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Sobre la envidia y el aburrimiento


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27/10/2012

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SOBRE LA ENVIDIA Y EL ABURRIMIENTO






Vicente Adelantado Soriano





Y siendo el consuelo común de la envidia que si no pueden parecer mejores que algunos, al menos presentan a estos [a los envidiados] como peores que los demás.

Plutarco, Vidas paralelas, Pelópidas.





Pocas personas hay tan molestas, y tan peligrosas y agotadoras, como los envidiosos y quienes se aburren; a menudo ambos van de la mano. Los envidiosos son aquellos, necios por regla general, que dedican su vida a poner trabas y dificultades a aquel a quien envidian, aunque sus acciones no les produzcan ningún beneficio. Es hacer el mal por el mal, pura necedad, sin obtener nada a cambio como no sea el logro de una negra y dudosa meta: herir, hacer daño obedeciendo a una obcecación cualquiera. Sobre esto ya tenemos un famoso exemplum medieval en la historia de aquel labrador que, tuerto, hizo que le quebraran su ojo sano para que también le aplicasen la misma pena a un su vecino. Se queda ciego, pero contento por “ver” tuerto al envidiado.

No obstante, a veces, el envidioso también puede actuar bien y ser una bendición para sus vecinos. Bastaría con recordar a Prometeo y a su beneficiosa acción de robar el fuego a los dioses. Por desgracia toda democracia tiene su sicofanta, y toda familia su hermano o hijo menos agraciado o inteligente. Es lo que le sucedió a nuestro héroe con su hermano Epimeteo, y a toda la humanidad con este y con la bellísima Pandora. Evidentemente como el beneficio del fuego fue para todos, también lo fue el castigo que surgió de la famosa caja de Pandora, enviada por los envidiosos dioses, y abierta gracias a la ingenuidad de Epimeteo.

Podríamos multiplicar los ejemplos sobre la envidia y sus consecuencias. Quizás el caso más llamativo fue el del tirano de Samos, Polícrates. A este todo en la vida le iba sobre ruedas. Su vida era un camino de rosas. Asustado por ello, temeroso de que los dioses lo envidiarán por su felicidad, arrojó al mar un valioso anillo. De esta forma compensaba las venturas con las desgracias. Un pescador, sin embargo, le ofreció un pez, y en él apareció el anillo arrojado al mar. Y la vida de Polícrates dejó de ser un camino de rosas. Ni los dioses están libres de la envidia.

Es tal la fuerza de la envidia que, aliada con la mentira y la delación, puede llevar a una persona a la prisión. Así le sucedió a fray Luis de León, que ya cantó, al salir de la cárcel, estos famosos versos:





[...]

Dichoso el humilde estado

del sabio que se retira

[…]

y a solas su vida pasa,

ni envidiado ni envidioso.





La envida, y según lo visto, se produce, pues, cuando alguien tiene algo, en el caso de fray Luis unas oposiciones ganadas, que la otra persona desea o cree necesitar. Esa carencia, que puede llegar a corroer el alma, al mismo tiempo hace ver que la otra persona disfruta de algo que, en el fondo, no se merece, o no se merece más que quien no la posee, según el envidioso. Se produce entonces la obcecación; y el otro termina por convertirse en un enemigo, alguien a quien derrotar y humillar, aunque sea a costa de perder el único ojo sano. En alguna versión de la mitología griega se cuenta que Atlante fue castigado a sustentar el cosmos sobre sus hombros porque había robado las espigas de trigo del Olimpo para que los hombres se alimentaran. Y Zeus, celoso de su poder y de su barriga, lo castigó. Algo similar cuenta Erasmo de Rotterdam sobre Caín y el castigo de este: con el consentimiento del ángel guardián, que creyó que a Yhavé sólo le importaban las manzanas, robó espigas de trigo del Edén para poder plantarlas en sus campos. Tanto a Zeus como a Yhavé les molestó mucho que el hombre fuera escalando posiciones y acercándose a la divinidad a través del trigo y del fuego. De ahí el castigo, y de ahí la importancia de no envidiar ni ser envidiado. Esto último puede ser el colmo de la felicidad.

