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Un nuevo dilema: comer o leer


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17/11/2012

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UN NUEVO DILEMA: COMER O LEER






Vicente Adelantado Soriano





Considerad la forma de esta justicia que nos gobierna: es un verdadero testimonio de la imbecilidad humana, de tanta como es su contradicción y su error.

[...]

Suelen estar hechas [las leyes] por necios, más a menudo por gentes que, por odio a la ecuanimidad, carecen de equidad; en todo caso, siempre por hombres, autores vanos e irresolutos.

Michel de Montaigne, De la experiencia, Ensayos.





No hay día, en este bendito país, que no nos desayunemos con una nueva desazón o con un nuevo atentado contra los derechos más fundamentales del ciudadano medio. No hay día que una ley u otra, un acuerdo u otro, no suponga una pérdida y un deterioro en los avances sociales de buena parte de la humanidad. Los enfermos dependientes se quedan sin ayudas, son abandonados a su suerte; y los enfermos crónicos tienen, desde hace unos meses, que pagarse sus medicamentos; si son funcionarios, encima, tienen que hacer frente a estos pagos con una bajada del sueldo, la desaparición de la paga extra de Navidad, y con el temor a caer postrados en la cama. En ese caso, y al igual que a todos, sean o no funcionarios, hasta se les penalizará, económicamente, por supuesto, por estar de baja y no ir al trabajo. Y por si todo ello no fuera suficiente castigo, resulta que las farmacias llevan meses sin cobrar las medicinas que dispensan. Por turnos, los farmacéuticos han decidido ir a la huelga. Y algunos medicamentos comienzan a ser difíciles de conseguir. Y la Justicia, que jamás fue ciega, impone precios prohibitivos por echarse a andar. Estamos mejor que queremos. Pero no termina aquí el bienestar de esta avanzadísima sociedad del siglo XXI. Hay más. Mucho más.

La voracidad de los bancos, el hacer el capital lo que quiere y desea, ha llevado a tales abusos que, por desahucios, ya llevamos varios suicidios de personas que se iban a quedar sin sus casas. ¿Cómo es posible que un piso cueste tanto dinero? Ahora parece ser que gobierno y oposición van a intentar cambiar la ley para evitar este tipo de tropelías. Veremos hasta dónde son capaces de llegar, o hasta dónde los dejan avanzar los verdaderos dueños del negocio. No pretendemos, por supuesto, que el banco sea el garante y promotor de una vivienda para cada ciudadano. Un banco, al fin y al cabo, es un negocio; y los negocios, se quiera o no, están hechos para ganar dinero, no para otra cosa. Generan puestos de trabajo, sí, de acuerdo; pero porque no lo pueden evitar, aunque las máquinas ya les han ayudado mucho en tan delicada tarea. Al fin y al cabo, reducir empleos es aumentar las ganancias. Tanto como reducir las ventajas de los empleados. Y no estamos en contra de las máquinas, ni mucho menos, sino en contra de que sólo sirva para el bienestar de unos pocos.

No obstante, deben andarse con cuidado, como ya advertía Augusto: decía, en efecto, que los que buscaban un mínimo de provecho arriesgando mucho eran semejantes a los que pescaban con un anzuelo de oro, cuya perdida, si se rompía, ninguna pesca la podía compensar.1 Y si sigue así la cosa tal vez perdamos todos, los del anzuelo de oro, los de plomo, y los peces.

Desde que comenzó esta famosa crisis, provocada por la especulación, el cambio de moneda, equiparación entre países dispares, ricos y pobres, etc., se está intentando hacernos creer que la crisis se ha generado porque hemos vivido por encima de nuestras posibilidades; durante años y años, se nos dice, hemos gastado alegremente. Y al actuar de esta forma hemos conseguido que el sistema sanitario, un lujo que no nos podemos permitir, ya no se pueda sostener debido al enorme gasto que genera. Algo similar sucede con la educación universitaria, y algunas cosas más, que hay que privatizar aunque se hayan levantado con dinero público. El negocio para algunos, comprando edificios a mitad de costo, va a ser más que redondo.

Glosando a Joyce, por eso de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, también pertenece esta frase a las grandes palabras que tan desgraciados nos hacen. Pues, al fin y al cabo ¿quién ha vivido por encima de sus posibilidades? Si una persona va a un banco y pide una hipoteca para comprar un piso, ¿cómo es posible que valgan tantos millones?, le exigen la nómina, avales, y todo tipo de garantías. Y al más mínimo impago, se terminó el vivir por encima de la barrera marcada por el sueldo. Por si ello no fuera poco, está luego Hacienda, la Implacable Hacienda, que reclama su diezmo, y ante la que no valen, como si se tratara de un viejo señor feudal, excusas ni dilaciones. Es posible, pese a todo, que haya habido, y los haya, quienes han vivido por encima de sus nóminas e ingresos burlando a bancos y a Hacienda, cosa que, desde luego, no está al alcance del común de los mortales. ¿Quién ha vivido, pues, por encima de sus posibilidades? Cuando se hace esta pregunta tan sencilla, se recurre, enseguida, a la segunda frase feliz, que todavía nos hace más desgraciados: los estados, las autonomías que han hecho autopistas, aeropuertos, obras faraónicas, dispendios y despilfarros de todo tipo. Y surge la contrarréplica: jamás una democracia puede ser denominada como tal en tanto las cuentas no sean claras y transparentes. Y tenemos estados autonómicos, reinos de taifas, y gobierno central, califato, que son tan transparentes como un agujero negro. Tanta negrura y falta de luz hace sospechoso a cualquier gobierno, sea del color que sea, que terminan por ser todos monocromos. Y al final hacen cierto aquel viejo refrán: De molinero cambiarás...

