El espanto de la palabra aborto

Aborto es una palabra realmente espantosa. Alude en casi cualquier mención a una escena sangrienta y deleznable, y casi nunca sugiere lo que el diccionario dice que es: “Interrupción del embarazo por causas naturales o deliberadamente provocadas…”. Piense en vómito,  en descuartizamiento, en guerra, en globo, en relax:  son solo palabras, es decir, una serie de letras ordenadas de forma arbitraria que han sido dotadas con el poder de crear imágenes que causan instantáneas sensaciones y sentimientos.

 

. Alude en casi cualquier mención a una escena sangrienta y deleznable, y casi nunca sugiere lo que el diccionario dice que es: “Interrupción del embarazo por causas naturales o deliberadamente provocadas…”. Piense en vómito,  en descuartizamiento, en guerra, en globo, en relax:  son solo palabras, es decir, una serie de letras ordenadas de forma arbitraria que han sido dotadas con el poder de crear imágenes que causan instantáneas sensaciones y sentimientos.
Bajo esta premisa se comprende el uso persistente de la palabra aborto por parte de quienes lo condenan, no así por quienes lo defienden.  Vuelva a pensar en vómito.  Así como esta palabra recrea de forma inmediata una imagen precisa, desagradable, indeseable, asquerosa, aborto dispara una cantidad de contenidos de los que nadie, en su sano juicio, quiere o quisiera sentirse testigo ni cómplice.  Se trata de un vocablo demasiado denso que utilizan con inteligencia los detractores del acto para impedir que quienes no tienen una posición firme sobre el tema descubran perspectivas diferentes sobre lo que implica.

Es una insensatez pedirle a las personas de a pie que cuestionen o acepten un acto cuya designación les inspira asco inmediato. También lo es apelar a su razón para que piensen en los derechos de la madre, de la mujer que no quiere serlo (por las razones que sea), cuando la palabra aborto se mantiene recargada con la imagen de la criatura inocente sometida a la perversidad de esa mujer caprichosa.

Es un disparate pretender que las mentalidades cambien sin que nada cambie antes. De allí que se requiera una acción distinta y fundamental en el territorio donde todo comienza para el mundo civilizado: el lenguaje. Si se pretende que las personas se den una oportunidad para asomarse a otra perspectiva de la realidad, es preciso empezar a nombrarla de otra manera o, por lo menos, de una manera más ajustada. Eso no quiere decir que el aborto deje de ser lo que es, “interrupción del embarazo por causas naturales o deliberadamente provocadas…”, pero sí puede contribuir a evaluar la situación con una aproximación libre de referencias lamentables.

Decir aborto hasta hoy implica una mujer que ninguna quiere ser, una criminal. Es un vocablo que la religión ha potenciado de forma exponencial: equivale a atrocidad, a pecado, a situación susceptible de castigo y condena, a imperdonable.  Todos, términos derivados del imaginario religioso que, de paso, nunca ha exaltado la figura femenina, ni su valor individual, ni su poder.  En nuestras naciones, que son laicas según el papel, el verbo eclesial conserva y aprovecha su influencia sobre la discusión de temas que son de índole jurídico y constitucional.

Mientras el debate continúe en torno al eje que fija la palabra aborto se mantendrán las referencias a la misma realidad descrita durante siglos a partir de la imaginería religiosa. Mientras el foco se mantenga allí se va a demorar más aún que las personas puedan ver la foto completa de la circunstancia: la imagen que incluye la incuestionable voluntad personal, que exige sanciones severas contra el delito de violación sexual, que materializa una educación sexual temprana y fomenta los métodos anticonceptivos;  que prepara al sistema de salud para cumplir con su función en sentido pleno, despojado de prerrogativas que nada tienen que ver con su desempeño; que reconoce a la mujer como la única cuya vida se altera (física, emocional, profesionalmente) en este caso y, por tanto, reivindica su derecho a decidir. 

Este tema no constituye un asunto puntual, sino que abarca un universo expandido sobre diversidad de asuntos que importan y definen a la sociedad en general y que resultan simplificados, de manera injusta, con el solo uso de la palabra aborto.  Ese término deja por fuera la complejidad de las relaciones de poder derivadas de la mentalidad patriarcal, de la corresponsabilidad en la crianza, de la obligación estatal de proteger y respetar por igual los derechos de cada persona; en resumen, verbalizar esa palabra interrumpe el proceso en que las sociedades pasan a asumir la responsabilidad sobre su funcionamiento y abandonan el vago e inútil hábito de culpar al destino de sus infortunios.  Haga el ejercicio; vuelva a leer este texto y reemplace cada palabra aborto por "interrupción del embarazo" o cualquiera otra que aluda al acto pero que esté libre de toxicidad conceptual y de peso histórico. Si nada concreto viene a su mente, entonces ha comenzado el proceso.

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales