión en que se encontraba reclamando, porque unas pequeñas piezas defectuosas arriesgaban todo un proyecto de aterrizajes de emergencia, por un pequeño error de cálculo, jamás pensó que estaba creando al mejor trabajador del mundo y sus alrededores.


En efecto, cuando, según declara George Nichols, Gerente de ese proyecto, él denominó a dicha afirmación del citado capitán como la “Ley de Murphy”, creó una nueva ley, de esas sociales (también denominadas leyes de la naturaleza, dado que no pueden ser discutidas ni inventadas, sino solo descubiertas), que no han pasado por método de investigación científica alguna, pero que tienen un valor innegable. Pronto se declaró la Murphylogía y, en su honor, es posible escribir las más variadas explicaciones de porqué las cosas salen mal en mérito de este personaje conocido mundialmente.

“Si algo puede salir mal, saldrá mal”

“Si hay dos situaciones por las que algo puede fracasar, sucederá la más grave de ellas”

Lo más notable es que la fuerza de esta Ley ha detonado una suerte de fiebre para detectar variables de la cotidianeidad y llevarlas a un contexto de leyes o principios.

Me volví su amigo cuando me convencí que no podía competir con él. Apenas, tratar de pensar como él. Por lo demás, seguramente es el mejor y más ideal de los trabajadores que se quisiera cualquier organización. Fíjese: Trabaja las 24 horas del día, durante los 365 días del año, de todos los años. No pide vacaciones, no sale con licencia por estrés, no se cansa, no se enoja, en fin, siempre y por siempre presente. Pero no basta ese atributo para poder declararlo como el mejor trabajador del mundo. Falta lo mejor. Es insuperablemente creativo. Por más esfuerzos que se hagan, siempre aparecerá de manera original, sorpresiva. Por lo mismo, como soy, o pretendo ser, su amigo, trato de pensar como él. Pero claro, como además es veleidoso, nunca llega cuando se le espera. No por ser mi amigo pasa a ser menos insoportable.

Ser amigo de Murphy, para mi al menos, implica el sentirse siempre acompañado por él, pensando en cómo podría estar pensando este atípico amigo, en fin, imaginando en cómo, lo que estoy haciendo, pensado o planificando puede fallar. Y en esta amistad he ido cultivando algunos aprendizajes:

1. Mejor en equipo que sólo. Cuando es un equipo de verdad (no un grupo de personas) el que está detrás de un objetivo, es mucho más fácil explorar posibles variables entrópicas para su logro y, también, son más las cabezas pensantes que pueden articular cursos de acción para superar las dificultades.

2. No respetar la Primera Ley de Parkinson (las personas tienden a hacer su trabajo en el mayor tiempo disponible). De este modo, si se termina antes del tiempo límite, siempre quedará espacio de reacción si, a mi amigo, se le ocurre aparecer. Al terminar junto con el pitazo final, si algo falló, ya falló y nada puedo hacer, como no sea maldecir a mi amigo. (La Ley de Murphy acerca de la Termodinámica establece que “Las cosas empeoran cuando están sujetas a presión).

3. La soberbia profesional es como inyectarse a Murphy en las venas. En estos casos, sin siquiera moverse del escritorio Murphy alcanza su máximo esplendor, porque es esa soberbia la que enceguece a las personas y las hace caer una y otra vez. Con el agravante de que, como en su soberbia piensan que el error es culpa de otros, siguen tal cual, cayéndose de nuevo. Sería para la risa si no fuese que esos errores afectan siempre a muchas otras personas. Es como para brindar por Murphy y su inteligencia.

4. Tratar de mantenerse vigente. Esto es muy importante para que Murphy no haga suyas equivocaciones que tienen que ver solo con el relajo intelectual, originado en enfocarse en los trabajos individuales que se le encargan, sin que se observe el contexto y entorno en que esta actividad está inserta.

5. PLAN “B”. Creo que es la enseñanza principal. La madre de las enseñanzas. Mientras más nos importe algo, más debemos tener pensado cursos alternativos de acción ante la eventualidad de que no todo salga como se ha planificado. Con un Plan “B” articulado se puede estar más tranquilo. Caso contrario, cualquier imprevisto, cualquier contratiempo nos acelerará más de lo necesario, nos restará la calma necesaria para pensar de manera global y, seguramente, si se le ocurre aparecer a Murphy, nos encontrará tan ocupados o absortos en los otros inconvenientes, que se dará, una vez más, un festín a costa nuestra.

Sin duda hay más aprendizajes, pero pensando como Murphy, si esta columna sale más larga, serán cada vez menos los lectores de ella. Prefiero que sean ustedes mismos los que, si quieren, aporten más lecciones. En una de esas, también se hacen amigos o amigas de mi amigo.

Ahora bien, como Murphy no descansa, es seguro que este texto lo leerán las personas a las que le pudo haber sido útil, cuando ya no lo necesitan, porque lo que se pudo corregir con su lectura, ya falló. Animo!! Y que sirva para la próxima.

 



Etiquetas:   Recursos Humanos   ·   Motivación

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2 comentarios  Deja tu comentario


Hugo Vergara Reyes, Académico, Facilitador y Consultor Organizacional Tienes toda la razón, estimada Ana María. De hecho, muchas veces, al pensar el Plan B, no solo se mejora en A, sino que aparecen nuevas perspectivas de análisis. De alguna forma de activa el pensamiento divergente


Ana María Nario, Sobre Murphy y sus leyes se ha escrito muchísimo, así que me voy a detener en uno de los puntos que planteas para tratar de evadir sus efectos: EL PLAN B
Tener un Plan B no sólo tiene la ventaja de estar preparados frente a un imprevisto, si no también –muchas veces– sucede que buscando un buen Plan B, encontramos un mejor Plan A.
Y eso sin duda mejora la calidad de los resultados.




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