¿Y qué hacía la oposición en tanto se producían estos gastos y dispendios monstruosos? ¿No se enteraba? ¿Y si se denunciaban derroches y mal uso del dinero público, tenía algún efecto su denuncia? Parece que no. Está todo, gobierno, oposición, justicia, medios de comunicación, tribunales, jueces y demás, tan politizado que no nos queda sino acogernos a los templos de los dioses misericordiosos. Pero se ve que estos, por cansancio y aburrimiento, hace tiempo que han arrojado los coturnos y los rayos al baúl de los recuerdos. Requiescant in pace.

Dejando a los dioses y a la oposición tranquilos, y centrándonos en el poder: ¿nadie controlaba este tipo de gastos? ¿No hay asesores económicos en los gobiernos? ¿No hay ministros de hacienda, consejeros, consellers y como se llamen en los otros idiomas sean románicos o no? ¿No hay contables honestos y no corruptos? ¿Cuál era su misión? ¿Dar el visto bueno a todo lo que se le ocurría al capo por muy descabellado que fuera? Visto lo visto parece que así era. De lo que se deduce que los economistas en un partido político no sirven para nada. Tal vez, con un poco de honestidad, deberían dimitir todos, incluido el capo que los nombró. Lo que ellos han hecho, y consentido, no se llama vivir por encima de las posibilidades. Se llama engañar y estafar al público con su propio dinero. Con tamaños despropósitos se buscaban los votos, por supuesto, y la benevolencia del pueblo. Lo mismo que hacían los emperadores romanos cuando ofrecían luchas de gladiadores y de fieras. Nada nuevo bajo el sol.

Dicen que el agujero negro todo lo engulle, hasta la misma luz, la cual no devuelve. Por eso es negro. Sería interesante saber qué sucedería si esos dichosos agujeros negros devolvieran los rayos del sol. Como sería muy interesante observar qué sucedería si, en lugar de quitar la paga extra a los funcionarios, la ayuda a los enfermos dependientes, o hacer que los enfermos crónicos paguen sus medicinas, o a la gente que está en el paro, y no por gusto, la priven de su casa, sería muy interesante, digo, que en lugar de esto, durante un año no hubiera autonomías, caso de España, no hubiera ONU, OTAN, Parlamento europeo y hasta gobierno, con su presidente y sus ministros si me apuran. Sirven para muy poco. A veces para nada. Creo que de esta forma se ahorraría el suficiente dinero como para salir de la crisis, y evitar algún que otro suicidio. Pues sabido es que los agujeros negros, en su voracidad, se han llenado tan bien sus masas sólidas o gaseosas que, sin duda, podrían pasar un año sin recibir uno de sus muchos emolumentos. No creo que ninguno de ellos se vaya al campo a cultivar repollos o habas. Ni todavía mucho menos que se abra las venas o salte desde un rascacielos. Los pobres lo hacen desde un quinto o sexto piso. Y gracias.

A veces con tanto recorte y privación de derechos adquiridos parece que estamos siendo las víctimas de Calígula, de aquel aborrecible emperador que pedía alguna desgracia durante su mandato, pues Augusto había tenido la trágica pérdida de Varo y de sus legiones, y Tiberio el hundimiento del anfiteatro de Fidenas, mientras que en el suyo no pasaba nada2. Nada que no fueran sus excesos y asesinatos. Calígula podía haber montado la crisis que tenemos ahora, y de esta forma se hubiera podido equiparar con sus antecesores en desgracias. A punto estuvo de lograrlo, pues obligaba a unos y a otros a hacer testamento a su favor, y a suicidarse inmediatamente después. Con medida tan ingeniosa llenó sus arcas y se ahorró unas cuantas ejecuciones3. La diferencia entre aquellos tiempos, tan bárbaros, y estos tan cultos reside en que Calígula cargaba la mano contra la nobleza, mientras que los actuales césares lo hacen contra los proletarios. Es conveniente recuperar esta vieja acepción porque si seguimos así dentro de poco tendremos que pagar al estado con nuestra prole. De ahí que se persiga a los solteros y a otro tipo de personas. En el fondo todo es, hasta la independencia, un triste problema económico.

