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Una meta imposible de alcanzar


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08/12/2012

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UNA META IMPOSIBLE DE ALCANZAR






Vicente Adelantado Soriano





Porque toda mi vida se me ha ido en deseos y las obras no las hago.

Santa Teresa de Jesús, Fundaciones.





Decía Epicuro que la filosofía era operación que con razones y argumentos hacía la vida bienaventurada.”

Francisco de Quevedo, Defensa de Epicuro.





La otra tarde hablando con un buen amigo, me hizo este una serie de reflexiones importantes en las que nunca, antes, me había detenido. Paseando por el largo y solitario Paseo Marítimo de la vieja ciudad, me confesó mi amigo que no estaba pasando por uno de sus mejores momentos; y que, en consecuencia, se había vuelto a abismar en ciertos libros de filosofía.

Anochecía, hacía un poco de frío, el cielo estaba muy oscuro, y en la lejanía se vislumbraban las diminutas luces de un barco. Se me ocurrió pensar que debe de ser terrible naufragar en invierno. Tuve un escalofrío.

La filosofía, vino a decir mi amigo cortando mis absurdos pensamientos, siempre interesa a aquellas personas, como es mi caso, que no son felices, y que buscan en ella un alivio para sus males, un consuelo; y una norma de conducta que haga esta vida menos abominable de lo que es. Bien es verdad, como me reconoció, y ahí es donde entro yo, que también se puede ir a la filosofía por un problema de lenguaje, por una especie de empeño e interés por comprender una forma de hablar, o de escribir, de la que apenas se entiende algo. A mí me sucedía, y me sucede, con ciertos textos de filosofía lo mismo que con una partitura musical: tienen que ser otros quienes me lo interpreten. Lo contrario es como enfrentarme con una pared en blanco. Y ya que no pude estudiar música, quise aprender filosofía. Mi amigo, por el contrario, recurría a ella por motivos prácticos. O al menos más prácticos y urgentes que los míos.

Es cierto, me reconoció mi amigo, que cada arte tiene su lenguaje específico; y que, a menudo, sin saber muy bien por qué, los autores hacen esos lenguajes incomprensibles para aquellos que no han sido iniciados en ellos. Hay una especie de complacencia, por parte de los neófitos, y aún de los vetustos, en recurrir al esoterismo, en sentirse parte de un cerrado grupo de privilegiados. No era esa, sin embargo, al tipo de filosofía a la que se refería mi amigo. Buscaba una filosofía que fuera comprensible para todos, incluido yo. La filosofía en la que se había centrado él, en la que buscaba una cierta consolación, era en la filosofía de Séneca, en la filosofía de los estoicos, o en la de todos aquellos que tratan de contribuir a la búsqueda de la felicidad en esta vida. Estos filósofos no usan, en consecuencia, un lenguaje esotérico ni complicado, sino más bien todo lo contrario, puesto que va dirigida al común de los mortales.

Es cierto que, cuando me dejó algunos de esos libros para leerlos, los entendí, o así lo creí yo, con bastante facilidad. No obstante, también pensé que ello era debido a que algunas de las cuestiones que planteaban eran, desde hacía siglos, del dominio público. Tanto es así que algunos de los problemas que enunciaban me llevaron inmediatamente a recordar mi infancia. ¿Es posible que una vieja filosofía, griega o romana, se haya convertido casi en un lugar común, o que aquella arranque de este? Me asombraba leer en algunos de aquellos libros lo que había oído de labios de los mayores, en un pueblo de labriegos y campesinos, que distaban mucho, lo voy apreciando con más nitidez conforme pasan los años, de ser los personajes zafios que nos han pintado novelas, dramas y películas. Estaban impregnados, por el contrario, de principios filosóficos. O de sentido común.

Leídos algunos de los textos que me dejó mi amigo, paseando otra tarde por la orilla de la playa con él, le conté que añoraba algunos de los libros que tuve en mi infancia, y que habían desaparecido. Uno de ellos se titulaba Lecturas de oro. Estaba formado por una breve serie de relatos; algunos, lo comprobaría mucho después, sacados de la Biblia; y otros lo seguí ignorando hasta dar con la filosofía de Séneca y Plutarco, entre otros. Por supuesto, cuando leí el libro, a los ocho o nueve años, todo me pareció original y precioso.

