El verdadero origen del Régimen Federal mexicano no es un pacto, sino un conflicto: no surgió como la voluntad manifiesta por estados independientes para integrarse en una federación que les traería beneficios comunes de largo plazo, sino una escalada de inconformidades regionales ante el obsesivo predomino del centro. Fue un arreglo inseguro, además porque no todos los integrantes iniciales de la federación contaban con el mismo peso político, y porque ese arreglo hubo de incluir también a los poderosos aparatos militares y eclesiásticos que controlaban la vida nacional desde la capital del nuevo país independiente. Así, los ensayos constitucionales que se sucedieron hasta la promulgación de la Carta Magna de 1824 propusieron el federalismo como la solución indispensable al abierto conflicto entre las regiones y el centro, pero siempre sobre la base del reconocimiento explícito a los poderes tradicionales que seguían gobernando a la nación.



