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Castellón. La ciudad posible V


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01/12/2012


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A nadie se le escapa hoy que la cultura es uno de los elementos de progreso más potentes que existen desde que la Humanidad empezó a dar sus primeros pasos de una forma organizada. Las primeras concentraciones de humanos tuvieron que desarrollar un cuerpo de identidades culturales y religiosas para dar cohesión al grupo e interpretar todo aquello que les producía un vacío intelectual que les abocaba al miedo. Por eso la cultura, desde la prehistoria, ha estado ligada a la parte intangible de nuestras sociedades, pero no por ello en una posición de debilidad. Gracias a ella la inmaterialidad de las artes, las identidades colectivas y la transmisión del saber, han tenido y tienen una fuerza de tal magnitud, que cualquier civilización y/o cualquier cambio si no están sostenidos por una buena base cultural, se verán sometidos al fracaso.


En nuestra civilización el contenedor capaz de albergar el desarrollo de la cultura han sido las ciudades. Quizá porque éstas van ligadas al espíritu gregario de los humanos. Es inconcebible cualquier manifestación cultural si no va dirigida a los demás o la comunidad. Y este espíritu comunitario, de relaciones interpersonales, de búsqueda de lazos comunes, y exploración de lo desconocido, mejor que en ningún otro sitio,  se ha dado en las ciudades. Tebas, Atenas, Alejandría, Roma, Londres, Paris, Salamanca, Madrid, Valencia, Barcelona, Berlín, Nueva York, Moscú, etc., son todas ellas ciudades que, en diferentes momentos de la Historia, han sido los centros más importantes de generación cultural irradiada al resto del mundo, exportando identidades que al final  han traspasado la frontera de su ámbito territorial, para convertirse en signos culturales de amplias zonas geográficas.

Por eso la cultura, ya sea en sus manifestaciones más localistas, ya sea en un ámbito global que da carácter a geografías mayores, debe ser tratada con mimo, y las ciudades, en este mundo de comunicaciones veloces y fáciles,  tienen que seguir cumpliendo el papel de salvaguardarla, crear nuevas manifestaciones y  animar a que los ciudadanos participen, bien como actores pasivos, en su condición de consumidores de cultura, bien como agentes activos que generan expresiones culturales. Porque una ciudad anodina culturalmente es una ciudad muerta y parasitaria.

No es esta, exactamente, la situación cultural de Castellón, pero de seguir así, acabará en el cementerio de las ciudades aburridas, en donde nada pasa y todo se transforma en el consumo facilón de cultura y casticismo barato.  Se ha confundido la identidad cultural de la ciudad con la Fiesta y todo lo que gira en torno a ella, dejando a un lado, como pieza de museo aparcada, las manifestaciones culturales que no entran en el esquema de desfiles, gaiatas, trajes y romería.  Un casticismo barato, que huele a naftalina, tan del gusto de la derecha conservadora y rancia de la ciudad, bendecida por la Iglesia, que ha sido capaz de contagiar a los sectores liberales y progresistas, haciendo que cualquier intento de modernizar la Fiesta, se considere como un atentado irrespetuoso a la identidad cultural de la ciudad.

         Durante unos años pareció que el ánimo cultural subía gracias a la creación del ente Castelló Cultural que fue capaz de situar a Castellón en el mapa de las giras de los grandes gurus de la cultura. La rehabilitación del Teatro Principal fue un aldabonazo al disfrute del buen teatro que se estaba haciendo en España. La apuesta por las vanguardias culturales que supuso el EACC en sus primeros años, consiguió colocar a Castellón en los círculos del arte más contemporáneo del mundo occidental; lástima que el puritanismo moral de la derecha, acabara con una experiencia interesantísima, que estaba convulsionando los cenáculos artísticos y culturales de la ciudad,  o quizá por eso. El Museo de Bellas Artes es una joya arquitectónica como contenedor de obras de arte, que podría haber aprovechado más su capacidad para articular actividades culturales y artísticas, y sin embargo dormita en el sueño de los justos, por una pésima gestión de los dirigentes políticos locales, que solamente han apostado por poner en valor el patrimonio artístico afín a su visión conservadora de la sociedad. El Auditori ha gestionado durante unos años una programación que se podría calificar de excelente,  y ha generado sinergias suficientes como para abrir sus puertas a la creación musical autóctona de Castellón. Todos ellos son centros que, con mayor o menor éxito, han cumplido un papel fundamental en la regeneración cultural de la ciudad y su área metropolitana. Sin embargo la visión mercantilista de la derecha gobernante, azuzada por la crisis, se ha impuesto reduciendo peligrosamente las actividades culturales a niveles del siglo pasado. Mentalidad mercantilista que ha consentido que Castellón no tenga ninguna sala cine en el centro de la ciudad, reduciendo toda su oferta a dos multicines de programación comercial instalados en su periferia.

         ¿Dónde ha estado el Ayuntamiento durante todos estos años? Ausente en la desaparición de las salas de cine en el casco urbano y como invitado de piedra en la programación cultural aludida anteriormente, que ha sido gestionada por la Generalitat Valenciana. El Ayuntamiento, con el Partido Popular a la cabeza, ha sido un outsider de la cultura de la ciudad en los últimos años, sin planificación propia de eventos y nulo apoyo de la vida cultural dinamizada por la ciudadanía, que ha asistido muda al abandono institucional del municipio, a pesar de haberse sobrepuesto a esta falta de planificación. Las iniciativas que van surgiendo se deben al esfuerzo de la sociedad civil, que ha aprendido a tener que salir adelante sin apoyo institucional, lo que no es intrínsecamente malo, pero sí ha conducido a que las manifestaciones culturales de la ciudadanía se muevan en el albedrío y sin dirección planificada para mejorar la vida de los ciudadanos.

Ardua tarea tiene la oposición para salir de este agujero cultural en el que se encuentra Castellón. Un trabajo posible y necesario, que deberían ir preparando y publicitando. La cultura es un bien de primera necesidad para la convivencia y en una democracia debe tener la flexibilidad suficiente para planificar que la sociedad se sienta partícipe de ella.  Pero planificar no es dirigir, como suele ser tentación de la derecha conservadora, o dejar todo a la suerte de la sociedad civil. En un Castellón posible, si no se toma la cultura como instrumento esencial de desarrollo, se habrá fracaso, incluso si el resto de factores superan la crisis. Podemos ser ricos y vivir en el bienestar, pero burros y vulnerables si no somos cultos y caemos en el casticismo, la moralina, el dirigismo y la pobreza cultural como sociedad. 



Etiquetas:   Estado del Bienestar

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