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Apuntes sobre los sindicatos "de clase"


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15/11/2012

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Tras la jornada de huelga general del 14 N, parece un buen momento para analizar lo que son los denominados sindicatos «de clase» y su función como aglutinadores de los intereses de los «trabajadores de todas clases» y la «clase obrera» en particular. Sindicatos que en sus orígenes se formaron tras la desaparición de los gremios que reunían en el Antiguo Régimen a los trabajadores de un mismo sector económico, y que buscaban ante todo la mejora de las condiciones laborales de sus afiliados. Los sindicatos originarios, las trade unions que cita Marx en El Capital, no decían representar a la clase obrera en su conjunto, sino que buscaban la mejora de las condiciones laborales, adoptando acuerdos que sólo afectaban a los trabajadores de cada empresa particular, no al conjunto de la clase obrera.










No será hasta la irrupción del marxismo y del anarcosindicalismo, en el contexto de la Asociación Internacional de Trabajadores, cuando los sindicatos adquieran una coloración política destinada a conseguir el final del capitalismo, algo que sólo estaría en manos de la clase proletaria, clase universal a modo de remedo del metafísico Espíritu Absoluto hegeliano, y que una vez llegado el comunismo lograría acabar con la alienación del género humano (el «hombre nuevo», expresión que habría citado San Pablo a propósito del cristiano que ha recuperado a Dios). Como dice la estrofa del famoso himno proletario: «El género humano es la Internacional». En base a estas ideas, los sindicatos podrían ser una palanca más para operar el cambio revolucionario. Lenin lo señaló así en el contexto de la distinción entre lucha sindical o económica y lucha política: «La huelga general revolucionaria es la antesala de la revolución».









Sin embargo, con el triunfo de la revolución bolchevique y la instauración de la Unión Soviética, los sindicatos de clase se convirtieron en un elemento más del régimen comunista, convirtiéndose en funcionarios del estado para vertebrar a la nueva sociedad comunista. Algo que copiarían los fascismos y nacionalsocialismos de entreguerras con sus organizaciones sindicales, y que la socialdemocracia triunfante en Europa Occidental tras la Segunda Guerra Mundial usaría para domesticar a las organizaciones sindicales que amenazaban con extender la revolución: los sindicatos convertidos en «correas de transmisión» de los partidos socialdemócratas. En España, el nacionalsindicalismo de Falange fue domesticado a través del sindicato vertical, «vertical» no sólo por su dependencia directa del Movimiento Nacional que organizó Franco, sino también en el sentido de organizar todo un sector económico, desde la producción hasta la venta de bienes y servicios.









Así, con el final de la Guerra Fría y la disolución de la Unión Soviética, los sindicatos de clase habrían perdido prácticamente todo su significado, ya que la idea de una revolución universal ligada a un proletariado asimismo universal quedó como una mera reliquia: las sociedades capitalistas del bienestar ya no apostaban por aumentar la producción, sino por trasladarla a otros países donde fuese más barata la mano de obra. Las organizaciones sindicales quedarían como meras correas de transmisión de determinados partidos, incluyendo también a Comisiones Obreras y Unión General de Trabajadores en España, donde los sindicatos surgidos de una seudotransformación del Sindicato Vertical tras la Transición democrática, siguen creyendo que todos podemos vivir como funcionarios del Estado, igual que en el socialismo real. 









Pero lo cierto es que las condiciones laborales han cambiado enormemente, y la fabulación socialista de los sindicatos, que firman convenios colectivos que vinculan a toda la «clase obrera» perteneciente a un sector de la economía, sin distinguir entre grandes y pequeñas y medianas empresas, sigue inalterable. Todo ello sumado a la disminución de la carga de trabajo en las sociedades capitalistas desarrolladas, especialmente en España tras la reconversión industrial, nos ofrece un panorama en el que los sindicatos sólo defienden a quienes ya tienen trabajo, especialmente en el sector público (de hecho, la reciente huelga general se realizó contra los recortes, esto es, a favor de los trabajadores del sector público). Por lo tanto, los sindicatos no operan en ningún caso bajo la idea de una clase obrera sino de la defensa de determinados intereses sectoriales, y más aún desde la reciente reforma laboral que permite despedir trabajadores ignorando el convenio colectivo en determinadas circunstancias. Los sindicatos no han dejado de ser en realidad las trade unions que describió Marx en su día, y que en ningún caso constituyen organizaciones destinadas a la revolución universal o a defender los intereses de una inexistente clase obrera.





Etiquetas:   Economía   ·   Crisis Económica   ·   Sindicato

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