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En Grecia se ha autorizado la
venta de productos caducados a un menor precio del que tendrían antes de
caducar. No entraré cuestiones nutricionales ni si pueden ser perjudiciales
para la salud – por lo que sé, en ciertos productos de la cesta de la compra,
no es grave ni perjudicial consumir productos tras la fecha recomendada- .
Lo que me llama la atención son
dos cuestiones. Por un lado, el extremo al que los griegos deben llegar para
poder alimentarse, pilar básico del sustento humano. Por otro, las ironías que tiene
la vida: en el país donde más vehículos de alta gama se matriculaban en los años de bonanza – Porches Cayenne, por
ejemplo -, la clase media se diluya en la pobreza y la necesidad de que el
Estado y empresas consientan en la comercialización de estos productos para poder
comer.
Sin embargo, lo más significativo
de esta situación es la humillación de quien antes pudo comprarlo todo – o casi
– y de quién ahora tiene que recurrir a esas lides para alimentarse. Esta es más bien una historia que compartimos
griegos y españoles, nos creímos que todo era verdad, que los sueños se podían
acaso hacer realizar, no pensamos que todo era prestado, que nuestros sueños
estaban hechos de contratos bancarios de préstamos, créditos e hipotecas,
quisimos seguir soñando, hasta que de golpe y porrazo la vida nos enseñó que no
se deben construir castillos en el aire.
No pretende ser esta un alegato
moralista, sino más bien una llamada de atención al hecho de que esta crisis debe
ser aprovechada por todos como una lección de vida, de la necesidad de aprender
a vivir con aquello que tenemos – y no con aquello que nos podría dar un préstamo
bancario. Y esta es una lección de la que todos debemos aprender, incluidos
todos aquellos que quisieron aprovecharse de ello. Tenemos que seguir teniendo
sueños y seguir persiguiéndolos, pero no nos olvidemos que las cuotas hay que
pagarlas.