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Paralelismos


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10/11/2012

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PARALELISMOS






Vicente Adelantado Soriano





Desde que las riquezas empezaron a convertirse en un honor y eran su séquito la gloria, el mando y el poder, empezó a perder fuerza la virtud, a ser tenida la pobreza como un oprobio y a considerarse la honradez como malevolencia.

Salustio, La conjuración de Catilina.1





Es verdaderamente interesante, en estos tristes años de nuestra historia, y con los políticos que nos asisten, leer la biografía de Mario escrita por Plutarco, seguida de las obras de Salustio, La conjuración de Catilina, y La guerra de Yugurta. Leyendo estas obras, si se abstraen las guerras, las penas de muerte, los azotes, las torturas y otras lindezas, propias de aquella época de bárbaros, nos podemos tropezar con una buena radiografía de nuestra penosa situación y de nuestra sofisticada y culta sociedad.

Muy a menudo, por no decir siempre, el hombre necesita tener el nombre y rango de un culpable, o el de quien encarna el cambio de una sociedad o de un tiempo dado. Y muy a menudo, sobre todo en las aulas, y durante un tiempo, se achacaba a Julio César el hundimiento de la República con todos sus positivos valores, y el inicio del Imperio con sus reprobables vicios. Por supuesto, la República, haciendo abstracción, representaba los buenos valores tradicionales de la vieja Roma, con la virtud en cabeza; y el Imperio era el inicio de la decadencia, pese a César Augusto y al exilio del pobre Ovidio, cosa que no hacía sino subrayar bien a las claras la corrupción del momento: se culpa a quien señala con el dedo, no al reo o asesino. Eso suponiendo que Ovidio fuera exiliado por escribir el famoso y “escandaloso” Ars amandi. Los otros motivos, si los hubo, parece que permanecen en la oscuridad.

Difícil y complicado resulta hacerle cargar con las culpas a una sola persona de todo aquello que acepta una sociedad entera sin ser sometida ni a presiones ni a coacciones de ningún tipo. O concederle el mérito de un descubrimiento a un solo científico, ignorando cuanto han ido avanzando los anteriores a él. Así para Salustio, lo mismo que para Plutarco, los males de Roma vienen de mucho antes de la llegada de Julio César al poder. Provienen de la ambición de los viejos reyes, de los deseos de conquista y de riqueza, en los cuales, cómo no, participan los súbditos, que codician el botín, la riquezas del enemigo.2 Y tal como suele ocurrir en las cosas humanas, de la opulencia nació la envidia.3 Y ya se sabe lo que la envidia trae consigo: traiciones, delaciones, falsos juramentos, hipocresía, malevolencia, crímenes...

Surgen estos vicios, al parecer, por la ausencia del miedo y la ruptura de la cohesión social. Ahora bien, y aquí nuestro autor se contradice, mientras hay enemigos exteriores, dice Salustio, hay virtud interior; y desaparecidos aquellos, se esfuma esta.4 El miedo al enemigo mantenía a la ciudad en la práctica del bien.5 Sin embargo, Yugurta, enemigo declarado y exterior, pone bien a las claras que es capaz, lo fue, de corromper a una parte considerable del senado para que tomen decisiones, incluso, en contra de sus conciudadanos y de la misma ciudad de Roma. No es el enemigo, pues, quien marca la falta de la vieja virtud patricia. Es la avaricia surgida de la opulencia, y de la que tan difícil resulta sustraerse. Si la prosperidad hace mella hasta en los espíritus de los sabios, ¡cómo se iban a moderar en la victoria aquellos hombres de costumbres corrompidas!6 Y el bueno de Salustio, en busca de la vieja virtud, da un consejo que, en ningún caso, es aplicable a las maravillosas obras que hicieron nuestros antepasados del medioevo: Cuando se han visto casas y villas construidas a manera de ciudades, merece la pena visitar los templos de los dioses que hicieron nuestros antepasados, hombres piadosísimos.7 A nosotros nos queda el gótico y el barroco para que seamos capaces de apreciar la grandeza de un dios, y de sus amados hijos que mandaron construir tamaños edificios. Tampoco se quedan atrás las mezquitas y sinagogas que todavía están en pie por la península. Eso sí, podemos mirar más hacia atrás y llegamos al románico, más austero, o a los cenobios excavados en la dura roca. Nada tiene que ver con ellos el deslumbrante Vaticano, cuya construcción fue la gota que colmó el vaso de la paciencia del agustino Lutero.

