. Llevan
esa “cruz” en silencio y con toda la resignación que pueden, como aquel
San Manuel Bueno y Mártir de Unamuno, el cura que había perdido la fe y aún así
seguía ejerciendo por compasión a sus entregados fieles. Pudiera parecer que el
bálsamo reconfortante de la espiritualidad es el patrimonio de unos pocos
afortunados y que quienes no tenemos ese “don” o esa cualidad debemos sentirnos
condenados en el mejor de los casos a una vida vacía y sin sentido, o peor aún,
a una búsqueda agotadora de este remedio llamado fe que promete al menos una
vida consciente tras la muerte del cuerpo físico.
He de decir que aunque respeto
profundamente las ideas ajenas, no comparto esa opinión tan optimista y tan
defendida por los creyentes, sus líderes y quienes ansían llegar a tener
fe algún día. Es más, a riesgo de resultar poco convencional para algunos
lectores mantendré la posición de que la fe en un Dios bueno, autoritario o no,
pero que todo lo puede y al que tras la muerte accederemos para alcanzar una
vida eterna a su lado me parece perjudicial para la salud. Para la salud
mental, entiéndase, y muy específicamente en lo que concierne al suicidio, la
primera causa de muerte violenta en España y en buena parte del mundo,
sobrepasando incluso a las muertes por accidentes de tráfico y a los
homicidios.
El Budismo, una de las tres
grandes religiones de la Humanidad y quizá la más influyente por ser muy
anterior al Cristianismo y al Islamismo, no considera la existencia de una
deidad, es pues una religión no teísta, o un conjunto de normas éticas y
filosóficas, como opinan algunos, que ayudan a llevar una vida mejor, pero la
creencia budista en una vida terrenal después de la muerte, en una vuelta a
nacer en otro cuerpo a través de un ciclo de reencarnaciones asegura una
especie de “no muerte” tras el fin de la vida, de tal forma que el
suicidio es considerado por los budistas como algo absurdo a no ser que el
individuo haya cumplido con todos sus deseos y haya alcanzado ya toda la
sabiduría posible en la vida presente y quiera transmutarse en paz a otro ser.
Hay pues en el budismo suicidios bendecidos y es por esto que quizá las tasas
de suicidios entre los budistas son mayores que entre los cristianos. En el caso
de las religiones monoteístas, al tener una entidad autoritaria ante la cual
todos deben sumirse, les resulta más fácil condenar explícitamente el suicidio,
sabedoras de las tentaciones que provocan los paraísos que desde niños nos
prometen tras la muerte. Y no parece muy mala medida la de condenar el suicidio
si nos atenemos a las estadísticas que nos hablan de una mayor tasa de
suicidios entre ateos que entre creyentes (Bertolote y Fleischmann). Mi
respuesta crítica es que en muchas personas la creencia en un dios puede
no existir o ser secundaria pero la creencia en la otra vida no. Hay un sinfín
de ideas paganas referidas a la otra vida, popularizadas en series televisivas
y espectáculos de toda clase. Aún sin dioses, la creencia en un más alla después
de la muerte, en un mundo de espíritus que vagan por un mundo paralelo al
nuestro mantiene una fiel popularidad.
Las necesidades espirituales
forman parte de la idiosincrasia humana (Frankl, V. Assaglioli R, Jung, C). El
estremecimiento que nos provocan muchas experiencias vitales como las
catástrofes, las grandes desgracias, los fenómenos cósmicos, el milagro
cotidiano de la vida, el equilibrio de la naturaleza y muchas otras no es
patrimonio exclusivo de los creyentes, cualquier persona crea o no en un dios
superior puede experimentar esa constricción que nos hace sentirnos parte de un
todo, o un estremecimiento en la profundidad de su ser ante situaciones
especiales, sean dramáticas o no, en las cuales nos quedamos sin palabras. Se
trata de sentimientos que más que nuevos y propios de la madurez son muy
antiguos en la vida del individuo, antes de que supiéramos hablar, cuando
considerábamos al mundo y a nuestros padres como algo inexplicable y
sobredimensionado y nos sentíamos totalmente dependientes y en manos de ellos.
Este es el origen del sentimiento religioso.