No sé porqué de aquellas Lecturas de oro se me quedó muy grabado un relato sobre la importancia de la educación. En él, un labrador zafio, cómo no, va a hablar con un maestro. Le pregunta a este cuánto le va a costar la educación de su hijo. El maestro da un precio, y el labriego se queja diciendo que con ese dinero se puede comprar un burro. La réplica del maestro es fulminante:

-Pues llévese a su hijo, y así por el mismo precio tendrá dos.

La respuesta del maestro siempre me dejó un poco descolocado; me provocaba cierta desazón y malestar. Me parecía propia de un maleducado. La olvidé. La recordé, muchos años después, sorprendiéndome al descubrir que la anécdota está sacada de un librito de Plutarco, Sobre la educación de los hijos. Y eso sí, la adaptación refleja perfectamente la época en la que fue escrito el libro de mi infancia: Plutarco no habla de ningún labrador zafio sino de un padre que busca una ignorancia barata. Y con el dinero que le pide Aristipo, un filósofo discípulo de Sócrates, habla de comprarse un esclavo, no un burro.1 La respuesta de Aristipo no es tan airada ni despectiva como la del maestro que tanta desazón me causaba a mí.

No me sorprendió en absoluto encontrarme poco después, en el mismo libro, con una frase que, aunque dicha de otra forma, era un lugar común en aquel lejano pueblo de mi infancia: nada engorda tanto al caballo como el ojo del rey2. Los labriegos de mi infancia decían: el ojo del amo engorda al caballo, o A lo tuyo, tú. Podría multiplicar los ejemplos. Pero sin duda lo que más me llamó la atención fue la famosa frase de Anaxágoras cuando, en medio de una charla de física, le dieron la noticia de la muerte de su hijo: Yo sabía que lo había engendrado mortal3, dijo. Evidentemente a lo largo de los años, para bien o para mal, cambian las formas. Y el día del entierro de un compañero de colegio, un crío de siete u ocho años, su padre, nada más bajar el ataúd a la fosa, dijo lleno de amargura, limpiándose los ojos con un pañuelo a cuadros blancos y azules: A todo puerco le llega su san Martín. Aquello me hirió como un lanzazo en pleno corazón. Poco faltó para dar conmigo en tierra. Aun así me sorprendió, en tan tierna edad, que ninguno de mis vecinos le riera la gracia. Y es que hay momentos en que las bestialidades son como las medicinas fuertes, o como el mazazo que nos adormece y atonta.

Paseando un frío anochecer por la orilla de la playa le conté a mi amigo lo que me había sucedido con la lectura de los libros que tan amablemente me prestara. Yo seguía centrándome en el lenguaje; y terminé mi razonamiento con una cita del mismo Plutarco: Y sin duda se debe apartar a los hijos del lenguaje obsceno. En efecto, “la palabra es la sombra de la acción”, según Demócrito. Según eso, en verdad, se debe procurar que sean afables y corteses.4

No creí, sinceramente, que le interesaran a mi amigo ninguna de mis reflexiones sobre el lenguaje o sobre la contaminación de las lecturas. No porque una y otra cosa le fueran indiferentes, sino porque estaba pasando por un mal momento. Él buscaba otras cosas en la filosofía. En consecuencia le iba a dar otro enfoque a la cuestión, aunque, la verdad, no lo veía muy lejano del que le había dado yo.

La filosofía que buscaba él, y quizás y bien mirado la filosofía no sea otra cosa, era un filosofía de tipo moral y práctica. En el fondo estaba buscando una norma de conducta.