La ambición, pues, y el afán de lujo, parecen estar como telón de fondo de la corrupción, y de la pérdida de los valores clásicos, el de la virtud en primera instancia. Es posible que también influya en todo ello un deseo bien humano: la búsqueda de una vida mejor, más muelle y menos trabajosa. Y al respecto también es muy recomendable, y esclarecedor, leer las Geórgicas, de Virgilio. Es un libro precioso; pero si se piensa seriamente en lo que se canta en él, se distingue enseguida entre la literatura y la realidad. La vida campesina cantada por Virgilio es muy bella, una delicia; pero lleva aparejada un trabajo durísimo, casi de bestia de carga, y muy poco o nada reconocido. El agricultor, trabajando como un buey, apenas si tiene tiempo para cultivarse a sí mismo. Tal vez por eso siempre ha sido el zafio de las comedias, el hazmerreír de todos. El hombre de la ciudad, por el contrario, es el hombre culto, refinado, el hombre del otium, elegante, sofisticado, y que sabe defenderse en todos los órdenes de la vida. En todos menos en uno: es el burdo y el grosero quien le cultiva y le sirve los alimentos. No por ello deja de insultarlo y menospreciarlo.

No obstante, ni en La guerra de Yugurta, ni en La conjuración de Catilina aparece ningún agricultor. En ambas obras nos movemos entre nobles, que son los únicos que, caso de Catilina, podían atentar contra el poder establecido. El pueblo se vislumbra siempre como telón de fondo, o como personaje comparsa que el demagogo de turno mueve en uno u otro sentido. Aunque también puede volverse en contra suya o ir de su mano hacia su propia autodestrucción: El ocio y las riquezas, deseables en otro tiempo, se convirtieron en lastre y desgracia para quienes habían soportado fácilmente trabajos, peligros y situaciones dudosas y difíciles. Creció primero la avidez de dinero, después la de poder. Esa fue, por así decirlo, la fuente de todos los males. Pues la avaricia destruyó la lealtad, la honradez y las demás virtudes y en su lugar enseñó la soberbia, la crueldad, a desentenderse de los dioses y a considerar todo venal. La ambición forzó a muchos hombres a hacerse falsos, a tener una cosa guardada en el corazón y otra dispuesta en la boca, a estimar amistades y enemistades no por sí mismas sino por interés y a tener más hermoso el rostro que el espíritu.8

Algunas veces, inocentemente, a altas horas de la noche, cuando apenas si se oye algún ruido, y se está ocioso cuando no se duerme, se pregunta uno qué hace que una persona, hoy en día, se dedique a la política, teniendo en cuenta que en nuestro tiempo ya no hay nobles ni existe el cursus honorum. Está claro que un joven puede sentir atracción por las letras, y soñar con ser un excelente poeta; o un buen músico, si es la música lo que lo atrae; o tal vez descubrir los secretos del cosmos a través de la física... pero un político. ¿Qué hace que se dedique a tamaño oficio una persona normal y corriente? ¿Una idea obsesiva de patria, de gobierno? ¿El afán de hacer mejor a la República? ¿La fama, dado que los políticos, más que los cómicos, están a toda hora en la televisión y los medios de comunicación? Es una incógnita, desvelada de vez en cuando por algún que otro caso de corrupción, junto con la defensa numantina del cargo o sillón por parte del corrupto, y el socorro y los bastiones que ofrecen a este todos quienes son de su mismo partido o formación. Y esto vuelve a poner de manifiesto, como en la guerra de Yugurta, que, cuando hay prebendas de por medio, los conmilitones cierran filas para no perderlas. Aunque tengan que mentir e ir en contra de toda lógica. Lo hacen tan bien esto que nunca jamás se sonrojan. Nunca he visto a un político ruborizarse. ¿Dónde queda la idea de patria en casos así? Casos que, por desgracia, son el pan nuestro de cada día. El de la corrupción, la defensa del corrupto, y el que este vuelve a salir elegido, democráticamente, una y otra vez.