El envidioso se olvida de sí mismo, para su mal; y aparentemente vive para el otro. Lo espía, lo sigue de cerca, y vive y se alimenta de lo que dice o de lo que hace, o de lo que el envidioso se imagina que dice y hace. El envidioso necesita a alguien sobre el que descargar su envidia. Se crece con la crítica mordaz e implacable; su obsesión se va desarrollando como un cáncer, y no le da paz más que con la muerte o la eliminación del contrario. Tropezarse con un envidioso es muy peligroso, máxime si este tiene algún poder, como le sucedió a Lucano con Nerón. Aquel era mejor poeta que este, pero este, emperador, envidioso y loco, lo obligó a suicidarse por superarlo en la escritura. No, cuando la envidia es como debe ser, una envidia negra y cargada de significado, de nada sirve arrojar anillos al mar. El envidioso quiere la destrucción del otro, su aniquilación total. Y si malo es tropezarse con un envidioso con poder, peor debe ser hacerlo con un envidioso inteligente, aunque, tal vez, los dos términos sean antitéticos.

El envidioso no se autoanaliza, no se conoce a sí mismo, ni eso le importa mucho. Vive por y para el otro. Y el otro se puede sentir envidiado, aunque nunca confesará que él, a su vez, tiene envidia de otros. Es una característica muy humana: todos nos sentimos envidiados, pero nadie reconocerá que tiene envidia de ningún semejante.

Curiosamente, el primer envidioso que aparece en la Biblia es exonerado y perdonado. Tal vez porque Yhavé no tiene la conciencia tranquila. No se dice en la Biblia por qué Dios no acepta el sacrificio de Caín, y si que lo hace con el de Abel. Según el chino Lee ello se debe a que estamos en una sociedad de ganaderos, y a Yhavé no le interesan mucho los frutos del campo1. Sea como fuere, sabido es, Caín, el despreciado, mata a Abel, el boquirrubio aceptado2; y que Yhavé, en contra de lo que pudiera parecer, perdona al asesino, lo deja vivir, lo marca para que nadie lo mate, y le dice que salvarse o no dependerá de él. Parece como si Yhavé tuviera mala conciencia por su actuación ante los dos hermanos. Y es que despertar envidias no es nada aconsejable, como ya nos enseña el Génesis.

También hay quien dice que el primero que se aburrió fue Yhavé. Y que como consecuencia de ese aburrimiento creó al mundo y al hombre. Este, digno hijo de su padre, también se aburría; y creyó, no es bueno que el hombre esté solo, que estar con una mujer le curaría de ese desánimo. Con Eva, a pesar de que esta no tenía madre ni hermanos, no llegó a aburrirse el pobre de Adán, el come manzanas, pues tuvo que trabajar para alimentarla a ella y a su prole, aunque Caín, el buenazo de Caín, le echó una mano en tan ardua tarea.

Es curioso. Meditando sobre estos temas he estado pensando en cuándo aparece, en la literatura o en la historia, la palabra aburrimiento. Se va a repetir hasta la saciedad en el siglo XIX, con el romanticismo, salvo en España, quizás, pues aquí Fernando VII y su santo hermano, Carlos María e hijos, tenía a los románticos y a los clásicos muy entretenidos. Pero en la literatura clásica, en Grecia y Roma, salvo por error de los traductores, no aparece nunca. O yo no la recuerdo. Eso no quiere decir, por supuesto, que no existiera el aburrimiento. Pues de sobras es sabido que, en los cuarteles de invierno, a los legionarios se les evitaba el otium de todas las formas y maneras posibles: ejercitándose, haciendo empalizadas, limpiando las armas, forrajeando... teniéndolos ocupados, en una palabra. Pues de lo contrario, se podían juntar en contubernios en torno a una hoguera, se establecería alguna conversación al amor de las llamas, y se hablaría, seguramente mal, muy mal, de los mandos, de este legionario mimado y de aquel centurión cobarde. Y de ahí a la sedición no hay nada. Por eso mismo el poder, en Roma, regulará siempre el ocio ofreciendo todo tipo de espectáculos y todo tipo de diversiones. Un pueblo que se aburre es un peligro potencial.

