EL AMIGO DE MI HERMANA: la comedia perfecta

Son tan pocos las películas perfectas que nos regala el cine que, cuando esto ocurre, no cabe sino celebrarlo. Si además esta producciones, redondas hasta el punto de que no cambiaríamos ni un ápice su diseño, nacen en el seno de la comedia romántica, el motivo de satisfacción es doble. El amigo de mi hermana (Lynn Shelton, 2011) es uno de estos títulos. La directora filma, con determinación y creyendo firmemente en su sólida propuesta, una película se desmarca por completo de los típicos cánones de la comedia romántica USA que, salvo en contadas ocasiones, tanto daño ha hecho al buen cine. El nuevo largo de una de las directoras más a tener en cuenta de los últimos años es un relato sincero, pulcro y honesto que, como los mejores clásicos instantáneos, perdurará en el tiempo. Y lo hará gracias a que, por encima de cualquier otro aspecto, está respaldada por una buena historia en la que, junto con algunos de los gags más divertidos que el que esto firma es capaz de recordar, se conjugan soledades, frustraciones, miedos y desesperanzas. Al final, lo que queda no es una comedia romántica al uso, sino un proyecto al que Shelton se empeña, originalidad aplastante mediante, dar una vuelta de tuerca a un género agonizante introduciendo un fondo dramático y reflexivo al que no estamos acostumbrados. 

 

. Si además esta producciones, redondas hasta el punto de que no cambiaríamos ni un ápice su diseño, nacen en el seno de la comedia romántica, el motivo de satisfacción es doble. El amigo de mi hermana (Lynn Shelton, 2011) es uno de estos títulos. La directora filma, con determinación y creyendo firmemente en su sólida propuesta, una película se desmarca por completo de los típicos cánones de la comedia romántica USA que, salvo en contadas ocasiones, tanto daño ha hecho al buen cine. El nuevo largo de una de las directoras más a tener en cuenta de los últimos años es un relato sincero, pulcro y honesto que, como los mejores clásicos instantáneos, perdurará en el tiempo. Y lo hará gracias a que, por encima de cualquier otro aspecto, está respaldada por una buena historia en la que, junto con algunos de los gags más divertidos que el que esto firma es capaz de recordar, se conjugan soledades, frustraciones, miedos y desesperanzas. Al final, lo que queda no es una comedia romántica al uso, sino un proyecto al que Shelton se empeña, originalidad aplastante mediante, dar una vuelta de tuerca a un género agonizante introduciendo un fondo dramático y reflexivo al que no estamos acostumbrados. 
La película arranca cuando Iris (Emily Blunt), entrega a su amigo Jack (Marck Duplass) las llaves de su casa de campo para que, al refugiarse en su soledad, logre superar la muerte de su hermano. Sin embargo, al llegar a su destino se topará con Hannah (Rosemarie DeWitt), la hermana de Iris, que ha acudido al mismo lugar a superar sus propios problemas... A partir de aquí los inesperados giros de guión, las sutilezas narrativas y las confesiones inesperadas se irán sucediendo en una película alérgica a los tiempos muertos en la que todo momento es patente no sólo la exhaustiva reformulación de la comedia romántica al uso, sino la capacidad de Shelton a la hora de exprimir cada uno de sus depuradísimos 90 minutos con la insólita madurez de quien se sabe -o debería saberse- una de las máximas dignificadoras no sólo del cine romántico, sino también de aquel que explora los diferentes vínculos emocionales, como ya demostró en su anterior Humpday (2009), la película que catapultó a Shelton al paraíso indie al ser galardonada por el Premio Especial del Jurado. Si, en aquella, el foco de atención de la realizadora era la amistad, en esta ocasión se centra más en el vínculo entre hermanos (y donde la contundente frase de Jack a Iris "Nunca entenderás tan bien como el vínculo que te une a tu  hermana" en uno de los momentos álgidos de la función, quizá sea más nítido exponente de este hecho).

Firmemente anclado dentro del género indie -donde ha arrasado en el circuito de festivales internacionales, como Sundance o Gotham-, esta proyecto minimalista y más amargo de lo que parece bien podría sostenerse tan sólo por sus divertidísimos y tronchantes diálogos y, por supuesto, por un trío protagonista responsable de llevar sobre sus hombres todo el tinglado argumental. Los personajes a los que interpretan, alejados del tópico, desbordantes de humanidad y con los que consiguen transmitir los tan fuertes vínculos emocionales que les unen, son de los que traspasan la pantalla; los tres inician, desde el minuto uno, un camino hacia la madurez -donde quizá el viaje en bicicleta no sea más que una metáfora del propio e irreversible viaje interior del protagonista, eje sobre el que verla la trama- y hacia un cierto asentamiento. El extraordinario perfil y lo bien dibujados que están Iris, Jack y Hannah logra que conectemos con ellos y, por consiguiente, con sus conversaciones sobre temas más o menos banales. Porque, ante todo, El amigo de mi hermana es una película de diálogos, algunos afilados y otros no tanto, pero donde cada línea de guión está milimétricamente pensada y orientada a la conclusión final: cada uno de estos tres roles es, en ocasiones, tan inmaduro como cada uno de nosotros mismos. 

De corte intimista -de ahí que la mayoría de escenas esté rodadas en interiores y que se desprenda del conjunto un cierto aire teatral que, lejos de ser un obstáculo, juega a su favor-, bien planteada, mejor desarrollada y genialmente resuelta, lo cierto es que Shelton firma un proyecto que cala hondo en la conciencia del espectador gracias a aspectos como su agradable carisma y al propio entorno donde se desarrolla la acción; un paisaje de ensueño que funciona como un protagonista más de la narración y al que la directora recurre meterse, más si cabe, al público en su bolsillo; un público que cuando llega al final del viaje comprueba que se ha divertido, se ha olvidado de sus problemas y que, además, le gustaría vivir en esta ficción de protagonistas tan imperfectos como creíbles. Pero también se ha emocionado con esta exploración de sentimientos humanos, su mensaje final de esperanza o, por qué no, porque ha comprendido a medida que prospera el metraje, que la obra funcione simple y llanamente como un auténtico retrato generacional, un alegato a favor del amor familiar o, en última instancia, como un espejo de nuestra sociedad actual -donde muchas veces no valoramos lo que tenemos- que como una cinta romántica más. Aunque quizá -¡sorpresa!- no sea más que un conjunto de todo. ¿Es o no motivo de celebración?

UNETE



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