No recuerdo dónde leí, u oí, que los partidos políticos quieren mucho a su país, pero todavía se aman más a sí mismos. Anteponer ese cariño al de la patria ya encierra una injusticia en sí, pues para un miembro de un partido la verdad dependerá no de que esta lo sea sino de quien la ha proclamado. Es decir, dicha por el partido de la oposición la verdad se convierte en una falsa acusación o en una sandez, cuando no en una difamación. O dicho en otros términos: son los otros los corruptos; cuando acusan a los suyos se trata, como siempre, de una conspiración. Siempre son los otros quienes roban, mienten y estafan. Reconocer pecados y faltas puede suponer un fracaso en las urnas. Así el bien común, como ocurre en la mayoría de los asuntos, quedó supeditado a los intereses particulares.9 Para eso, como se comprenderá, no hace falta tener ninguna noción de patria o estado. Basta con saber a quién arrimarse.

Por supuesto los partidos políticos además de defensas numantinas tienen también eso que se llama disciplina de voto, que consiste en votar lo que dice el partido, que parece una entelequia, pero no lo es. Muy democrático ello. También el partido, cómo no, está por encima de las personas. Así que si alguien tiene ideas propias y se percata de los errores o las corrupciones de sus colegas, tiene que callar o marcharse; y si desea continuar se hace carne y sangre aquello que dijo Galdós por boca de Gabriel de cierta casa, preludio de la famosa de Bernarda Alba: Mienten los que aquí moran; mienten los que aquí vienen, y hasta yo he necesitado mentir para que me admitieran.10 Aun así resulta difícil admitir que nadie reconozca la realidad, su culpa, o que, en medio de tantas personas, no haya uno sensato u honesto. Ahora bien, también la ambición y las prebendas son capaces de cohesionar y silenciar a un grupo o partido político. No hay más que ver cómo se deshacen algunos de ellos cuando pierden las elecciones y no hay nada que repartir.

Y, desde luego, tan corrupto es aquel que se apropia de todo aquello que no le pertenece, o acepta sobornos, como quien pudiendo, y debiendo penalizarlo, no sólo no lo hace sino que, encima, y por miedo a perder las elecciones, lo defiende y ampara. Una de las terribles consecuencia de todo ello nos las señala el propio Salustio: Pero cuando la ciudad se corrompió con el lujo y el abandono, la república con su grandeza pudo resistir los vicios de sus generales y magistrados y como si se hubiese agotado en anteriores partos, no hubo en Roma durante mucho tiempo un hombre de gran valor.11

¿Cómo va a aparecer un hombre de gran valor si ni el valor ni la honestidad cotizan en bolsa? En Roma para dedicarse a la política había que ser noble o rico. Hoy, ignoro lo que hay que hacer para meterse en un partido político y medrar. Supongo que lo mismo que en todos los sitios: llevarle el café a quien tiene el poder, y estar al lado de quien puede dar cargos y prebendas. Ya lo dice el refrán: dime con quién vas y direte quién eres. Los mediocres se juntan con los mediocres, y así vamos todos. A veces es tanta la mediocridad, la falta de ideas, proyectos y planes, que da la impresión de hallarnos inmersos en plena guerra de Yugurta: nada se hacía siguiendo un plan ni la orden recibida, el azar lo gobernaba todo.12

Algo similar sucede en estos tiempos de zozobra y desazón: políticos sin ideas legislan según suceden las cosas, o prohíben esto o aquello en razón de lo que acontece en la rúa, y por miedo a perder votos. Pura demagogia, pues quieren prohibir lo que ellos mismos han permitido y siguen permitiendo, escusándose en necedades mil. Llama la atención que diciéndolas no se sonrojen. Quizás porque lo han ensayado mucho ante el espejo.

