El gran y verdadero reto del Presidente Peña Nieto
Confesiones.
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A pesar de ser los temas que más le preocupan e importan a
nuestra sociedad, no serán ni la seguridad pública, ni la economía, por señalar
las dos principales, las asignaturas que representan el gran y verdadero reto
que el próximo Presidente de la República habrá de enfrentar.
No puede solventarse ninguna coyuntura por mucho que esta
influya en una sociedad, si antes no se resuelven las causas de fondo, que por
su propia naturaleza son los argumentos que dan origen a esa misma
problemática.
Porque necesariamente y eso lo explica, las grandes
dificultades que se relacionan con la seguridad pública y la economía, como en
muchos otros temas de la agenda política y social del país, provienen del
asunto de fondo.
Estamos hablando de una forma de comportamiento y creencia
comunitaria, porque en esencia somos una sociedad que no cree en las leyes y no
porque estas no estén bien definidas, sino por la forma en que se aplican,
también de corrupción, porque aunque esta se achaca fundamentalmente al sistema
político y de gobierno, esta no podría existir si la propia sociedad no
estuviera influenciada por su influjo.
En ambos aspectos el componente adicional y no menos
importante es la impunidad, esa sensación de que en México, los castigos son
selectivos y no alcanzan a los verdaderos culpables.
Estos aspectos han desarrollado una sociedad poco
participativa, cómplice de lo mismo que acusa, lo que ha dado pie a que no haya
una dinámica de presión, a menos claro que esta sea a través de grupos de
choque, creados por las propias fuerzas políticas, ex profeso para atacarse
entre ellas.
Nos gobernamos en general por tribus, dependemos en síntesis
de los intereses de sus elites dirigentes, mismas que se mezclan más allá del
ámbito puramente político, con las que controlan la economía y las que influyen
en la opinión pública.
En México la definición del éxito se circunscribe a una
frase que lo dice todo “el que no tranza no avanza” que se ha establecido como un criterio
cultural que es base doctrinal y modelo.
Considerando estos argumentos, antes de intentar resolver
cualquier asignatura, habría que entender que hay que reformar desde el origen
y a profundidad, para cambiar el paradigma y transformar estructuras
funcionales y mentales, de otra forma todo lo que se haga será parcial,
paliativo.
Si bien es cierto que no todo puede y resolverse desde el
gobierno, en nuestro país es la institución que marca la tendencia, sobre todo
porque la herencia paternalista que recibimos de las culturas precolombinas y
posteriormente en la conquista, nos define como una comunidad hecha en el culto
al poder.
Un esquema en el que la clase dirigente dicta normas de
comportamiento y aun que estas se discutan y no consigan consenso absoluto, se
vuelven dogmas de fe, la adoración al Tlatoani, como forma de convivencia bajo
la perspectiva de depender de un ser supremo capaz de resolver todo.
Porque aun y siendo una república y conducirnos en un
sistema democrático, el mexicano es profundamente tradicionalista y en
conclusión acepta el autoritarismo, que con todo y que este se ha moderado, es
una forma subconscientemente tolerada.
Siendo así, la responsabilidad del nuevo primer mandatario,
próximo a tomar posesión, se circunscribe a su compromiso con la transformación
modernizadora, que va más allá de los cambios que implica una transición
gubernamental.
Un compromiso para trascender que depende del privilegio de
poseer el liderazgo que otorga la investidura, las herramientas de un poder que
es el único capaz de convocar un cambio de esa magnitud.
Tendría que ser así, porque cualquier modificación además de
tiempo para madurar, aspecto que no puede determinarse a tiempos estrictos,
considerando que un sexenio no alcanza para ello, tiene que fundamentarse en el
aspecto ideológico.
De otra forma aun suponiendo una gestión exitosa, de acuerdo
a los parámetros estadísticos que miden el crecimiento, el desarrollo o en este
caso la disminución de la delincuencia, solo se estaría atravesando un espacio
de tiempo sin lograr el objetivo mayor.