Esto no quiere decir, por supuesto, que las grandes conspiraciones, revoluciones y demás, hayan estado dirigidas por aburridos en busca de diversión. Quiere decir que, a veces sin motivo, y por mero aburrimiento, se puede pedir la cabeza de un centurión cuando no la de un primipilum. Es decir que los centuriones romanos ya tenían muy claro que el ocio es la madre de todos los vicios. Entendiendo por tal una conspiración o rebelión que les podía costar su linda y broncínea cabeza.

Sin embargo, ni toda la envidia tiene porqué ser negra, o mala, ni todo el ocio tiene porqué degenerar en conspiraciones y maldades. Así como hay una envidia constructiva, sana, también puede haber un ocio de similares características. Por supuesto si una persona no se supiera inferior a otra, no evolucionaría más que como animal. Por eso el envidioso de bilis negra es, en el fondo, tan torpe y patético. Cosa distinta es quien envidia a quien sabe física, por ejemplo, y estudia las estrellas y se va enterando de cómo se pudo formar este mundo. Se percata entonces el envidioso de cuán breve e injusta es la vida: si se estudia una cosa no se puede estudiar otra, y hay tantas cosas interesantes que saben los demás y que ignora uno... Pasamos media vida durmiendo, tenemos achaques y problemas de todo tipo, y apenas si nos queda tiempo para dedicarnos a las cosas verdaderamente importantes: el saber, viajar, conocer...

Lo diga o no la literatura, el hombre clásico, griego o romano, tendría sus momentos de aburrimiento, tal y como los tenemos hoy en día. Con un mundo menos poblado, el emperador, o la ciudad, organizaba el tiempo del otium para hacerse autopropaganda, pero también para mantener ocupados a ciudadanos y esclavos. La malo de Roma es que el teatro griego fue abandonado y se decantó por un tipo de espectáculo más constructivo y refinado: la lucha de gladiadores, las carreras de cuadrigas o las naumaquias, que era lo más inocente.

Hoy hay mucha gente que se aburre. Y busca distracciones como puede: haciendo reuniones de vecinos en su finca por cualquier nimiedad, participando en fiestas y botellones o, cosa harto frecuente, yéndose a la librería o biblioteca más cercana. Cuando dos personas se aburren y coinciden, por ejemplo en un ascensor o cena, surgen los problemas enseguida: la escalera está sucia, no han quitado el polvo... Lo triste y patético, sin embargo, no son estas personas, ya dejadas de la mano de la Dios y de la inteligencia, sino ver a grupos de jóvenes en la calle con unas cuantas botellas, riéndose de forma absurda y vacua, y rodeados de porquería. No sé qué diversión puede haber en estar de pie en medio de la calle bebiendo hasta altas horas de la mañana. Ellos lo sabrán.

Deseosos de organizar el moderno otium, preocupados por esta juventud que se aburre aunque no lo confiese, dado que estamos en crisis, y llevamos ya cuatrocientas reformas del sistema educativo sin lograr atajar el fracaso escolar, tal vez sería interesante que los institutos, públicos y concertados, abrieran por las tardes y las noches, se contrataran a monitores y profesores, actores y directores, y se buscara hacer talleres con esa juventud: de teatro, de pintura, de música, de decoración, de baile... Tal vez alguno descubriría su verdadera vocación, a aprendería a divertirse, otra cosa es que se gane la vida con ello, sin envidiar a nadie ni ser envidiado por ninguna persona. Y sin aburrirse. Sí, ya lo sé: es una utopía. No hay dinero.

1John Steinbeck, Al este del edén, cap. 22, 4 y ss.



2Y es sabido que el amor propio ajado es el antídoto mejor del amor. Mariano José de Larra, Teresa, drama de Dumas.





Etiquetas:   Libros

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