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El necesario tránsito hacia un nuevo orden económico internacional


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16/11/2012


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El planeta se comporta como un ser vivo. Muchos científicos le asignan a nuestro mundo una cualidad más cercana a la de un ser biológico, que a la de una estructura material dinámica, cuando se recupera por sí mismo, de grandes catástrofes naturales, de daños en su biosfera, de consecuencias climáticas, perjuicios ambientales diversos (con o sin intervención del hombre), etc.

En el año 1.000 de nuestra Era, la población mundial ascendía a 300 millones de habitantes; para ese entonces el planeta no se quejaba (tanto), aunque sufría de un hostigamiento permanente, pero de ningún modo irreversible.

En la actualidad somos 7.000 millones de habitantes que consumimos excesivamente, alentados por el propio sistema capitalista que nos incita a disponer y utilizar en nuestro bienestar, más unidades de productos, que en otras épocas escaseaban o sencillamente no existían.

Los medios de transporte y los adelantos científicos nos ayudan a vivir mejor, pero a expensas de quemar combustibles fósiles; solo la contaminación del aire es responsable de la muerte de 4,5 millones de personas al año.

 

Según la OMS, unos 1.500 millones de habitantes urbanos, la mayoría en los países en desarrollo, están sometidos a niveles de contaminación del aire, superiores a los límites recomendados.

 

Se calcula que las emisiones de los vehículos a motor y de las fábricas causan el 8% de las muertes por cáncer de pulmón, el 5% de las muertes por afecciones cardiopulmonares y alrededor del 3% de las muertes por infección respiratoria. En: Informe Mundial sobre Desastres 2010, de la Federación Internacional de Sociedades de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja; http://www.ifrc.org/Global/Publications/disasters/WDR/wdr2010/WDR2010-summary-SP.pdf.

 

El planeta está pidiendo a gritos una pausa para digerir los cambios y es justo cuando no podemos darnos ese lujo, porque la acumulación de deudas que muestran las economías más desarrolladas, nos indican que a menos que tengamos otro planeta disponible para utilizarlo de sustituto (mientras descansa La Tierra), no podríamos atemperar el consumo, porque de ello se nutre y se retroalimenta el capitalismo, por lo que "una vez más" los distintos gobiernos de las economías más competitivas del mundo, se disponen a impulsar, promover e incentivar mediante políticas monetarias laxas el alicaído consumo sin darle tregua al único planeta que tenemos, desoyendo su petición de pausa, de descanso.

La primera Ministra de Bangladesh, Sheik Hasina, aseguró que el calentamiento ya es devastador para su país; “un grado centígrado más significa 10 % de pérdida de productividad de la agricultura”.

La naturaleza refuerza su fenomenología en zonas empobrecidas socialmente, donde la economía impide una confrontación con los fenómenos naturales. Sin embargo, cuando éstos afectan al Primer Mundo, a pesar de los esfuerzos que se pongan (dígase dinero) sobre la mesa para impedir o aminorar dichos efectos, toda la sociedad demanda calladamente decisiones políticas paliativas.

Distintos fenómenos naturales, como  el rápido deshielo del casquete del Ártico que sería responsable de los veranos fríos y lluviosos que está teniendo buena parte de Europa; la grave sequía de los EEUU que elevó los precios de los alimentos, etc., dan cuenta que no podemos permitirnos otra oleada de consumo global indiscriminada.

A veces escuchamos decir que no se  puede ir en contra de la naturaleza, porque ella siempre termina imponiéndose; ¿será esta vez igual que en otras ocasiones, donde desoímos su lamento, y aunque queramos alterar su ciclo "cuasi-biológico" no lo lograremos?

En nuestro fuero interno llevamos grabados milenios de evitación e huida de la fuerza desmedida de la Naturaleza, pero no es hasta la época moderna en que a través de los mass media y la cultura en general apreciamos la envergadura de su poder. Los terremotos y las inundaciones no son mayores que los ocurridos siglos o milenios atrás. Lo que cambia es la vulnerabilidad. La Naturaleza siempre se regulará tendiendo al equilibrio, por muchos medios que queramos imponerla.

¿Sabía usted que el cambio climático ya nos está pasando factura por cuanto es el responsable de un deterioro del 1,6 % del PBI mundial?

