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El último coro de Bach


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16/11/2012


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Cuentan las biografías que Johann Sebastian Bach, al final de sus días y ya totalmente ciego a raíz de una fallida operación ocular, dictó a uno de sus hijos la que sería su última obra. Bach componía música cada semana para la misa dominical y, en vida, si bien ya conoció una gran fama, sus últimos años serían tristes y algo solitarios.


En su última noche, en su lecho de enfermo, después de dictar a su hijo las notas de una nueva obra coral, le dice que se titulará "En el momento de la mayor miseria", frase tomada del salmo catorce.

En ese momento, quien tras su muerte se transformaría en el gran Bach que la historia conoce, siente que su vida fue un desperdicio. Ha sido un pobre músico de una capilla marginal sin mayor relevancia, sin talento. Siente que su vida fue miserable.

Su hijo lo deja solo. Pero, durante la noche y sin tomar conciencia de que ya era muy reconocido, Bach se da cuenta que en realidad su vida ha sido plena, que si bien no es famoso, ni rico, ni talentoso, su aporte a la pequeña comunidad de fieles que pasó por su capilla durante años ya mereció toda la dedicación a su oficio. Puede estar conforme con la sencilla obra realizada en su vida. Como muchos grandes hombres, murió sin experimentar la fama que le llegaría tras su muerte.

A la mañana siguiente, al llegar su hijo, le dice que le cambiará el nombre a la canción y que le podrá "Ante tu trono me presento Señor" del salmo 51. El título fue totalmente premonitorio. Poco después moriría.

Una buena metáfora de lo que debe ser la vida de todo hombre. No son los logros humanos los que deben medir la calidad de nuestra existencia, sino lo que se entregó cada día a los demás. “Al final de nuestros días, se nos juzgará por el amor” dice San Juan de la Cruz. Cuánto amamos y no cuánto hicimos será la pregunta que se nos planteará en la eternidad. Las buenas obras tienen pleno sentido – no solo fe, sino obras - pero, si no hay amor, de nada sirven. “Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe” dice san Pablo.

Las obras si no van acompañadas de una profunda caridad, son cántaro vacío. Bach no pensó al final de sus días en la música que compuso a lo largo de su fecunda vida. Esa noche de desvelo contempló más bien a la gente a la que sirvió con su música; las personas que se acercaron a él y disfrutaron de su magia y sonido. Al final del día, actuamos y vivimos por otros. Los bienes materiales pasan. Los corazones son lo que importa.



Hugo Tagle

twitter: @hugotagle




Etiquetas:   Religión   ·   Cultura

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