No solo se trata de ensanchar los beneficios y que estos
lleguen a un mayor número de habitantes, para realmente mejorar el nivel y la
calidad de vida, por necesidad hay que romper con los paradigmas que nos han
sumido en la situación en la que irremediablemente estamos.
Hay que cambiar la cultura de lo fácil, de la dadiva como
moneda de cambio que es el elemento que más atenta contra las convicciones,
sobre todo si esto sucede a través de los procesos electorales, promover no
inhibir la participación y la iniciativa.
El poder tiene que cambiar desde dentro, no es una cuestión
partidista lo es de principios y valores, de viabilidad hacia el futuro, porque
en una revisión estadística comparativa con los países del primer mundo,
nuestra posición es lamentable.
En la mayoría de los aspectos que miden esos diversos parámetros
que nos ubican en algunos casos en posiciones vergonzantes, estos se originan
en la percepción de un sistema corrupto e impune que explica los obstáculos
para el pleno desarrollo.
Como en su momento lo hizo Plutarco Elías Calles, convencido
aun siendo militar de que había que civilizar al país y darle preponderancia a
las instituciones por encima de los cacicazgos, hoy es la oportunidad para
Enrique Peña Nieto.
Por supuesto no es fácil partir de una convicción personal
para enfrentar a todo un sistema, porque este pende no solo de las huestes de
su partido, sino de toda la clase política y empresarial.
Sin embargo, y ahí es donde está el gran reto, la voluntad expresada desde la investidura
bien puede ser el motor que empuje el inicio de la gran transformación y que
esta influya en todos los sectores.
Para ello hay que empezar poniendo el ejemplo desde el mismo
poder, limitando el culto a la personalidad, la simulación la pompa y boato
excesivos, sin que esto implique eliminar los rituales propios del poder.
El poder depende de sus fondos y sus formas, desde ellos se
traduce y se hace sentir su peso, eso está claro, pero en todo caso últimamente
o se ha abusado de ello, o al contrario en otros se ha debilitado, como en el
caso de los dos presidentes panistas.
La clave pues está en cambiar la percepción de que el origen
de la corrupción proviene del gobierno y desde la clase política se establece
la impunidad que la acompaña.
Combatir costumbres que laceran la confianza ciudadana y
atentan contra la credibilidad, que en todo caso se convierte en complicidad
social, aceptada por simple conveniencia y no por convicción.
Conformar una estructura oficial a todos los niveles que
privilegie los resultados y la eficiencia, por encima del populismo y la eterna
tendencia electoral, ponderar seriedad y sobriedad.
No tenga usted duda, muy pronto Peña Nieto va a convocar a
la estructura del poder priista, para leerles la cartilla, explicarles como
quiere que sean las cosas y exigirles el cumplimiento de ello.
Que se entienda claramente que el poder emana del concepto
de servicio y que los políticos no pueden caer en la tentación inaugurada en el
foxismo, de asumir por el hecho de ocupar un cargo, comportamientos de artistas
o estrellas deportivas.
Castigar con certidumbre y no por persecución política,
porque la ley se aplica de manera discriminatoria y por disputa política,
ejemplos hay muchos y muy frecuentes, a partir del primero de diciembre
empezaran a contabilizársele a Peña Nieto.
Si la creación de la Comisión Nacional Anticorrupción,
propuesta como una institución autónoma y en apariencia que atiende una demanda
colectiva de que el gobierno, no puede ser juez y parte, no es suficiente, al
menos es un comienzo alentador.
Habrá que ver si es esa iniciativa la punta de lanza de la
transformación o como suele suceder un distractor para encubrir la permanencia
de un sistema caduco.
Habrá que ver también si la admiración que Peña Nieto
expresa abiertamente por Adolfo Ruiz Cortines, es real y se orienta a honrar
sus postulados, o simplemente es un adorno.
guillermovazquez991@msn.com
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