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Japón, mi lectura de los hechos


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29/04/2011


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MANUEL ORTIZ ESCÁMEZ


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TOKIO, JAPÓN.– Los sucesos del 11 de marzo de 2011 en Japón tienen diferentes lecturas. Por un lado está lo obvio: ocurrió un desastre natural incontrolable para los seres humanos; un terremoto de 9,0 grados en la escala de Richter y un tsunami que devastó la costa noreste del país. Por otra parte, se desató una crisis nuclear que muchos, entre ellos yo, se la atribuimos a la negligencia del gobierno japonés y la ambición de la industria nucleoeléctrica nipona.



Al respecto de la tragedia se han publicado una gran cantidad de artículos con diferentes enfoques; sobre las acciones del gobierno, de la sociedad civil, de la prensa local, de Tokyo Electric Power (Tepco, la compañía operadora de la planta nucleoeléctrica dañada en Fukushima) y de la comunidad internacional. Después de haber recorrido gran parte de la zona afectada, incluyendo la prefectura de Fukushima, así como poblados cercanos a las planta nuclear siniestrada, aquí mi lectura de los hechos; una más entre las muchas.

La primera impresión que uno tiene al llegar a los poblados golpeados por el tsunami en Iwate y Mayagi es surrealista y desoladora: barcos partidos a la mitad posados sobre los techos de las casas, autos aplastados como latas de refresco, árboles arrancados de raíz, retratos de familia enlodados en el suelo, algunas personas recolectando sus propiedades de entre los escombros, así como historias desgarradoras por todos lados. Pero aquí también sucede algo extraordinario: una impresionante labor humana –tanto de la sociedad civil como de las Fuerzas de Autodefensa (FA)– de rescate, reconstrucción y atención a las víctimas.



Jeff Kingston, director del Programa de Estudios Asiáticos en la Universidad de Temple, campus Tokio, me dijo en entrevista que uno de los aciertos del Primer Ministro Naoto Kan, fue desplazar de manera rápida y organizada a las FA; algo que, me comentó el experto en historia del Japón Carlos Uscanga, no hizo el gobierno del entonces Primer Ministro Tomoiichi Murayama en el terremoto de Kobe en 1995.

Pero lo que más me ha impactado, y de igual forma  a la mayoría de corresponsales con los que he conversado aquí, es la extraordinaria respuesta y solidaridad de la sociedad civil. Tengo que aclarar que antes de venir a Japón, tenía la hipótesis de que las víctimas de la crisis nuclear, afectadas o no por la radiación, padecerían exclusión social, como ocurrió con los sobrevivientes de las bombas atómicas en Hiroshima y Nagasaki; un tema que he abordado en el pasado. También se ha hablado de un supuesto rechazo de los japoneses a los extranjeros; recordemos que en 1995, Japón se negó a recibir ayuda del exterior. Pero esta vez no ha ocurrido así. Yo no he visto muestras de hostilidad de la sociedad, ni contra las víctimas de la tragedia, ni contra los extranjeros que hemos estado en la zona afectada o en Tokio.

He observado, sí, enojo de algunos japoneses con aquellos que, tras la crisis, abandonaron el país en lugar de ayudar de alguna manera. “Disfrutaban del país cuando todo estaba bien y ahora que se requiere la ayuda de todos ellos se van, no es justo”, me comentó una joven en Tokio. Desde mi punto de vista, quienes partieron para proteger su integridad estaban en todo su derecho. No obstante, este enojo no es un sentir generalizado ni se ha traducido en un mal trato a los extranjeros por parte de los afectados.

En mi experiencia, me ha sorprendido, y conmovido hondamente, que la gran mayoría de las personas con las que me cruzado, incluso algunas en condiciones verdaderamente devastadoras, y aún con las barreras del idioma, siempre se han mostrado dispuestas a contribuir con mi trabajo de reportero.

En cuanto a la sociedad civil, he visto que los albergues para damnificados (incluyendo los de Fukushima) se mantienen impecablemente limpios, organizados y con alimentos, gracias a una gran cantidad de voluntarios japoneses, provenientes de todo el país, que además realizan arduos trabajos de reconstrucción en edificios y casas en ruinas.  Ni a mí, ni a muchos de los corresponsales, nos queda duda: el pueblo japonés tiene un espíritu fuerte y extremadamente solidario, lo cual acelera la recuperación.

