Concurso, luego pienso (Parte 10/14)

8. Vidrios


. Vidrios
Entre argumentos y conversaciones internas me visita el sueño y me lleva con él hasta el inicio del citado viernes, un día importante que confío sea más corto de lo esperado.

La secuencia, cómica pero triste, sucede de la siguiente manera:

Placentera imagen paradisíaca – ruido infernal que interrumpe la escena – enfado – reconexión cerebral – asociación del sonido con mi despertador – enfado – búsqueda de teléfono móvil – caída de todo lo que inexplicablemente puebla mi mesita de noche – furia – encuentro fortuito con el ansiado dispositivo – muestra desproporcionada de cariño – silencio – felicidad – nueva interrupción – enfado – asimilación de los cinco minutos transcurridos – tristeza – negociación interna, incluidos complejos cálculos matemáticos – autoconvencimiento – manotazo hacia el despertador – silencio – satisfacción – cargo de conciencia – despertador – enfado – apertura ocular – picor – cabezada – segundo intento – mayor picor – lágrimas resecas – ¡otra vez el despertador! – fuego interior – cariño desmesurado ante el angelical canto del “aparatito” – nueva negociación – conciencia – esfuerzo ímprobo – contracción abdominal – salto de sábanas – torpeza – bocazo contra el maravilloso marco de la puerta – estiloso tambaleo – enciendo la luz - ¡Uf! – dolor – lágrimas – nubes – valiente continúo mi camino y me adentro en el mismísimo sol – mano izquierda en azulejos – mano derecha en la entrepierna – levantamiento de taza – apunten... – felicidad – un poco más de felicidad – cisterna – accionamiento del grifo – agua fría en la cara – más lágrimas – suspiro – alzamiento de la vista - ¡vamos ya! - ¿quién eres tú y qué has hecho con mi anterior yo? – recapacito – casi pienso – cierro el grifo – salgo del baño – patada a la indescriptible y amada puerta – dolor infernal – enciendo la luz en busca de daños – risa – breve descanso en la cama – pienso – miro la hora – estrés brutal – carrera para encender el termo – múltiples golpes – toalla – grifo – fría espera – ahora – ¡felicidad! – GRACIAS.

El resto del día no puede sino mejorar. Al menos en lo que a destreza y habilidad se refiere. La mañana me aporta nuevos conocimientos empresariales y un montón de contactos a los que confío en volver a ver, deseándoles lo mejor en sus respectivos proyectos. En lo que al Plan de Negocio se refiere, lo envío sin incidencias. Una llamada de teléfono me confirma la correcta recepción del archivo y me insta al próximo jueves para una nueva despedida y la consiguiente crítica del documento para pulir los posibles errores y discutir los pequeños matices que han sido modificados en esta última entrega.

Más de setenta folios de laboriosa investigación, tanto interna como externa. Una muestra de creatividad y realismo, sin precedentes para mí. Se trata de un trámite necesario y enriquecedor, que no ha hecho sino confirmar nuestro interés por acometer esta nueva hazaña, convencidos de su viabilidad y de la sociedad prevista.

Con la habitual escasez de tiempo que me caracteriza, me dirijo hacia el centro, en busca de un lugar donde nutrirme y cambiar el chip de cara al desarrollo de la tarde. Previo paso por casa para dejar los apuntes y cepillarme los dientes, alcanzo el bar, famoso meeting point del equipo, encontrando la típica estampa que conforma mi mentor frente al mantelito que le colocan junto al menú del día. Una sonrisa, cierta trivialidad mientras da buena cuenta del postre, y a trabajar. No tenemos ganas ni de perder el tiempo. Es momento de terminar cosas y disfrutar de un fin de semana muy esperado.

Comentamos las noticias que no paran de publicar los medios locales, acerca de un concurso, considerado por muchos la panacea de esta urbe en horas bajas. El maná que deberá alimentar las ilusiones del medio millón de ciudadanos que habitan esta metrópolis.