No hay ningún plan: el azar, las bengalas, las muertes o los asesinatos y la palabrería vana lo presiden todo. Y por encima de todo está el dinero, los cargos y las prebendas. Y su defensa.

Aquí se han ido dictando leyes conforme se ha ido asesinando así o de la otra manera, tal vez porque los políticos están muy ocupados en otros menesteres. Tal vez en defenderse o en insultar, cómo no, a aquellos que no comulgan con sus ideas o se atreven a llevarles la contraria. Bien es verdad, como dijo alguien, que hoy en día en más fácil oír los baladros de un “cantante” que una sinfonía de Mozart. Y es más fácil oír sandeces, tanto de políticos como de voceras, que un razonamiento justo y ponderado. Eso sin olvidar que con tanto recorte y pérdida de privilegios, con tanto privatizar los bienes comunes, y tanta transparencia que no responde de los gastos de sus señorías, ni de otras muchas cosas, se está actuando como si ejercer el poder consistiese precisamente en hacer injusticias13. ¿Cuánto dinero público, al fin y al cabo, se ha desviado para hacer hospitales privados o para rescatar a bancos? Casi es mejor que los políticos no expliquen nada: oírlos es oír la perversión del lenguaje: hablar para no decir nada o soltar verdaderas necedades como que hay que pagar, hasta dos y tres veces la misma cosa, para que siga siendo gratuita. ¿Cómo no va a estar la clase política, que no ha perdido ni uno de sus privilegios, totalmente desacreditada? Y que quede ahí la cosa. Porque sabido es que dicen blanco y hacen negro; predican una cosa y hacen la contraria en tanto nos distraen con malabarismos mil para seguir ocupando el muelle sillón.

Los romanos que dictaban una ley y la contradecían tenían la grandeza y la valentía de suicidarse. Como los tiempos cambian que es una barbaridad no vamos a pedir lo mismo, aunque si no suicidios tal vez alguna dimisión de vez en cuando no estaría mal a fin de demostrar cierta honradez. Eso, sabido es, es pedir peras al olmo. Aquí nadie es culpable de nada; nadie dimite. Y todo sigue como siempre, es decir yendo a peor.

Con esta política descabellada ya nos quedan pocas cosas que perder, muy pocas. Habrá que considerar la improbable posibilidad de volver al campo de la mano de Virgilio, desconfiando de cuanto digan o dejen de decir políticos y partidos. A quien más y a quien menos le ha sucedido lo mismo que a Gabriel Araceli en aquella famosa casa: Me ahogo y deseo huir de este sitio. Veo aquí mis misterios, y sobre todos mis sentimientos domina uno, que es el más antipático y desagradable de todos: la desconfianza.14

Sí, es tal la desconfianza y desazón que parece que hasta los dioses inmortales nos han abandonado.

1Todas las citas, tanto de La conjura de Catilina como de La guerra de Yugurta están tomadas de la traducción de Mercedes Montero Montero, en Alianza Editorial, Libro de bolsillo, 1.361. Madrid, 1988



2Salustio, Conjuración de Catilina, cap. V y ss.



3Salustio, Conjuración de Catilina, cap. VI



4Salustio, Conjuración de Catilina, cap. X



5Salustio, Guerra de Yugurta, cap. XLI



6Salustio, Conjuración de Catilina, cap. XI



7Salustio, Conjuración de Catilina, cap. XII



8Salustio, Conjuración de Catilina, cap. X



9Salustio, Guerra de Yugurta, cap.XXV



10Benito Pérez Galdós, Cádiz, cap. XI



11Salustio, Conjuración de Catilina, cap. LIII



12Salustio, Guerra de Yugurta, cap. LI



13Salustio, Conjuración de Catilina, cap. XII



14Benito Pérez Galdós, Cádiz, cap. XI





Etiquetas:   Partidos Políticos

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