El lado oscuro de la tragedia está en la crisis nuclear. Por un lado, los reportes que Tepco le ha entregado al gobierno han sido tardíos y poco claros: no especifican cómo ni cuándo resolverán la fuga radioactiva. El gobierno, por su parte, ha fallado en mantener informada a la población, y ha hecho una pésima labor en la evacuación en las zonas de riesgo. Greenpeace ha reportado que hay poblados no evacuados,  como Iitate a 40 kilómetros de la planta nuclear Fukushima I, con altos niveles de radiación, lo que, según los expertos, ocasionará un incremento en los casos de cáncer.

Aunado, el caso de Fukushima reveló que la industria nucleoeléctrica en Japón está plagada de irregularidades (Proceso 1794). Ahora se sabe que la planta siniestrada no contaba con las medidas de seguridad necesarias, que el gobierno (muy posiblemente por corrupción) no hizo su labor de inspección, y que expertos como Katsuhito Ishibashi ya habían predicho el riesgo sin que nadie les hiciera caso. Ishibashi, por cierto, también ha señalado que se espera un terremoto que destruirá la planta nuclear de Hamaoka, localizada al centro del país. Resulta ridículo que en el país con las zonas más sísmicas del mundo, existan 54 plantas nucleares (Proceso 1797).

Hay un movimiento civil antinuclear que, si bien ha realizado protestas masivas, no es sólido ni logra crecer por tres razones: por un lado ni el gobierno japonés ni los medios locales le prestan atención, por otra parte, no hay en los japoneses una cultura de participación en movimientos sociales, y por último, y esto afecta el necesario alcance internacional, el mismo movimiento (integrado por diversas organizaciones) no hace los esfuerzos suficientes para brindarle información en inglés la prensa extranjera. No obstante, es esencial que este movimiento perdure, se reorganice y cuente con el apoyo internacional, porque de esto dependerá , en gran medida, el fin de las irregularidades en las plantas nucleoeléctricas. Sólo con organización social se podrá evitar otra tragedia nuclear, aquí o en cualquier otra parte del mundo.

¿Qué pasa con el  Primer Ministro Naoto Kan? Algunos medios, los cuales por cierto no tienen corresponsales en Japón, se han aventurado a decir que está a punto de salir. Los expertos en política nipona no los ven así. Kan ya era considerado un cadáver político antes del 11 de marzo pasado; su popularidad estaba por los suelos, su renuncia era cuestión de días.

No obstante, y resulta una paradoja, la tragedia lo resucitó. Y es que si bien hay encuestas que muestran el descontento por su torpe manejo de la crisis nuclear, y hay voces muy fuertes que exigen su renuncia, como la de Sadakazu Tanigaki, líder del opositor Partido Liberal Demócrata (PLD), o más beligerantes incluso, como las demandas de Ichiro Ozawa, un poderoso político –de negra reputación– dentro del mismo partido de Kan (Partido Democrático del Japón - PDJ), investigadores como Carlos Uscanga (Universidad Nacional Autónoma de México), Jeff Kingston (Universidad de Temple, campus Tokio), Shigeru Kochi (Universidad de Aoyama Daigakuin), coinciden en que de momento Kan no puede dejar el poder porque esto generaría un vacío político que afectaría la recuperación del país. A Kan le quedan pues, posiblemente unos meses o año y medio, en los que tendrá un mayor margen de maniobra para sus propuestas (como el incremento de los impuestos) del que tenía antes de la tragedia.

Pero con o sin Naoto Kan, los japoneses están hartos de los políticos y sus escándalos de corrupción. La esperanza no está puesta en ellos –ellos, lo mimo del PLD que del PDJ, quienes, a pesar de la tragedia, sólo piensan en arrebatarse el poder– sino en la misma participación civil.

Concluyo citando al catedrático norteamericano Donald Keene, experto en literatura japonesa, el cual dijo al periódico The Daily Yomiuri (24 de abril de 2011): “Seguramente Japón resucitará de la catástrofe para convertirse en un país más espléndido de lo que ya era antes”. Tras ser testigo del admirable comportamiento del pueblo japonés en medio de esta descomunal tragedia, yo no puedo más que estar totalmente de acuerdo con Keene.



Etiquetas:   Política

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