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Sobre las ventajas de la vejez


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01/12/2012

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SOBRE LAS VENTAJAS DE LA VEJEZ




Vicente Adelantado Soriano





I



CÉFALO





En las primeras páginas de la República de Platón, quizás las más sencillas y próximas, habla Céfalo, un hombre mayor, que se dirige a Sócrates diciéndole lo siguiente, entre otras cosas:

Es bueno que sepas que, cuanto más se esfuman para mí los placeres del cuerpo, tanto más crecen los deseos y placeres en lo que hace a la conversación.”1

A partir de este momento se produce un breve diálogo entre Céfalo y Sócrates a propósito de la vejez y de sus ventajas y desventajas. Cuenta el primero, a instancias y moderadas preguntas del segundo, cómo no, que muchos mayores, ancianos, se quejan de la vejez porque añoran las borracheras o los placeres sexuales de su pasada e irrecuperable juventud. Y también porque hijos y vecinos los tratan mal. Todo junto hace que muchos ancianos renieguen de su estado actual. Tal vez porque pensaron, como también sucede hoy en día con mucha gente, que envejecer y morir es cosa de los otros, pero nunca asunto propio, de ahí que no se preocupen de ello, ni se preparen para cuando llega. No obstante, si hay alguien que no hace distingos en esto es la madre naturaleza: todos, tal vez con un poco de suerte, hemos de envejecer; y, desde luego, todos tenemos que morir. Por eso mismo piensa Céfalo que quienes se quejan de la vejez es porque toman como causa de sus padecimientos lo que no lo es. La vejez, una parte más de la vida, puede ser el lugar de la paz, de la tranquilidad, de la ataraxia. Entre otras cosas porque él, Céfalo, ha llegado a mayor, y no añora ni los banquetes ni los placeres del sexo; y acepta esta nueva etapa de su vida como aceptó las anteriores; también esta tiene sus cosas positivas. Dice que quienes se quejan, ancianos de su misma edad, lo hacen por su forma de ser, por su carácter, que no ha cambiado con los años.

Una de las ventajas de la vejez es la de liberarse de ciertas tiranías. La del sexo entre ellas. Cuenta, a raíz de esta tiranía, que un hombre le preguntó a un anciano Sófocles si no añoraba el acostarse con alguna mujer. El malhumorado dramaturgo le respondió de forma contundente:

Cuida tu lenguaje, hombre; me he liberado de ello tan agradablemente como si me hubiera liberado de un amo loco y salvaje.”2

Estas palabras del gran dramaturgo son glosadas por el propio Céfalo diciendo que, en la vejez, se adquiere mucha paz y tranquilidad en lo tocante a esas cosas. Cesan o desaparecen muchos apetitos. El hombre, de esta forma, como dice Céfalo, se desembaraza de “multitudes de amos enloquecidos.”3

En ningún momento, a lo largo de la breve conversación, interrumpe Sócrates a Céfalo para preguntarle, por ejemplo, si es bueno o no desembarazarse de un amo, o qué entiende él por estar enloquecido, o si ese enloquecimiento no puede ser una manía divina. No hay preguntas por parte del maestro de maestros. Lo cual quiere decir que están hablando los dos el mismo lenguaje, y están de acuerdo los dos en todo cuanto está diciendo Céfalo, el más mayor.

Céfalo viene a concluir, como ya apuntara antes, que juzgar mal a la vejez no depende de ésta, es inevitable, sino del carácter de los hombres. Un hombre, que sea moderado y tolerante, verá en la vejez una molestia mesurada. De no ser así, no solamente la vejez sino también la juventud será una carga.