Ignoraba entonces, y sigo sin saberlo ahora, qué le había sucedido a mi amigo. No quise preguntar para no pecar de indiscreto. Pensé que debía ser él quien decidiera hablar, si era pertinente al caso, o callar si se encontraba más a gusto haciéndolo. La soledad del lugar, la oscuridad, y el romper de las olas, tal vez le ayudaran a ello. Pese a todo se mantuvo en las generalizaciones. Buscando siempre una filosofía práctica, una filosofía que fuera una norma de buen comportamiento. Intuí, aunque me abstuve de decirle nada, que lo que ansiaba no estaba muy lejos de ciertas religiones. Aunque estas, cierto es, al menos algunas de ellas, no así la filosofía, prometen una vida eterna llena de calma y felicidad. Mucho tendrá que cambiar el hombre para ser capaz de estar con sus semejantes, toda una eternidad, y no desear matarlo, robarle o convencerlo de que sus ideas son mejores que las del vecino, al que hay que destruir. En la eternidad el hombre dejará de ser hombre o vivirá una eternidad tan efímera como él. No le interesaba a mi amigo el premio de ultratumba. Él estaba convencido de que es aquí donde se alcanza la paz o se vive el infierno.

Y aquí, en consecuencia, ponía sus ojos. Veía que merced a gobernantes, políticos y mercaderes, vamos hacia el infierno a pasos agigantados. El infierno para mi amigo era, y es, la violencia, la coacción, la injusticia, la corrupción y el silencio, las desigualdades sociales... Eso provocaba su ira, y la ira lo llevaba a tener una serie de actuaciones que, pasadas estas, le daban miedo por cuanto que veía que, con ellas, estaba en medio de la vorágine, en el centro de cuanto deseaba evitar. Reconocía, con la vieja filosofía, que lo mejor hubiera sido no nacer, y ya nacido, morir pronto. Pero eso no solucionaba el problema, salvo que se tuviera valor para abrirse las venas, y se hubiera optado por ello.

La vida humana -citaba mi amigo de memoria, cosa que me producía una terrible envidia- está fundada en los favores y en la armonía, y no por el terror, sino por el mutuo amor se obliga a la alianza y a la ayuda recíproca.5 No obstante, añadía mi amigo, Séneca no es contrario al castigo cuando alguien incumple con sus obligaciones. Quiere, por el contrario, que se imponga la máxima pena a los máximos crímenes, de modo que no muera nadie sino el que sea conveniente que muera, incluso para él, que muere.6 Por supuesto el castigo se tiene que llevar a cabo sin dejarse llevar por la ira. Pero así estamos hablando de casos particulares, y no es que estos no sean interesantes, sino que nuestros problemas, los que me provocan toda la ira del mundo, no son personales. Séneca incluso habla de sajar aquellas partes del cuerpo que están podridas para salvar a las otras. Lo malo es cuando ese corte se convierte, o se puede convertir, en una guerra, en una terrible guerra, donde todo lo malo tiene cabida. Y donde no queda parte del cuerpo sin tocar.

-Y esta sociedad está llegando a unos extremos peligrosos -dijo con voz ronca-. Tal vez sea debido a que me estoy haciendo mayor, o a que capto mejor que nunca la inutilidad de los políticos y los intereses, nada honestos, de estos y del capital y de todo en general. Todo son intereses bastardos. ¿Cómo no airarse contra un juez que excarcela a un grupo de mafiosos, probados y reprobados, y condena al pobre hombre que ha robado una barra de pan? ¿Cómo no airarse contra la burda excusa de la excarcelación de los mafiosos, un defecto de forma? ¿No sabe escribir el juez? ¿No tiene secretarios ni ordenadores, ni libros? ¿Entre qué gente estamos? ¿Cómo no airarse cuando todos los corruptos se salvan, y..?

A mi amigo le chirriaron los dientes. Me dijo, no obstante, que no quería dejarse llevar por la ira, ni siquiera por la rabia. Pero que, a veces, el no demandar cabezas, el no protestar, el no hacerse oír de forma ruidosa, le parecía una cobardía. ¿Qué hacer contra una ralea de Calígulas o Nerones instalados en todas las escalas de la sociedad? ¿Cómo actuar sin dejarse llevar por la ira, es más, sin provocarla o acrecentarla en el resto de los conciudadanos?

No lo sabía, así que, tras caminar unos minutos en silencio, le dio un giro inesperado a la conversación.

