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Síndrome del Pato Cojo


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02/11/2012

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El síndrome del pato cojo es la pérdida de apoyo que los gobiernos alcanzan de sus propios partidos y su electorado  en su última fase, lo cual deriva en que los políticos más cercanos al gobierno empiezan a operar en función de su campaña, más en conformidad con las expectativas de gobierno futuras que con las tareas del gobierno actual. 





En las encuestas y en las votaciones municipales la Alianza mantiene ese tercio histórico que siempre tuvo la derecha. La Concertación no ha logrado liderar la oposición y ha quedado en todas las encuestas con una adhesión más baja que la coalición gobernante. Si hubo un 60% de abstención en las elecciones municipales del 28 de octubre, la gran interrogante es cómo encantar a ese universo disperso que ha quedado como dato, pero sin conocerse quienes integran la abstención. Por lo tanto, un gran trabajo de indagación y segmentación deberán realizar quienes apunten a conquistar ese público. Cuáles son los motivos de su no participación. ¿Indiferencia y flojera? ¿Ignorancia cívica? ¿Desencanto con el sistema?  ¿Rebeldía, ansiedad,  indignación? ¿Todas las anteriores?



De acuerdo a los resultados y tendencias de las recientes elecciones, el  binominalismo comienza a caer por su propio peso, las terceras posiciones de los progresistas, los regionalistas, los independientes, empiezan a conquistar espacios. También se advierte una mayor desideologización de la ciudadanía, con importantes sectores que ya no se alinean por ideario histórico sino por el conocimiento que han adquirido del comportamiento de los representantes populares y las autoridades. En este sentido, el voto ha sido herramienta de repudio y castigo a personajes que han tenido comportamientos impropios, pero que pretendían recuperar poder a través del clientelismo. Se percibe en el voto municipal un sesgo ciudadano diferente, donde ya no existe el voto duro ideológico e importan mucho más las conductas, el cumplimiento de promesas, la gestión participativa.





El síndrome del pato cojo es la pérdida de apoyo que los gobiernos alcanzan de sus propios partidos y su electorado  en su última fase, lo cual deriva en que los políticos más cercanos al gobierno empiezan a operar en función de su campaña, más en conformidad con las expectativas de gobierno futuras que con las tareas del gobierno actual. 





Se ha comprobado el sentido perverso que tiene un período presidencial de sólo 4 años, sin reelección, ya que el país vive en elecciones permanentes, que no dejan tranquilidad ni tiempo real para gobernar y aplicar mínimamente un programa político. Con 6 años, como era antes, se podía ejecutar políticas públicas, sin tener que estar testeando popularidad a cada rato, dedicándose la máxima autoridad a gobernar, a tratar los asuntos de Estado, y no vivir en la cuerda floja de las percepciones que reflejan las encuestas y que muchas veces son malas muestras que tratan, en su negocio, de levantarse como certeras. Se necesita Presidente y Ministros de tiempo completo, abocados a ejecutar el plan por el cual se les eligió, sin esta presión de un período estrecho que deja cualquier obra en etapa de formulación, con el riesgo de que quede en la nada al llegar un gobierno distinto. Este drama debe ser resuelto y es un tema crucial del ordenamiento institucional republicano.





El síndrome del pato cojo implica que el Presidente titular y la coalición de gobierno dejan de preocuparse de la obra y legado del actual Presidente, para pasar a la contienda electoral anticipada, colocando todas las energías en levantar y promover al delfín, el candidato heredero, obligando a que el Presidente en ejercicio deba dar un discreto paso al costado desde el punto de vista comunicacional, para que sea su candidato el que robe cámaras y logre potenciar su presencia pública.





Revertir la sociedad mediática a una sociedad de cuño republicano, exigirá cambiar los estilos faranduleros que ha tenido la política en los últimos 24 años. Volver a gobiernos de derecha al estilo de un Jorge Alessandri  o de centro izquierda  al estilo de Pedro Aguirre Cerda, sería recuperar estilos austeros en donde el Jefe de Estado no vivía en función de la coyuntura electoral, sino de la gestión eficaz del programa comprometido con el electorado en su campaña. Cadena nacional obligatoria cuando había  algo trascendente que comunicar al pueblo,  era la forma de preservar al gobernante,  dejándole el deber de conducir al país, sin arriesgar el desgaste mediático que significa querer estar en pantalla todos los días, de manera obsesiva.





Gobernar hasta el último día es un eslogan. Lo real es que la gran pesadilla de todo gobierno, porque estampa su fracaso en la historia, es tener que entregar el mando a un sucesor opositor. Es el juego de la alternancia democrática, pero, sin dudas, duele y mucho.



Periodismo Independiente, 2 de noviembre de 2012.

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Etiquetas:   Ciudadanía   ·   Política   ·   Democracia   ·   Sociedad

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