Ahora sí, ahora sí que Sócrates asume su conocido papel y comienza a preguntar incisivamente. Tal vez a Céfalo, apunta el filósofo, la vejez no le resulte una carga pesada porque tiene dinero. Evidentemente, le reconoce Céfalo, el dinero tiene sus ventajas, pero no tantas como se suponen. Cuenta entonces la acertada respuesta que dio Temístocles a un ciudadano de Sérifo. Éste le reprochaba al general ateniense que su gloria se la debía a la ciudad en la que había nacido, y no a sus méritos personales. Temístocles le respondió:

Ni yo me haría famoso si fuera de Sérifo, ni tú aunque fueras de Atenas.”4

Del razonamiento concluye Céfalo, atacando a quienes creen que la riqueza es la solución de la vejez:

Esta frase [la de Temístocles al serifita] viene bien para aquellos que no son ricos y pasan penosamente la vejez, porque ni el hombre razonable soportaría con mucha facilidad una vejez en la pobreza, ni el insensato se volvería a esa edad tolerante por ser rico.”5

El dinero, pues, ayuda, aunque no es determinante; lo importante para Céfalo es el carácter, el saber adecuarse a las circunstancias y ser tolerante y feliz con lo que se tiene. La sabiduría. Aceptar lo que viene, y que, lo queramos o no, es inevitable. Por mucho que nos rebelemos en contra de ello. Lo importante no es ser ateniense, aunque ayude la nacionalidad, sino ser sabio, tener un buen carácter, cosa que está al alcance de todo ciudadano, si se lo propone.

II





BREVE INTERRUPCIÓN FILOLÓGICA





No recuerdo dónde decía Goethe, creo, que hay que tener cuidado con lo que se desea de joven porque se suele alcanzar de mayor. El problema está en que, a menudo, el joven no sabe todavía lo que desea; se puede equivocar, o desear tanto, ignorando la advertencia de Goethe, que puede terminar burlado. La vida es una continua selectividad. Y por desgracia el joven se tiene que decantar por algo renunciando a otras muchas posibilidades. Aquí, y como reconocería el propio Céfalo, la riqueza aquí sí que puede ayudar. Y mucho.

Por desgracia, salvo que se vivan largos años, o se viva sin trabajar, el estado ideal, no se puede estudiar latín, griego, matemáticas, medicina, literatura, arte, historia, astrología y demás. En la Universidad, como en el resto de la vida, se tiene que escoger entre una carrera u otra. Y una carrera media viene a durar cinco años, sin doctorado ni aditamentos. Terminarla no quiere decir, ni de lejos, haber llegado a dominar la materia. Imposible dominar tres o cuatro ramas del saber.

Ahora bien, y quien no se consuela es porque no quiere, no siendo rico, una de las ventajas del trabajo, de comenzar a ser mayor, es que se tiene dinero; ya no se necesita pedirlo a los padres, ni dar cuenta de en qué se ha invertido. Así que de mayor, y con trabajo, una persona interesada en el libro de Platón se puede comprar cuantas versiones quiera o encuentre para compararlas unas con las otras. Pues a veces, y pese a las revisiones, que deberían ser más cuidadosas y eficientes, aparecen párrafos que no tienen ni mucho ni poco sentido. Y siguen sin tenerlo por más que se lean y se relean. Es lo que sucede con la conclusión que saca Céfalo de la anécdota de Temístocles. Así la ofrece Conrado Eggers Lan:

Ni yo me haría famoso si fuera de Sérifo, ni tú aunque fueras de Atenas. Esta frase viene bien para aquellos que no son ricos y pasan penosamente la vejez, porque ni el hombre razonable soportaría con mucha facilidad una vejez en la pobreza, ni el insensato se volvería a esa edad tolerante por ser rico.”6

Francamente, no tiene sentido esa frase después de todo cuanto ha estado defendiendo Céfalo. Si el hombre razonable no soporta una vejez en la pobreza, ¿quién la va a soportar? ¿Nadie? En eses caso, Céfalo le está dando la razón a quienes se quejan de la vejez y añoran su pasada juventud. No por los placeres pasados, sino por las molestias que genera el tener una avanzada edad y no ser rico.

