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Hombres y Animales


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04/11/2012

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«Me siento invadido de temor y ardor. De temor, en cuanto soy desemejante a él. De ardor, en cuanto soy semejante a él». Así se expresaba San Agustín en sus Confesiones acerca de los animales, esos seres que nos enardecen y nos aterran por su similitud con los hombres. Se diría que la Historia de la Filosofía podría escribirse como la historia de las relaciones entre hombres y animales, y en general la propia historia de la especie humana. Ya Aristóteles señaló que, en tanto que cada sustancia del mundo sublunar es perfecta en sí misma y tiene que desarrollar su propia finalidad, dentro del mundo de la Física existen determinadas sustancias que tienen el principio de su movimiento en sí mismas: los seres vivientes tienen como finalidad el desarrollar su actividad vital, y el principio de su movimiento lo denomina alma (de hecho, animal proviene del latín anima). Por lo tanto, existe una cierta similitud entre los distintos vivientes, ya sean vegetales,  animales y el propio hombre: tanto hombres como animales se caracterizan frente a los vegetales por poseer  alma sensitiva (vida psíquica, diríamos), diferenciándose los hombres por su alma racional (de ahí la definición aristotélica de «animal racional»). Las sustancias vivientes evidenciarían lo que los escolásticos denominaron más tarde como una «evolución ideal» que conduce al ser necesario de la Quinta Vía de Santo Tomás de Aquino, Dios, algo que aún mantendrá Kant en su Crítica del Juicio.




 

Sin embargo, el propio San Agustín que había acuñado tan feliz frase, había negado que los animales fueran seres equiparables a los hombres en su actividad vital. En su diálogo De la cantidad del alma señaló el ejemplo de un gusano cuyas secciones troceadas se moverían de forma independiente, prueba de que sus movimientos serían propios de un autómata y no de un ser vivo. El hombre, espíritu puro que recibe la Gracia santificante, es para San Agustín el único ser dotado de facultades intelectuales y por lo tanto de vida, frente a los maquinales animales, cuya perfección de formas y movimientos es obra de Dios, el supremo artífice. La idea mecanicista agustiniana fue recuperada sorprendentemente por biológos del siglo XIX como Jacob Loeb, quien señaló lo mismo de los insectos, a los que una vez que se les desposeía de sus antenas receptoras se movían igual que las plantas, en tropismos y taxias, buscando la luz del sol. 

 

Autores inspirados por esa idea mecanicista de San Agustín sobre los animales hubo muchos: no sólo Descartes, sino antes de él el español Gómez Pereira, quien en su Antoniana Margarita (1554) señaló que, siendo el hombre un espíritu puro, deudor de la Gracia divina, el animal que tanto parecía asemejársele tendría que ser en realidad un mero mecanismo dirigido por Dios. El propio Pereira señalaba un argumento de hecho muy contundente: si los animales fueran iguales que nosotros, seríamos tremendamente crueles con ellos, pues les mutilamos en espectáculos taurinos y les sometemos a crueles esfuerzos una vez los tenemos sometidos a nuestro dominio.  



Claro que idéntico razonamiento podrían esgrimir los propietarios de esclavos y los nazis alemanes (inspirados por el agustinismo luterano que se transmite a través de Hegel y Nietzsche) cuando llevaban a los judíos a las cámaras de gas: los damnificados por estas situaciones serían en realidad infrahombres, alejados de la dignidad de quienes sí lo son y por lo tanto sometidos al dominio de éstos. Otros, como el Padre Feijoo, dirán que los animales son también racionales y que la Gracia santificante señalada por San Agustín únicamente sitúa en un plano superior al hombre, pero sin excluir a los animales de entre los seres racionales. De hecho, señaló en 1729 que existe una «Racionalidad de los brutos» en menor grado que la humana.

 

Sin embargo, ya con Buffon y Lamarck durante el siglo XVIII se habría acuñado la idea de que el ambiente puede transformar a los seres vivientes y la «evolución ideal» de la tradición cristiana y basada en el árbol predicamental de Porfirio, fijista, se habría convertido en un transformismo con El origen de las especies de Darwin, que recuperaría la idea de los animales como seres semejantes a los hombres en su sentimiento (en su vida psíquica). Pero ahora la finalidad subjetiva atribuida a Dios es sustituida por una finalidad objetiva, de la filogénesis, donde las distintas especies animales surgen por transformaciones sucesivas unas de otras; de tal modo que los defensores del Proyecto Gran Simio que buscan equiparar en derechos a los monos antropomorfos con el hombre simplemente buscarían reconciliarnos con nuestros «primos hermanos» en expresión del etólogo Roger Fouts. En cualquier caso, la Biología no habría hecho más que ponernos de manifiesto, con mayor precisión eso sí, la realidad señalada por San Agustín de unos seres que nos horrorizan y nos enardecen, los animales. 



Etiquetas:   Biología   ·   Filosofía   ·   Comportamiento Social

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