¿Cuánto dinero es aproximadamente este porcentaje? Unos 1,2 billones de dólares anuales; se calcula que en el año 2033 estaríamos perdiendo por esa causa unos 2,5 billones anuales. Si usted analiza la crisis europea y los problemas de deudas soberanas, primas de riesgo en niveles críticos, economías en recesión, etc., deducirá por si mismo, cuántos desequilibrios podríamos haber solucionado, de no haber influido tan irresponsablemente (consumismo desenfrenado), en el cambio climático, que estamos padeciendo y que ahora nos pasa una factura más onerosa, que si hubiéramos evitado ese “crecimiento a expensas de recursos escasos”.

Hace 25 años, el planeta sobrepasó el umbral crítico en el que la demanda de recursos era mayor que la capacidad que el planeta Tierra tenía para regenerarse. Como señala New Economics Foundation en un informe: si todo el planeta consumiera al ritmo de los españoles, harían falta tres plantetas para satisfacer sus necesidades, y cinco si lo hicieran al ritmo de los estadounidenses.

¿Cómo reaccionará nuestro planeta? No nos engañemos: lleva años reaccionando, pero no le queremos hacer caso. En algún momento sobrepasaremos un punto de no retorno, en el que la reacción será en cadena y sin marcha atrás.

Al estilo de un sistema socioeconómico, ese monstruo que puede crecer con cautela o desmesura, también puede desinflarse suavemente o estallar. La analogía entre Naturaleza y economía se encuentra en el uso de los recursos, sean naturales o financieros, y las diferentes filosofías con que analizamos el uso de dichos recursos.

Al igual que es absurdo no estudiar el entorno para aprovechar racionalmente sus recursos, lo es igualmente no estudiar el comportamiento de nuestras economías. Y lo que parece evidente es que el sistema económico actual no va por el camino correcto.

Hay dos alternativas posibles:

a) Reunirse los países que conforman el 85% de la economía mundial y las 2/3 de la población mundial (G-20) y analizar una estrategia que atienda una reprogramación inteligente de la deuda, sin que ello signifique una categorización de "default" para las calificadoras de riesgo, porque de lo contrario, esto es, por no modificar las circunstancias calificatorias de un sistema crediticio, terminaremos por no ver el bosque detrás del árbol y el planeta no nos dará una segunda oportunidad, si lo dañamos irreversiblemente.

b) Activar un ciclo expansivo de la economía (con resultados a largo plazo) no orientado a producir bienes de consumo masivo, sino orientado a regenerar las aptitudes del planeta: forestar, ampliar zonas de riego, implantar suelos vegetales, evitar la desertificación, crear grandes superficies de agua para conseguir alterar la humedad ambiente y por ende influir en los regímenes de lluvias, etc.

Si le diésemos a los acreedores para  elegir entre alternativa a) y b) seguramente por una cuestión lógica, derivada de nuestra forma primaria de razonamiento cuantitativo, seleccionarían la opción a), pero si le dijésemos que esa alternativa conlleva a una crisis planetaria de recursos y materias primas, que impedirían al acreedor disponer del capital, en su propio beneficio, porque para entonces, todo estaría alterado y por ende, habría que invertir sumas mayores en la recuperación del medio ambiente, seguramente aceptarían voluntariamente un canje de títulos de deuda de corto plazo por deuda a largo plazo y con ello se podría eliminar la asfixia transitoria, que supone la amortización de créditos en períodos recesivos, modificando los esquemas de vencimientos, de tal suerte de hacerlos sustentables con los modelos potenciales de crecimiento, que se proyectarían teniendo en cuenta la respuesta del planeta (ya recuperado).

Cuando decimos que haría falta un nuevo Bretton Woods o un nuevo orden económico internacional, nos referimos a un acuerdo similar al suscrito en julio de 1944, que dé respuesta a esta fase del capitalismo, que no fue prevista. En la última parte del siglo XX e inicios del siglo XXI, el aliento del consumo desmedido, nos arrastró a pedir créditos más allá de nuestra posibilidades de honrarlos, o más exactamente, se podían honrar siempre que las condiciones laborales y de ingresos continuasen en la misma senda, sin posibilidad de enfriamiento ni pausa, en la generación y comercialización de bienes y servicios.