Lo ideal en casos como éste es, por supuesto, ir a la fuente original y consultarla. Pero como hemos dicho, todos tenemos que escoger, y rara es la persona que domina los cuatro dialectos áticos. En esta situación, y en otras similares, y con dinero para gastar, se recurre a otra edición, y a otra más, por si acaso. Hay que reconocer que estos pequeños errores se pueden solucionar con un poco de buena voluntad. La frase en cuestión, la de Céfalo, sí tiene sentido, y relación con todo lo dicho anteriormente, en la traducción de Enrique Palau:

“”Dices verdad, contestó, ni yo sería célebre si hubiera nacido en Serifa, ni tú tampoco lo serías aunque hubieras nacido en Atenas.” El mismo razonamiento puede hacerse a los que sin ser ricos se quejan por ser viejos: la pobreza haría insoportable la vejez quizá al mismo sabio, pero nunca las riquezas la harían más soportable si le faltara la sabiduría”7

A falta de consultar la fuente original, parece que tiene más sentido esta última traducción. Y, además, está en total consonancia con lo dicho por Céfalo en las páginas anteriores.

Hay, por fin, otra traducción un tanto curiosa:

“”Cierto –repuso-, que si fuera yo de Sérife, no sería conocido; pero tampoco lo serías tú más, de haber nacido en Atenas.” Lo mismo puede retrucarse a los viejos poco ricos y sobrado mohínos, y decirles que acaso hiciera la pobreza insoportable la vejez al mismo hombre sensato, pero que jamás las riquezas harán más llevadera la senectud sin sensatez.”8

Creo que queda clara la idea de Platón, aunque hayamos tenido que dar un pequeño rodeo: las riquezas son importantes para sufrir la vejez, pero lo más importante de todo es la sensatez, la sabiduría, el saber comportarse, en cada situación, como conviene a ella. Es decir, quizás de una forma un tanto encubierta, estamos hablando de uno de los grandes temas de Sócrates, que determinó su vida y su muerte: la areté, la virtud en sentido griego, por supuesto. Es algo que ocupa todas las edades de hombre. Y ni la vejez ni la muerte le son ajenas.

III





DE CÉFALO A NUESTROS DÍAS





Imaginamos que los ancianos, en la Grecia clásica, lo mismo que en Roma, y en todas las épocas, salvo quizás en la nuestra, hasta hace poco, dependerían de sus familiares y vivirían con ellos. Tal vez la nuestra sea la primera época en la que un anciano, o jubilado, ya no está obligado a vivir con la familia gracias a la pensión que le queda, y a la seguridad social9. La forma más sencilla de explicárselo a Céfalo sería decirle que los ancianos son mantenidos por el pritaneo. Y que incluso éste les paga, o les pagaba, los médicos y las medicinas.

Pero en ese pritaneo, por desgracia, ha metido la mano mucha gente no nada limpia y bastante deshonesta. Así que los ancianos del futuro corren el riesgo, entre eso y la llamada crisis del petróleo y del ladrillo, de sufrir todas las inconveniencias de una vejez sin dinero y sin familia. Porque, inútil es decirlo, los vínculos familiares se han desgajado, se han roto. En estos tiempos que se nos avecinan se será ciudadano, y familiar, en tanto se produzca y se sea útil a la sociedad, o al hijo, a la hija, tal vez separada y con varios niños a su cargo. Luego, quizás, se abandone a los mayores en el Narayama, aquel monte japonés tan precioso donde se los dejaba para que se murieran de frío y de hambre.

Una pena. Porque gracias a la alimentación, a la medicina, y a una vida más o menos muelle, al menos comparada con los de aquellos siglos, ha hecho que lleguemos a la jubilación bastante sanos y aptos para casi todo. Por lo tanto, y suponiendo que uno haya logrado en la vejez lo que deseaba en la juventud, y ahora quiera más, por aquello de que la vida es selección, puede seguir estudiando o investigando o leyendo, o matricularse en la Universidad. La vida no se termina con la vejez, ni mucho menos. Aunque ya no se pueda hacer el camino de Santiago en bicicleta ni a pie.

Lo único triste de esta edad, al igual que en todas, es tener que depender de alguien, no ser autónomo. En caso contrario la vida puede ser una delicia: hacer cuanto se desea, dentro de las limitaciones, como en todas las edades, pero no tener que acudir al trabajo. Poder leer y estudiar todo cuanto se quiera. E investigar. Puede ser el paraíso.

