ARGO: la gran favorita de los próximos Oscar

Tras sorprender como director con sus dos primeros trabajos -The town (2010) y Adiós, pequeña, adiós (2007)-, Ben Affleck se lanza a producir, protagonizar y dirigir un proyecto tan arriesgado como Argo (2012). En primer lugar, merece la pena destacar la valentía del cineasta por tomar las riendas de un proyecto basado en unos hechos reales que conmocionaron a medio mundo a finales de la década de los 70 -fecha en la que seis diplomáticos estadounidenses fueron tomados como rehenes por un grupo de iraníes en Teherán-. A pesar de permitirse algunas licencias cinematográficas -sobre todo en un tramo final de alto voltaje-, Affleck demuestra máxima fidelidad por una historia que, a pesar de antojársenos irreal o estrafalaria, no sólo sucedió en verdad sino que, a día de hoy, sigue siendo un ejemplo perfecto de lo que debería ser la cooperación internacional entre Gobiernos. El exhaustivo trabajo de documentación que se puede intuir en la cinta está a la altura de un hecho de estas dimensiones; además de un contextualizador prólogo que bien podría funcionar como una magistral clase de historia, durante el resto de metraje se recurre a un buen puñado de textos escritos, documentales televisivos y material gráfico de todo tipo que enriquecen y clarifican el conjunto. 

 

. En primer lugar, merece la pena destacar la valentía del cineasta por tomar las riendas de un proyecto basado en unos hechos reales que conmocionaron a medio mundo a finales de la década de los 70 -fecha en la que seis diplomáticos estadounidenses fueron tomados como rehenes por un grupo de iraníes en Teherán-. A pesar de permitirse algunas licencias cinematográficas -sobre todo en un tramo final de alto voltaje-, Affleck demuestra máxima fidelidad por una historia que, a pesar de antojársenos irreal o estrafalaria, no sólo sucedió en verdad sino que, a día de hoy, sigue siendo un ejemplo perfecto de lo que debería ser la cooperación internacional entre Gobiernos. El exhaustivo trabajo de documentación que se puede intuir en la cinta está a la altura de un hecho de estas dimensiones; además de un contextualizador prólogo que bien podría funcionar como una magistral clase de historia, durante el resto de metraje se recurre a un buen puñado de textos escritos, documentales televisivos y material gráfico de todo tipo que enriquecen y clarifican el conjunto. 
El ganador del Oscar, junto con Matt Damon, por el guión de El indomable Will Hunting (Gus Van Sant, 1997), demuestra, además, una apreciable habilidad a la hora de la combinación de géneros, convirtiendo una película de fuertes connotaciones políticas en una ficción en la que todo tiene cabida: alegatos antibelicistas, cine dentro del cine, ingeniosos interludios cómicos, thriller en su máxima expresión, drama familiar, críticas a las entrañas de Hollywood... incluso un auténtico homenaje a las películas de ciencia ficción de los años 70-80 y, muy especialmente, a Star Wars... Aunque, en el fondo, uno se pregunta si no estamos ante una reflexión más madura (y necesaria) de lo habitual acerca de la violencia y, especialmente, hasta qué punto es necesario su uso a la hora de resolver conflictos internacionales. En este sentido, el agente de la CIA encargado de liberar a los rehenes (Affleck) ofrece el mensaje más esperanzador y lúcido del film, es decir, cómo la astucia y el ingenio pueden llegar a ser más eficaces y resolutivas que las propias armas. El director, quizá sin quererlo, llama en este sentido la reflexión a los ciudadanos... y a los Gobiernos. 

Narrada bajo unos acertados toques de efecto documental que contribuyen a que el espectador no olvide la base verídica de una historia que no se entiende cómo ha tardado tanto tiempo en ser llevada a la gran pantalla, la máxima pretensión de Argo es exponer los hechos tal y como sucedieron, razón por la cual en el tramo inicial se recurre a una mezcla de escenarios y fechas que, a pesar de ser necesarias, llegan a saturar al espectador. Pero, aunque el comienzo es algo titubeante -y donde a Affleck también se le va la mano con el uso de los primeros planos y con la técnica de la cámara al hombro-, la película comienza adquirir empaque con la irrupción en escena de un colosal Alan Arkin. El intérprete, que vio recompensada su larga trayectoria con el Oscar al mejor secundario por Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton & Valerie Faris, 2006) y que en esta ocasión se mete al público en el bolsillo desde el primer instante, es lo mejor de la película y protagoniza junto a John Goodman el duelo más corrosivo de la cinta. Aunque, en realidad, todo el elenco de secundarios (muy especialmente los rehenes), hacen un trabajo soberbio.

Con una impecable fotografía, elegante factura, un gran trabajo de montaje y una por una banda sonora que aporta una dimensión aún más profunda a un drama ya de por sí bastante trascendente, Argo es una cinta verdaderamente disfrutable que demuestra dos cosas: la madurez y el compromiso de Ben Affleck como director -faceta en la que se desenvuelve mejor que en la de actor, demasiado inexpresivo para mi gusto- y, también, hasta qué punto el cine puede resultar hipnótico, gracias a unos apoteósicos minutos finales puro sentido del espectáculo que, por convencionales, no resultan menos explosivos. Quizá se echa en falta que Affleck no indague más en la situación política y social en Irán o una mayor carga crítica contra el Gobierno estadounidense pero Argo, termina erigiéndose, no sólo como una de las películas más entretenidas de la historia del cine, sino como un eficaz ejemplo de cómo se puede abordar un capítulo esencial de la historia política de Estados Unidos sin caer en el morbo ni el amarillismo. Huele a Oscar. 

UNETE



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