Hay otras personas, dijo mi amigo aquel frío anochecer, que buscan en la religión lo que otros le demandan a cierto tipo de filosofía. Y ambos caminos, si se toman en serio, son difíciles de llevar a cabo. Es cierto, me reconoció, que muchas de las cosas, tanto negativas como positivas, que nos suceden no son, en la inmensa mayoría de los casos, más que imaginaciones nuestras. Y es muy importante manejar la imaginación o la mente. Las verdaderas desgracias, no obstante, es cuando suceden cosas contra las que no podemos nada, y que, lo queramos o no, nos afectan. Media humanidad debería sentirse feliz sólo por el hecho de haber nacido donde lo ha hecho, y no donde otra media humanidad es explotada, humillada, violada y asesinada sistemáticamente. Media humanidad debería ser feliz nada más de pensar que no le ha tocado vivir la II Guerra Mundial, ni persecuciones por el color de su piel, por su religión o por sus preferencias sexuales. Es cierto que tal vez sea poco ser feliz por esto nada más. Y que el hombre siempre tiene que avanzar, no quedarse detenido. Pero vivir uno de esos horrores...

Es muy posible que resulte imparable un ascenso al poder de personajes como los que propiciaron la II Guerra Mundial, o las persecuciones de todo tipo que ha habido a lo largo de la Historia. Parece como si cada cierto tiempo, la humanidad tuviera la imperiosa necesidad de matar y hacerse matar por unos intereses y unos fantasmas que, pasado el tiempo, parecen absurdos, necios, carentes de todo interés. Es, me decía mi amigo, teniendo sus palabras el golpear de las olas como telón de fondo, como todo esto que ha pasado en el país con la corrupción. No lo entiendo. Muchas de las personas que han robado y estafado tenían un más que mediano pasar. ¿Para qué acumular tanto dinero, tanta casa, tanta riqueza? El ser humano es patético: en todo esto tal vez no haya más que miedos y terrores, miedos e inseguridades que, en algunos casos, terminan entre rejas y perdiendo lo poco y bueno que se tenía. La famosa hybris griega, la desmesura.

No sé si los filósofos han amontonado muchas riquezas a lo largo de sus vidas; aunque no creo que le quede mucho tiempo para pensar en esto a alguien que se dedica a solucionar, o buscar soluciones, para otros problemas que poco o nada tienen que ver con el dinero. Parece que la felicidad, la sabiduría, está en el justo medio. Eso no resulta difícil de conseguir. La dificultad está en moderarse ante quienes se enriquecen con el dolor ajeno, ante quienes han hecho de la pobreza de los demás una norma de vida. Y no es uno ni dos. Puede ser una buena solución aquello de dar a cada uno lo que le corresponde. Lo difícil está en permanecer impasible, en que nada te afecte, en amar al que te quita lo que tienes, tan difícil como no arrollar a quien trata de apisonar a todo el mundo. Sí, a veces vivir no es nada fácil. Y Casandra da voces en el desierto. Las lanzas bipotentes se están afilando. Ojalá nos equivoquemos y el ruido que comienza a percibirse sea solamente el morir de las olas en la orilla de la playa. De lo contrario las luces de aquel lejano barco pueden ser la única salvación, como la luz de una casa en medio de un terrorífico bosque, y nadar en pleno invierno... Preparémonos para lo que venga, que es la última filosofía del saber. Y no se anuncian tiempos pacíficos, ni mucho menos. Adiós, vida bienaventurada. Adiós.

1Plutarco, Obras morales y de costumbres, (Moralia) I. Sobre la educación de los hijos. Traducción de Concepción Morales Otal y José García López, Editorial Gredos, Madrid, 2008, 7 F-5A



2Plutarco, Ibídem, 13 D



3Plutarco, Obras Morales y de costumbres (Moralia) II, Escrito de Consolación a Apolonio, Traducción de Concepión Morales Otal y José García López, Editorial Gredos, Madrid, 2008, 33D



4Plutarco, Sobre la educación de los hijos, 14 10A



5Séneca, Diálogos, Sobre la ira. Traducción de Juan Mariné Isidro. Editorial Gredos, Madrid, 2000, I, 3



6Séneca, Ibídem, I, 4





Etiquetas:   Filosofía

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