Superado el trámite organizativo que precede cada encuentro, nuestro compañero toma la palabra para explicar la evolución de la propuesta llevada a acabo por su equipo. Concisa y directa, nos encandila desde el primer momento. Acto seguido, ocurre lo mismo con nuestra idea y la solución concreta del anfitrión. Tal festival de diseño deriva en la focalización del equipo hacia el barrio que conecta esta ultima área de trabajo con el puerto. Una zona especial y cercana, tremendamente familiar para mis compañeros, dado que dos de ellos viven en las inmediaciones y el presente estudio se encuentra en él.

Comienza una tormenta de ideas muy fluida y productiva, tanto que nos vemos obligados a desprendernos de nuestras herramientas de trabajo para acercarnos en persona al lugar, trabajo de campo. In situ ponemos en crisis algunas de las ideas lanzadas, mientras reforzamos el resto. La emoción embriaga al equipo y nos anima a recorrer la orilla del río hasta la citada avenida por la cual deprimir nuestro parque. En ella valoramos a fondo la idea de nuestro anfitrión que sale bastante bien parada aunque no ilesa. Lo siguiente que se anima es la noche, que invade nuestra euforia y nos devuelve a la cruda realidad, aquella en la cual nos quedan muchas cosas por dibujar, dos hijos esperan la vuelta de sus padres en la soledad del estudio, y el reloj evidencia un exceso.

Alegres llegamos al estudio y empezamos a dibujar, absortos en el proceso proyectual, ajenos al tic-tac del reloj. Los vegetales se superponen sobre la pared de vidrio de la sala de reuniones en la que nos encontramos. Cada uno sostiene su lápiz o rotulador, empleándolo indistintamente como puntero láser, varita mágica o instrumento de dibujo. Las siguientes horas se agotan con una velocidad que pasa desapercibida ante nuestros ojos. Sólo la melodía de uno de los móviles es capaz de destruir este clímax.

Una de las mujeres nos precipita abruptamente a la realidad. Son las diez de la noche y ninguno hemos pensado, siquiera, en cenar. La cordialidad reinante deriva en una improvisada cena, donde son invitados los miembros del segundo equipo. Tras varias semanas de trabajo conjunto, nos ponemos cara. Se trata de dos jóvenes arquitectos, algo tímidos pero ilusionados. Compartimos nuestras vespertinas hazañas. Las anécdotas y consiguientes bromas se convierten en el hilo conductor de una noche risueña y agradable.

Como no podía ser de otra forma, nos despedimos cariñosos y animados, con nuestros mejores deseos para los dos días de descanso que están por llegar. El resto se resume en un frío tremendo que no parece dispuesto a abandonarme durante el camino de vuelta a casa. Una muestra de aprecio, a todos los efectos, excesiva.

Pero ya da igual, el frío, el cansancio, o cualquier otra contrariedad son paliados por la calidez de un hogar tan gélido como la calle, pero familiar y confortable. Podría acostarme sin problemas, aunque eso convertiría este viernes en un día más. Así que, tras varias dudas, me dispongo a ver una película en ingles, obtenida de mi academia de idiomas, para terminar de cansarme y mejorar en lo posible mi capacidad de comprensión.

Esta vez sí, satisfecho con este interesante thriller, sucumbo ante las tentaciones de alcoba. Almohada de plumas, prima del cálido edredón, dos mullidas mantas y su correspondiente sábana. Una sucursal moderna del paraíso sobre la tierra. Un espectáculo que no me canso de disfrutar. Poco a poco siento como el calor invade mi cuerpo y contagia a mi espacio vital anexo, despertando una sonrisa relajada. El peso específico de mis párpados se eleva exponencialmente con cada nuevo movimiento periódico e inevitable. Del mismo modo, mi peso se reduce ante la disolución de mis múltiples cargas. Comienzo a levitar sobre la habitación sin dejar de sentir el abrazo de mi ropa de cama. Uno, doos, treees, cuuaaatroo, ciiincoooo, seeee...iiiis, sieeeetee, oooochoo, nuuueeeev...

¡Hasta mañana! Será lo mejor.

Continuará... (Parte 10/14)






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