. Un día en el que fueron
pronunciadas estas bellas y valientes palabras ante los altares de aquel falso
ídolo al que ellos llamaban erróneamente, libertad.
Aquel
otoño de 1793 París se ahogó en la sangre de los más valerosos y eruditos
hombres de toda una generación. La guillotina, máquina mediante la cual los
revolucionarios habían impulsado el tiranicidio, estaba ahora en manos de aquel
pérfido hombre que había alimentado a la bestia atroz, hasta que ésta terminó
por devorar a su propio amo. Era el París del Terror jacobino. La muerte y la
sangre se extendían por las calles del París revolucionario y llamaba a las puertas
de los hombres y mujeres más peligrosos, aquellos que tenían la capacidad de
razonar. Una de las víctimas de este holocausto fue nuestra protagonista,
Marie-Jeanne Roland de la Platiere, conocida por todos como Madame Roland.
Madame Roland era una de esas personas que pudiendo llevar una vida
apacible deciden entregarla a una causa justa. Ya en sus años de juventud,
entregó toda su fuerza al estudio de las obras de los grandes pensadores
liberales: Montesquieu, Voltaire y, especialmente, Rousseau. Sus elocuentes
discursos y sus firmes principios atrajeron la atención del célebre pensador
girondino Jean Marie Roland, con el que contrajo matrimonio unos meses más
tarde. Juntos emprendieron la lucha, haciendo de la razón y la oratoria sus
principales armas contra los que defendían la opresión y la tiranía. La casa de
los Roland se convirtió en el salón al que acudían los principales adalides de
la revolución, aquellos que consiguieron instaurar la esperanza en el corazón
de todo un pueblo.
La
injusticia del Antiguo Régimen fue derribada, pero en su lugar se erigió otro monstruo
igual de cruel. Un sistema había caído, pero ahora otro debía ocupar su lugar.
Los
revolucionarios estaban divididos, unos optaron por entregar su talento y su
inteligencia a la causa revolucionaria otros, sencillamente entregaron su odio.
Madame Roland se contaba entre los primeros, sus captores, entre los segundos.
El
8 de noviembre de 1793 nuestra protagonista fue conducida por aquellas calles
de miseria y muerte hasta aquella plaza que tenía por nombre
"Revolución". Ante la estatua de la Libertad, corrompida por el
fanatismo y la violencia jacobina, exclamó aquellas grandes palabras que la
hicieron pasar a la posteridad: "¡Oh libertad!, ¡Cuántos crímenes se
cometen en tu nombre!".
Han
pasado más de dos siglos y la palabra libertad sigue siendo ensuciada y vejada
por aquellos que la violan diariamente, defendiendo un sistema que priva a los
más desfavorecidos de ésta. En su nombre se expolian viviendas, se esclavizan
pueblos y se prostituyen naciones. La falsa noción que los actuales opresores
difunden diariamente sirve para justificar la destrucción de todos aquellos
derechos que aseguraban esa aspiración universal y natural de los hombres que
otros si defendemos y por la que, al igual que Madame Roland, luchamos. Y todo
ello escudándose en esa palabra, hoy tan corrompida, en la que se amparan los
defensores del nuevo ídolo de la barbarie que tiene por nombre usura. En días
como éste y ante los que se escudan en la palabra libertad para defender el
libertinaje de mercado, toca exclamar una vez más: "¡Oh libertad!,
¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre!".