. Y cuando hablamos de competitividad sale a relucir uno
de los grandes temas pendientes para el fortalecimiento de los países
latinoamericanos. Mientras los países desarrollados hacen gala de su eficiencia
de gestión, el ambiente de negocios favorable, la calidad educativa y la
innovación, la productividad y el aprovechamiento estratégico de sus ventajas
comparativas, en América Latina mantenemos estándares bajos de competitividad,
mucha informalidad y poca planificación.
Lejos de los
países más competitivos, Suiza, Singapur, Finlandia y Suecia, el primer país
latinoamericano que aparece es Chile, ubicado en el lugar número 33, de acuerdo
al Índice de Competitividad Global 2012-2013, elaborado por el Foro Económico
Mundial. Más atrás vienen Panamá (40) Brasil (48), México (53), Costa Rica
(57), Perú (61) Colombia (69), Uruguay (74), Guatemala (83), Ecuador (86),
Honduras (90), Argentina (94), El Salvador (101), Bolivia (104), República
Dominicana (105), Nicaragua (108), Paraguay (116) y Venezuela (126). Todo esto,
dentro de un ranking que abarca a 144 países.
Las diferencias
son muchas y se traducen en resultados para la gente: Suiza es un país
ordenado, confiable y estratégico; Singapur es el país que ha dado uno de los
saltos más extraordinarios de la historia, al pasar de la pobreza extrema a la
riqueza abundante, gracias a su fuerte inversión educativa; Finlandia tiene a
los mejores maestros del mundo y siempre ocupa los primeros lugares en
rendimiento académico de los estudiantes; Suecia es un modelo de transparencia
y eficiencia. En estos países la pobreza es casi inexistente, la calidad de
vida es elevada y los niveles de crecimiento económico se traducen en
importantes logros sociales.
En cambio, la
poca competitividad latinoamericana se refleja en un país como Venezuela, que
tiene tanto petróleo que debería ser una tierra sin pobres, pero sigue aferrado
a la marginalidad y a la violencia que ubican a Caracas como la ciudad con la
mayor tasa de homicidios del mundo. Con escasa inversión educativa, con poco
apoyo a la investigación, la economía es la menos competitiva de Latinoamérica
pese a los millonarios ingresos petroleros. O el caso de México, el país que
pese a hacer bien los deberes y mantener los indicadores macroeconómicos bien
controlados no ha logrado más que un crecimiento raquítico en los últimos años,
insuficiente para atender sus grandes necesidades sociales. El factor de fondo:
mala calidad educativa, poca inversión en ciencia y tecnología, lo que en su
conjunto deriva en que no haya capacidad de innovar y ajustarse rápidamente a
los requerimientos de la economía globalizada. Resultado: la mitad de la
población vive en condiciones de pobreza, en un país rico.
La mala
competitividad de nuestras economías debería llamarnos a una revolución que
pase por planificar mejor, aprender a explotar los recursos naturales, invertir
en educación, ciencia y tecnología, y sobre todo, buscar dar el salto de
economías primarias a las del conocimiento, que es donde hoy se encuentra la
mayor parte de la riqueza que necesitan nuestros pueblos. Con instituciones
poco creíbles y poco sólidas, con inseguridad jurídica y física, con escaso
nivel educativo y con gobiernos errantes, incapaces de construir con miras al
futuro, será muy difícil que logremos los niveles de desarrollo y de beneficios
sociales de los que hoy gozan los que saben cómo volverse competitivos.
La
competitividad es un tema demasiado serio como para que países con grandes
urgencias, como Paraguay, continúen sin atenderla como se debe. Hay que
trabajar en construir instituciones más eficientes que garanticen mayores
seguridades, al tiempo que se busca que los recursos humanos sean más
competitivos y que la innovación tecnológica sea vista como parte esencial de
la economía. Debemos volvernos competitivos, eficientes, serios y visionarios.
Nuestras economías y nuestra gente lo agradecerán.