Es probable que más de uno se pregunte que para qué quiere estudiar una persona mayor, que, ni siquiera, va a ejercer como maestro o profesor. Sencillamente por lo mismo que Sócrates, hace un tiempo, iba por las calles de Atenas haciendo preguntas: por el afán de saber, porque la vida es muy corta, y hay muchas cosas preciosas, bellas, y dignas de ser conocidas: mirar por un telescopio, estudiar el nacimiento de las estrellas, leer a Séneca en el original, ver amanecer en los campos de Castilla...

Ahora bien, como diría Sócrates, de nada vale esto si no se es sabio. Pero ¿acaso no lo es ya al escoger esa forma de vida? Además, es bastante sencilla de llevar a cabo: si la matrícula en la Universidad tiene un precio razonable, un anciano no necesita mucho para vivir: ya no existe la tiranía del sexo; no necesita, por lo tanto, ir de copas; por eso mismo le sobra con ir decentemente vestido; y tal vez hasta el material escolar se lo regale alguna editorial que, no así en Grecia, que se ocupa de “nuestros mayores”. Sólo cabe un poco de buena voluntad por parte de todos. Y por dejar en paz los tesoros del pritaneo, o meter en cintura a quien se atreva a tocarlos. Luego, eso sí, hay que rogar a los dioses para que nos conserven la vista, el oído, la sagacidad y la perspicacia. Y morir después, como Sócrates, con toda la lucidez del mundo y rodeado de buenos amigos. Si no los hay, en casa y con libros, y con los bellos fantasmas del pasado. Sintiendo el gozo de haber llevado una vida plena y dichosa. Como Céfalo y el mismo Sócrates, su buen amigo.

Es bueno que sepas que, cuanto más se esfuman para mí los placeres del cuerpo, ya con pocos amigos, y con la familia desperdigada, tanto más crecen los deseos y placeres en lo que hace a la conversación, al estudio y a la curiosidad por saber, a la imaginación y a la ensoñación. Ahora nadie, salvo el cansancio, interrumpe mis lecturas... Algo así podría decir una persona mayor parafraseando las primeras palabras de Céfalo en la República de Platón.

Hay que vivir y disfrutar del tiempo que todavía tengamos; sacarle provecho y gozar del momento presente con todas nuestras fuerzas, pues Nadie te restituirá tus años, nadie te devolverá de nuevo a ti mismo.10 Y tú mismo eres lo más precioso que tienes.





1 Platón, República, Traducción de Conrado Eggers Lan, Editorial Gredos, Madrid, 1986. I 328d



2 Platón, Opus ctda. I 329c



3 Platón, Opus ctda. I 329d



4 Platón, Opus ctda. I 330a



5 Platón, Opus ctda. I 330a



6 Platón, República, Traducción de Conrado Eggers Lan, p.61. El subrayado es mío.



7 Platón, La república o el estado. Versión de Enrique Palau. Ediciones Omega, Barcelona, 2003 p.9



8 Platón, Diálogos. Estudio preliminar de Francisco Larroyo. Editorial Porrúa, S.A. México, 1981. En ningún sitio del citado libro consta quién es el traductor de los Diálogos.



9Ahora, por el contrario, se está dando el caso de que son los miembros jóvenes de la familia quienes dependen del anciano.



10Séneca, Diálogos, Sobre la brevedad de la vida. Traducción de Juan Mariné Isidro, Editorial Gredos, Madrid, 2000, 8 5





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1 comentario  Deja tu comentario


ibette correa, La modernidad y mucho más ésta carrera pos... nos enseña a temer la vejez, a no desearla, a verla como un terrible mal que debe ser evitado. Todo comienza con la apariencia, pero permea plenamente la vida. La sabiduría y la sensatez no son hoy las cualidades deseadas para la vejez, en cambio aparece la belleza de la imagen, el tenue vínculo con la formalidad, eso si, la riqueza sigue siendo la fuente de los deseos. Muy provocador, el texto.




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