Con grandes variaciones tanto en
la forma como en la intensidad, a partir de la mediana edad e incluso en
casos muy contados ya desde la adolescencia, unas inquietudes muy especiales
comienzan a hacerse evidentes en la personalidad de una buena parte de los
individuos y cobran fuerza como consecuencia de las experiencias acumuladas a
lo largo de la vida, de la influencia del grupo social de mayores y de la
desaparición paulatina del optimismo juvenil. Las cosas que antes no
tenían valor ya que estaban eclipsadas por los deseos más cercanos a la
animalidad, como el sexo, la comida y la pereza, a partir de cierta edad
adquieren un valor especial y se sacralizan, por así decirlo. El amor
desinteresado, la entrega sin condiciones, el compromiso firme con una causa
justa, la ideología, el aprecio por la vida en todas sus manifestaciones, el
sentido natural de la justicia, son valores éticos que nada tienen que ver con
la existencia de un Dios y mucho menos con la de una vida más allá de la
muerte. Aparecen en el mejor de los casos a partir de la adolescencia como
funciones mentales de índole superior al parecer propias del ser humano,
y cuyo origen se encuentra en las primeras relaciones que el recién
nacido mantiene con sus cuidadores. Existen no obstante muchas evidencias de
que en algunos animales pueden observarse determinados comportamientos
que nos hagan pensar en un cierto respeto aparentemente ritualizado de la
muerte, como les ocurre a los elefantes cuando ven y reconocen los restos de un
cadáver de su misma especie. (http://www.youtube.com/watch?v=D_-Tr63MMow).
Esta función de índole superior
que podemos llamar espiritualidad o sentido de la trascendencia es anterior a
todas las religiones y parece que tiene encomendada la misión de mantener
actitudes que concilien al grupo en sus disputas, que controlen la
competitividad de los más jóvenes y que sean motivo de identificación para las
nuevas generaciones a fin de mantener una reserva ética en la sociedad. Pero
quizá la más importante sea la de la preparación del individuo para la muerte:
desprenderse de lo que no es esencial, ceder poder, riquezas, salud y tiempo de
la vida a causas ajenas prepara una vejez feliz y es posible que una muerte si
no apetecida al menos aceptada, como me han revelado algunas personas mientras
pasaban por ese trance, sin que en ningún momento hayan creído en Dios ni en
ningún otro mundo.
La mayoría de la gente que he
conocido, aunque hayan adquirido a lo largo de sus vidas un compromiso ético
con la existencia mantienen serias dudas en la profundidad de sus convicciones
acerca de que exista otra vida. A pesar de que se declaren creyentes con
el fin de no ser expulsados de la comunidad donde fueron educados, muy pocas
personas afrontan el duro trance final en recatada y lúcida beatitud: Nadie se
quiere morir, o en la mayoría de los casos eso parece a primera vista. Pero lo
cierto es que las cifras de suicidios parecen contradecir esta afirmación, han
ido aumentando en los últimos años en nuestro país hasta lograr encabezar la
lista de fallecimientos por causas no naturales.
Así de cierto: ¡Las muertes
voluntarias suman más víctimas que los accidentes de tráfico!
Para la razón, las creencias
religiosas son meras fantasías que tratan de reforzarnos en una idea
determinada, suelen estar fomentadas por unos pocos para ganarse su pan,
mientras tratan de aliviar dolores ajenos y provocar esperanzas y por otros
muchos para tratar de convencerse a sí mismos convenciendo a los demás de
aquello que en el fondo no les parece posible y por lo tanto no consiguen creer
del todo, una estrategia común pero descaminada que nunca llega a producir el
reposo que pretende quien la ejecuta. A este respecto, un buen amigo me dijo
una vez que si creyera cierto que hay otra vida mejor después de esta se
suicidaría inmediatamente. Creer en otra vida es en mi opinión un arma cargada
y por tanto peligrosa y es por eso, para prevenir los efectos adversos de la fe
en un más allá, que las religiones que prometen una vida eterna prohíben el
suicidio, haciéndonos creer que estamos aquí para cumplir con lo que nos toca o
con lo que se nos manda.
Si nos paramos a pensar un poco
nadie puede asegurarnos de una manera seria de que exista otra vida salvo el
miedo que todos tenemos a desaparecer y a que desaparezcan nuestros seres
queridos. Un miedo que aparece en la infancia en el preciso momento en que nos
muestran la existencia de un dios que no vemos y la esperanza de una vida
humana tras la muerte. Pero a veces es verdad que no se tienen ganas de vivir.
Es probable que por una u otra causa lo largo de la vida las ganas de vivir
desaparezcan en algún que otro momento. Cuando las ganas de vivir desaparecen
hay tres cosas que nos sostienen en la vida: el miedo a dejar de existir, el
dolor por el propio proceso de la muerte y el daño que podamos infringirle a
nuestros seres queridos. Cuando todos estos pilares fallan, el suicidio se hace
más que probable.
