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Es el único país de la Unión Europea que no cayó en recesión en 2009, y ha
logrado un crecimiento significativo del 15% de su Producto Interno Bruto (PIB)
en los últimos cuatro años. Y aunque hay síntomas de desaceleración, el año
pasado tuvo un repunte de 4.3%. No será la economía más poderosa del viejo
continente, pero debido a un mercado interno sólido y a un buen sistema de
atracción de inversiones extranjeras está consiguiendo eludir los efectos
nocivos de la crisis en la región.
Con un mercado
de aproximadamente 38 millones de habitantes, este país mantiene una buena
confianza por parte de sus consumidores, lo que hace que el incentivo para
invertir y gastar en el mercado interno sea envidiado por otras naciones. Los
polacos tienen mucho optimismo sobre el futuro de su economía, en tanto los
pronósticos para este año indican que habrá un crecimiento de alrededor del
2.7%. Esto nos habla de un mercado interno fuerte y de una población que
apuesta por mantener un dinamismo propio. Y este optimismo deriva en buena
medida del hecho de que las inversiones extranjeras siguen llegando y que hay
condiciones muy favorables para las exportaciones de los productos agrícolas.
La economía
polaca se ha diversificado mucho tras los procesos de reformas que emprendieron
cuando se pasó del comunismo a una economía de mercado. Hoy en día cuenta con
sectores industriales poderosos como el automotriz, servicios financieros,
informáticos y de asesoría en mercadotecnia, así como una gran capacidad de
producción de electrodomésticos que los ubica como el principal proveedor
europeo de refrigeradores y lavarropas. Y aunque son exportadores de productos
agrícolas, en este campo todavía soportan muchas flaquezas, con una producción
insuficiente para atender las necesidades del mercado y con reformas pendientes
para elevar la productividad.
Facilitar las
inversiones extranjeras, generar confianza en los inversionistas, diversificar
los sectores productivos, industrias y de servicios, incentivar el mercado
interno y, por sobre todo, la confianza de los consumidores son parte de la
receta de este país que hoy llama la atención porque ha eludido la recesión
europea y está logrando, paulatinamente, un aumento de los ingresos de la gente
y una mejoría de la calidad de vida.
Si contemplamos
estos factores a la luz de lo que ocurre en países pequeños como Paraguay,
seguramente notaremos algunas carencias que nos hacen poco atractivos para las
inversiones extranjeras: inestabilidad, inseguridad jurídica, poca confianza de
los consumidores y muchas trabas en la región para acceder a los grandes
mercados. El modelo agroexportador del Paraguay, basado en monocultivos y en la
explotación desigual de la tierra –con grandes latifundios improductivos y una
concentración de la tierra en pocas manos- no es suficiente para lograr una economía
competitiva, que genere oportunidades de desarrollo y que permita hacerle frente
a las influencias externas.
El Paraguay
necesita devolverle la confianza y el optimismo a la gente: hay que trabajar en
una reforma que ponga al ciudadano en el centro de la atención económica. Hay
que invertir en los cimientos de la competitividad, ampliar el alcance y
mejorar los niveles educativos, al tiempo de facilitar las inversiones para
apuntalar los sectores industriales y de servicios. Los paraguayos ya conocen
el aislamiento, las trabas externas y los efectos nocivos de ser un país
pequeño y mediterráneo. Por eso hay que apostarle a fortalecer nuestra propia
capacidad de hacer, de emprender e innovar, para tener un mercado interno
sólido que no sólo pueda resistir a las recesiones, sino que sea la plataforma
hacia un estadio de menor desigualdad y mayores oportunidades.