Como sabemos, el ciclo se agotó y ahora los asalariados se encuentran con que las condiciones para devolver lo gastado a cuenta y sus necesidades actuales, superan sus posibilidades materiales; el razonamiento es válido tanto para un trabajador como para una empresa, ya que las deudas corporativas, más los gastos de mantener un aparato productivo (con menores demandantes), no guardan relación con los resultados tenuemente positivos o deficitarios, de los ejercicios contables de las firmas.

Es por ello que el nuevo orden económico internacional tiene que dar cobertura a este nuevo escenario, y evidentemente no pasaría por emitir papel moneda fiduciario descontroladamente para impulsar un "crecimiento" inducido, en donde los consumidores, lejos de su frenesí habitual por adquirir bienes y servicios diversos, están espantados de su situación económica doméstica, temerosos de su futuro, de poder asistir a sus hijos, etc.

Entendemos que el nuevo orden económico internacional pasaría por encontrar una salida a los pasivos soberanos y corporativos, a los pasivos de las familias que tomaron créditos, etc., y extender los plazos, flexibilizar compromisos de pago (trabajando con el valor presente y futuro de la obligación), de tal suerte que nadie pierda paridad de poder adquisitivo (PPA), y que todos gocen del beneficio de trabajar para un estado de bienestar posible y no uno utópico.

En lo concerniente a las monedas, es  evidente que el ciclo del dólar como moneda de intercambio comercial internacional, ha llegado a su fin. Ya no puede el mundo mirar por TV las internas demócratas y republicanas, para saber que harán con la economía doméstica y por ende como afectarán, con sus decisiones políticas, soberanas por cierto, el nivel de paridad del dinero fiduciario que ellos emiten. Atendiendo el volumen de dólares que tienen atesorados todos los Bancos Centrales del mundo, advertimos que el proceso debería iniciarse con un entendimiento multipolar sobre el particular y con una meta de máxima, para concretar el cambio, supongamos que con límite en el año 2020, por ejemplo.

La nueva moneda, que podría emitir el Fondo Monetario Internacional, estaría vinculada a las divisas fuertes y sería canjeable en moneda local por medio de un cambio fijo. En la primera etapa y mientras dure el corrimiento de plazos de amortización de créditos pactado por el G-20, los países con excedentes comerciales favorables, estarían obligados a financiar a los países deficitarios, para inducir un ciclo de demanda mundial, de crecimiento sostenido (en una escala moderada); en esta etapa, el mismo FMI podría crear en su seno, un Instituto de Clearing Internacional, que podría canjear obligaciones, títulos, créditos, activos, etc.

Entendemos que un acuerdo como el que promovemos nos devolverá esperanzas y proyectará un futuro mejor, en un nivel de consumo, en un escalón por debajo que antes, pero en fase con los ciclos regenerativos que impone nuestro único hogar, el planeta TIERRA.

Nuevas políticas para nuevos tiempos

Deben de tener en cuenta los líderes mundiales, que el problema que tienen las economías desarrolladas acerca de la forma de producir y consumir desmedidamente, es un problema que en cierta medida viene de la idea de que el desarrollo y bienestar de un país se supone que está relacionado con el PIB, sin tener en cuenta otras consideraciones que influyen tanto más en el bienestar de las personas: es más importante cómo se reparte el PIB o cómo se usan los bienes o servicios que se producen que la cantidad de bienes y servicios producidos.

 

Los economistas con demasiada frecuencia, tienen la tentación de querer cuantificar todo, cuando en realidad estamos tratando de medir magnitudes cualitativas (el bienestar o desarrollo de un país) que no se miden en términos numéricos.

 

Si supiésemos valorar en su justa medida lo que se produce atendiendo a qué es lo más necesario, habría dos bienes que tendrían que estar defendidos prioritariamente: el aire que respiramos y el agua que bebemos.

 

Lamentablemente el desarrollo tecnológico ha hecho que demos prioridad a la producción de bienes en masa a costa de un deterioro del medio ambiente y la calidad del agua.

 

El bienestar de un país no se mide simplemente por el incremento del PIB.

 

Miquel Mascort

Ramón Fraile Duque

Eduardo Rebollada Casado

Rubén E. Bianco

José Luis Zunni



Etiquetas:   Economía   ·   Liderazgo   ·   Relaciones Internacionales

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