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Una sola idea vale más que un millón quejas


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05/12/2012


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El legado cultural que recibimos de nuestros mayores, sus razones acerca de los problemas cotidianos, sus opiniones,  sus consejos, sus sugerencias, dada la tremenda magnitud  de los  cambios que vivimos desde el fin de la II Guerra Mundial, y más aún desde la década de los sesenta, nos resultan inadecuados o en todo caso insuficientes para afrontar los problemas del día a día de nuestras vidas. Las opiniones  que nos ofrecen, y a veces tratan de imponernos, suelen estar ancladas en un pasado que si no es muy remoto en el tiempo, sí  es en cambio muy distinto a nuestro presente cotidiano. No obstante, sus razonamientos se sustentan en una gran experiencia, lo que los hace interesantes y dignos de ser escuchados a la hora de encontrar argumentos y posibilidades que no se nos hayan ocurrido antes a nosotros y  no viene mal tenerlos siempre en cuenta.


 

El mundo se nos hace también cada vez más difícil por la debilidad de unas tradiciones llamadas occidentales que ya no nos orientan sobre los caminos a seguir. Tratamos de encontrar nuestro sendero a solas y muchas veces nos perdemos, y damos un paso atrás, y dejamos de sintonizar con nuestro deseo y aparece el malestar que nos dice que tenemos que buscar otras posibilidades. Nuestro descontento nos informa cuando no hay amos, nuestra ansiedad es cómplice imprescindible de nuestra libre existencia.

 

Queramos o no, parece que necesitamos cada vez con más urgencia pensar por nosotros mismos, estar mejor preparados que  las generaciones precedentes para sobrevivir. Tenemos por delante el reto de la  progresión geométrica de la población del planeta, de la tecnología y de la ciencia en general, que nos obliga a tener que aprender cosas nuevas constantemente. Al menos dentro de nosotros mismos somos cada vez más libres, cada vez dependemos  más de nuestras propias decisiones para afrontar la vida. Se trata de un proceso inexorable, de un viaje sin retorno, en el cual, queramos o no, todos tenemos un billete de ida. Cuanto más nos informamos, cuanto más cosas aprendemos, cuanto más nos defraudan nuestros gobernantes y más nos  fallan nuestros líderes espirituales tanto más libres nos hacen, más competentes para generar ideas nuevas, para cuestionar las opiniones más inamovibles, y para pensar por nosotros mismos. Ya no se trata de aprender a resignarnos con el destino que nos ha tocado vivir, ni de obedecer órdenes sin apenas comprender su significado, ni de asimilar códigos de conducta obsoletos, la libertad que se nos viene encima como un aguacero nos brinda cada vez más posibilidades de decidir por nosotros mismos pero también nos hace más responsables de nuestra propia vida y de nuestro propio futuro.

 

La libertad representa a primera vista una clara ventaja, pero también puede ser experimentada por muchas personas como una imposición que les deja desamparados, algo así como una complicación inesperada. Y no les falta cierta razón, la libertad cuesta aceptarla, no nos olvidemos de las ventajas oscuras de la mansedumbre para evitar castigos, de la sumisión resignada, que deja a la libre disposición del amo la responsabilidad sobre nuestra propia vida “liberándonos” del deber de cuidar de nosotros mismos, de la posibilidad de que nos equivoquemos, de que nos sintamos culpables. El miedo a la libertad se esconde tras muchas de las protestas inútiles que enviamos a nuestros gobernantes, tras las quejas repetitivas y los reproches que les hacemos por sus malas gestiones. A muchas personas les aterroriza en lo más íntimo la idea de la libertad y  se niegan a aceptar la carga que les supone vivir sin la autoridad de un libro de instrucciones debajo del brazo, o lo que viene a ser lo mismo: vivir buscándolo pero  sin fiarse de ninguno en particular, quejándose de todos. Donde hay libertad, una sola idea vale más que un millón de quejas.

Salvador Crossa Ramírez.

 http://www.lagotaquecalmaelvaso.es



Etiquetas:   Liderazgo   ·   Sociedad   ·   Psicoanálisis   ·   Libertad de Expresión

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