TAKE SHELTER: algo más que una cinta apocalíptica

"La única porción de fortuna es la felicidad familiar". Esta ilustrativa frase del pensador alemán Karl Marx es, quizá, la más acertada óptica desde la que observar ese complejo microcosmos de géneros, ese riada de significados, llamada Take Shelter (Jeff Nichols, 2011). Y es que este relato triunfador del circuito de festivales de cine independiente constituye, dentro de ese recurrente argumento de situar a un seno familiar frente a una situación límite que sólo podrán superar si permanecen unidos, una de las más bellas alegorías de la unión familiar que este cronista es capaz de recordar. A medio camino entre el relato sobrenatural, el thriller, el drama social e, incluso, el terror, esta pieza de orfebrería gira en torno a Curtis (Michael Shannon), un padre de familia aparentemente perfecto, casado y con una hija sorda de seis años. Su vida laboral, social y sentimental le sonríe hasta que, un día y sin motivo aparente, comienza a sufrir extrañas premoniciones. Las cuestiones, por tanto, parecen claras: ¿son reales estas visiones o, por el contrario, son síntoma de un trastorno mental hereditario? ¿Qué significan esas estampas entorno a las cuales giran las pesadillas de Curtis?

 

. Esta ilustrativa frase del pensador alemán Karl Marx es, quizá, la más acertada óptica desde la que observar ese complejo microcosmos de géneros, ese riada de significados, llamada Take Shelter (Jeff Nichols, 2011). Y es que este relato triunfador del circuito de festivales de cine independiente constituye, dentro de ese recurrente argumento de situar a un seno familiar frente a una situación límite que sólo podrán superar si permanecen unidos, una de las más bellas alegorías de la unión familiar que este cronista es capaz de recordar. A medio camino entre el relato sobrenatural, el thriller, el drama social e, incluso, el terror, esta pieza de orfebrería gira en torno a Curtis (Michael Shannon), un padre de familia aparentemente perfecto, casado y con una hija sorda de seis años. Su vida laboral, social y sentimental le sonríe hasta que, un día y sin motivo aparente, comienza a sufrir extrañas premoniciones. Las cuestiones, por tanto, parecen claras: ¿son reales estas visiones o, por el contrario, son síntoma de un trastorno mental hereditario? ¿Qué significan esas estampas entorno a las cuales giran las pesadillas de Curtis?
Este hombre corriente que, según avanza el metraje se va revelando como alguien menos paranoico de lo que se nos pinta en un principio, no es más que un rol con el que cualquiera puede identificarse: su máxima prioridad es proteger a su familia, a sus seres queridos, de una amenaza que parece inminente. Pero el personaje que encarna Shannon -actor que, dicho sea de paso, elabora una composición física y psicológica del mismo digna de Oscar-, no es más que un profeta; un visionario capaz de presagiar todos los males que están por venir, a pesar de que el resto del mundo le tache de perturbado. Porque Take Shelter, en el fondo, no es más que una gran metáfora de todas y cada una de las desgracias que laten en la sociedad actual; una sociedad lastrada no sólo por una de las más crisis económicas más agudas que se recuerden, sino también por una terrible falta de valores. Esos cielos ennegrecidos y esa madre aquejada de esquizofrenia no son más que trampas que usa el director ya que... ¿de verdad es tan importante que el protagonista esté loco o no? ¿O quizá lo que nos debería inquietar, tal y como le sucede a este padre de familia, es la explosión de esa implacable realidad social -camuflada aquí en forma de metáfora- que, en efecto, iba a sucederse independientemente del estado mental del mismo? Nichols mira de frente, con determinación y sin que le tiemble el pulso, lacras sociales tan vigentes como el desempleo, el cambio climático, la destrucción de la naturaleza o la escasez de los recursos naturales; problemas que siempre han gozado de más o menos protagonismo en nuestro entorno pero que, en los últimos tiempos, han adquirido proporciones épicas; tan épica como la simbólica nube gris que se ciñe sobre los protagonistas. Pero, ¿estamos preparados para sobrellevar esta época de inquietud social y existencial, esta nube que amenaza con arrastrar todo a su paso?

En lo referido al nivel técnico la producción es intachable. Aparte de resultar una admirable lección de fascinación visual -la fotografía, la puesta en escena, unos efectos especiales pocas veces vistos en el cine independiente, capaces por otra parte de disimular muy bien el bajo presupuesto de la película- y de su contagioso aroma de cine  apocalíptico, Take Shelter (título que viene a significar algo así como "resguardarse"), habla del miedo; de ese miedo que se apodera del ser humano ante una amenaza desconocida, incontrolada, ante la cual su propia raza sólo puede combatir con la que, según señala el propio director y también guionista, es la herramienta más eficaz: la comunicación. Y, muy especialmente, la que tiene lugar entre los miembros del clan familiar. Esta teoría sobra la que se apoya la cinta explica su afán de recreación en escenas como las del padre intentando aprender el lenguaje para sordomudos con el fin de entablar una conversación con su hija -no más sorda, por cierto, que una sociedad que se muestra reticente a escuchar sus verdaderos problemas-, que tarde tanto tiempo en confesarle a su esposa un problema tan significativo como su trastorno mental o, por último, secuencias -en este cargo  con más carga simbólica- como en la que la pareja protagonista tienen incluso temor a darse la mano... o, dicho de otra forma, de comunicarse incluso de manera no verbal. Quizá la única manera de superar sus problemas sea encerrarse en un refugio -de, por otra parte, resonancias bíblicas- y enfrentarse cara a cara a los que son, resumiendo, los dos leit-motivs de la cinta: la comunicación familiar y la falta de comunicación. Y, quién sabe, cuando salgan al exterior después de haber tenido el valor de abrir la puerta,  quizá nunca más sean los mismos.

Con una tensión en aumento a medida que avanza el metraje -tras un comienzo algo repetitivo y el alargamiento de alguna escena más de lo estrictamente necesario- y regalándonos también la frescura de una actriz tan formidable como Jessica Chastain (El árbol de la vida -Terrence Malick, 2011-), podemos dilucidar en Take Shelter varios finales diferentes -sin olvidar el verdadero... que hace que nos replanteemos milagrosamente todo el conjunto-, aunque todos parecen apuntar a la misma dirección ya marcada por el fabulista griego Esopo hace miles de años: "la unión nos hace tan fuertes... como débiles la desunión". 

UNETE



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