Esa falta de liquidez también ha dejado a muchos emigrantes sin asistencia sanitaria. Y no deja de ser curioso que aquellos que ponen el grito en el cielo en contra del aborto y de los matrimonios homosexuales, no lo hagan cuando la gente se ve abocada a vivir en la calle por haberse quedado en el paro, o sin médico por no tener trabajo. Llama la atención que se proteste por el derecho al aborto, y que no se diga nada cuando los emigrantes se quedan sin derecho a la prestación sanitaria, y algunos de ellos en estado grave. Como llama la atención que todavía haya gente que quiera dedicarse a la política y se atreva a meterse en algún que otro partido político. ¿Para qué? ¿Para qué?

Hace algunos días me preguntaba, en un pequeño artículo, qué impulsa a una persona a dedicarse a la política. No me supe responder entonces, o no me quedé del todo satisfecho con la respuesta. Hasta que un día, paseando por el campo, me vino a las mientes un viejo tetrástrofo monorrimo criticando el famoso Cisma de Occidente, cuando la Iglesia quedó divida en dos papados, el de Roma y el de Aviñón:





Agora el papagdo es puesto en riqueza;

de lo tomar qualquiera, non le toma pereza;

maguer sean viejos, nunca sienten flaqueza;

ca nunca vieron papa que muriese en pobreza.4





Tampoco hemos visto nunca a ningún político en la cola del paro. Por eso va a ser muy difícil que nos concedan la gracia de estar un año sin su clara y prescindible presencia. O que se queden si quieren pero que estén, todos, un año sin cobrar y sin robar, por supuesto. Luego que modifiquen las leyes, o que las apliquen, y metan en la cárcel a todos aquellos, sean de su partido o del contrario, que se han llevado entre las manos, con triquiñuelas más o menos legales, lo que no era ni es suyo. Y que lo reintegren. Es pedir peras al olmo, ya lo sé.

Al parecer no tenemos más remedio que pagar y pagar por todo. A eso lo han bautizado ahora con el nombre de austeridad. Y la austeridad ha llegado a tal grado que hasta la cultura es prohibitiva. Los libros están caros. Pero qué hacer. Llovía. La carne es débil. No había teatro, las películas de la cartelera no tenían ningún aliciente. Y allí estaba él, el inefable Plutarco, a un precio, ahora, un tanto elevado. Sí, para pensárselo. ¿Qué hacer? ¿Dónde apretar para que salga algo? Si respirar costara dinero, estaría un par de minutos sin hacerlo, y podría ahorrar. Pero respirar es gratis. Es un error... Cogí el libro, pagué y me fui cariacontecido. Las lechugas y los ajos todavía están al alcance de mi bolsillo. Y las zanahorias. Porque poco después sonreí; el sol, pese a estar lloviendo a mares, llegó al fondo de mi alma, y creí en Dios: en el teatro de Bescanó (Gerona), para no pagar el 21% de iva por las entradas, venden zanahorias, y con estas regalan la entrada para el espectáculo. Me ha parecido una idea genial, propia del Calila e Dimna o de nuestra cara picaresca. ¿Lo va a aplicar alguna editorial a fin de abaratar los libros y la cultura? Esperemos que sí, y que no nos planteen el dilema de leer o comer, he aquí la cuestión. Aunque sigo pensando que lo mejor sería que los políticos se fueran a sus casas durante un año ¡Qué afortunada la República, si lograra echar lejos de sí esta hez de la ciudad!5. O que nos dejaran marcharnos a algunos, dándonos la jubilación o una especie de premio. En contra de lo que piensan algunos voceras del poder, que desean más y más horas de trabajo, de austeridad, de este ocio mío resultará mayor beneficio para la república que de la actividad de muchos.6 Al fin al cabo qué hubiera sido de Occidente sin muchos de aquellos frailes que pasaron su vida en el scriptorium copiando libros y más libros. Y, sin embargo, nadie se acuerda de ellos. Es lo de menos. Lo importante es que salvaron muchísimos libros. Y gracias a esa labor de copistas, y a algunas cosas más, somos lo que somos. No lo olvidemos. Aunque tengamos que comer zanahorias para ello, como los burros. Ha sido la buena noticia de la semana. Gracias a quien se le ocurrió semejante idea. Esperemos ahora que no nos suban el precio de las zanahorias, que todo pudiera ser.





1Suetonio, Vidas de los doce Césares, libro II, 25



2Suetonio, Vidas de los doce Césares, libro IV, 31. Para el desastre de Fidenas, véase también Tácito, Anales, IV, 62-63. Habla de 50.000 personas muertas o aplastadas.



3Suetonio, Vidas de los doce césares, IV, 38 y ss.



4Pero López de Ayala, Rimado de palacio, copla 197



5Cicerón, Catilinarias, I



6Salustio, La guerra de Yugurta, IV





Etiquetas:   Corrupción

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