El miedo a dejar de existir que
nos protege de la muerte, es el miedo existencial,(Heidegger) pero el
alivio que puede suponer pensar que muchos de nuestros seres queridos están en
“la otra parte” y que nosotros estaremos un día allí con ellos se puede pagar
muy caro ya que refuerza la idea de nuestra propia existencia mas allá de la
muerte y si esa idea se introduce con cierta pericia argumental en la mente
infantil en el momento justo en que el niño percibe la existencia de la muerte
como ya he comentado, la angustia existencial, la que nos provoca la conciencia
de que existimos en el tiempo y nos vamos a morir algún día no se
consolida de la mejor manera posible y el miedo a dejar de existir, uno de los
grandes motores de la vida, queda debilitado para siempre. He conocido a muchos
suicidas ateos pero no he conocido nunca un suicida que no creyera en la otra
vida.
Respecto del otro pilar básico que
nos ata al deseo de vivir, el sufrimiento por el trance de la muerte, me
resulta oportuno recordar a Thomas Szasz cuando argumentaba sobre la verdadera
causa de la prohibición de las drogas, muchas de las cuales tienen
la capacidad de producir una muerte dulce e indolora:
“Aunque un libre mercado de las
drogas no convertiría necesariamente a las personas en parásitos o en
criminales, si haría que les fuese fácil suicidarse”.
Thomas
Sazch. (Anagrama, 2001.Barcelona).
.
Las tasas de suicidio por
sobredosis de morfina eran espectaculares cuando se podía comprar sin receta en
la farmacia del barrio. La precipitación al vacio en las mujeres y el
ahorcamiento en los hombres cubre los primeros puestos de este nefasto ranking
actual, seguidas del consumo letal de fármacos. Resulta evidente que los
suicidas tratan de provocarse muertes rápidas e indoloras.
Las tasas de suicidio entre los
llamados enfermos mentales son muy altas, quizá demasiado altas
El tercer pilar que nos ata a la
vida cuando perdemos las ganas de vivir, el amor a los demás, el rechazo que
sentimos al provocar ese sufrimiento a nuestros seres queridos hace que
rechacemos también la opción del suicidio. La capacidad de amar a nuestros
semejantes se deteriora en la mayoría de los casos con la enfermedad mental.
Las cifras de suicidios en enfermos mentales son muy altas, las estadísticas
aseguran que tras casi todos los suicidios hay una enfermedad mental.
Quizá el rechazo que sentimos por los enfermos mentales sea en
parte debido a la distancia afectiva que marcan con nosotros y con el resto de
sus semejantes. Nos produce desagrado el egoísmo que lucen los neuróticos, los
depresivos, los delirantes, ya que como dice una amiga, somos adictos a las
sonrisas y nos resulta insultante que alguien desprecie aquello que tanto
valoramos. Que un enfermo mental no pueda dar afecto ni siquiera
busque recibirlo no quiere decir que no lo necesite. El afecto que sienten los
demás hacia nosotros nos ancla a la vida, seamos o no conscientes de nuestra
necesidad, es por esto que expresamos de un modo tan espontáneo nuestro afecto
con toda permisividad y con todo tipo de aspavientos a las personas que pasan
por alguna desgracia, sea del tipo que fuere. Muchos pacientes también se
alarman porque matan a sus seres queridos en sueños:
Si los sueños son deseos, ¿Qué
tipo de deseo es ese que llevo dentro que quiere que mueran mis padres? Se
preguntan.
Pues el deseo de tener una
oportunidad de mostrarles el afecto que desearías y que no te atreves a
mostrarles por el miedo a airear tus debilidades, a exponer tus sentimientos al
desprecio o a las risas de quienes amas. Un muerto no puede rechazar un beso,
ni reírse de nuestros sentimientos.
El mejor remedio para la angustia
existencial, para ese miedo natural que todos tenemos a dejar de existir, no es
la promesa de una vida eterna tatuada en el inconsciente tierno de un niño sino
el amor, incluso ese amor que sin apenas darnos cuenta recibimos de los demás a
través de los pequeños gestos de la vida cotidiana, en una mirada cómplice, en
la sonrisa oportuna, en la bondad natural de tantas personas que aún no siendo
ni bellas ni ricas ni siquiera importantes son capaces de enseñarnos con su
buen ejemplo, en aprender que vivir es otra cosa que satisfacer instintos, en
descubrir que debajo del mundo frío y rancio que hemos hecho, en las catacumbas
del alma de cada hombre y de cada mujer viven como prófugos de una cultura que
no les quiere, esos mismos afectos que en los momentos difíciles, cuando las
ganas de vivir faltan, nos aferran a la vida.
Salvador
Crossa Ramírez.
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