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Ideas recibidas y aceptadas


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20/10/2012

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IDEAS RECIBIDAS Y ACEPTADAS.


PREJUICIOS

Vicente Adelantado Soriano





Quizás ante muchas afirmaciones, silencios, opiniones e ideas sobre cualquier asunto, sobre el arte en general, y sobre la literatura en particular, deberíamos preguntarnos siempre por qué un determinado punto de vista, o una obra, genera tal silencio o tal rechazo, y a qué se debe, en algunos casos, que haya sido condenada al olvido. ¿Por qué tienen éxito libros que no encierran ningún interés y no lo tienen otros que si lo poseen? ¿Por qué unos autores, con escasos valores literarios, se siguen editando, y otros, mucho mejores, son relegados al olvido? Azorín planteaba cuestiones semejantes sobre una novela de Cervantes no muy conocida, ciertamente:

¿Por qué se rodea al libro Persiles y Segismunda de un ambiente de indiferencia, de olvido y de inatención?”1

Es innegable que a Azorín le llamó la atención el olvido que había caído sobre la última novela de Cervantes, en la que su autor tenía puestas todas sus esperanzas. Azorín trata de hallar una explicación para esa indiferencia:

Cervantes: ya viejo, en un remozamiento último pusiste tus anhelos y tus alegrías íntimas -las pocas que podías tener- en esta obra; la juzgabas, allá dentro de ti, como una bella obra. Luego, la inatención, el descuido, la rutina, el prejuicio de eruditos y profesores, ha cubierto poco a poco de polvo tu obra. Otra obra atraía todas las miradas. Y, sin embargo, tu libro era un bello, un exquisito, un admirable libro. Se necesita en nuestra literatura sacar a plena luz obras que están todavía sin ser gustadas plenamente por los lectores. Hagamos con el Persiles lo que se hace con un cuadro olvidado.”2

Las palabras de Azorín encierran una fuerte crítica. Hay una mirada que se centra sobre una novela, que despierta el interés de todos, lectores y eruditos, dejando el resto de la obra cervantina encomendada a la pereza y a la rutina. Esa rutina, el prejuicio, marca los límites de la inteligencia y de lo que se está dispuesto a tolerar. El prejuicio de unos se extiende a otros acotando, así, un terreno que resulta difícil ampliar. A menudo las mentalidades semejan a fortificados castillos medievales amurallados y con su economía de subsistencia.

Es evidente que cada época tiene sus preferencias y sus amnesias particulares, sus ideas recibidas y aceptadas, y sus palabras o situaciones políticamente correctas e incorrectas. Se podría afirmar, recurriendo a la sabiduría de Sancho, aquello de “Dime lo que lees y te diré quién eres”. O si averiguo lo que olvidas te diré de qué materia estás formado.

Azorín achaca el olvido de Los trabajos de Persiles y Segismunda a “la inatención, el descuido, la rutina, el prejuicio de eruditos y profesores”. No le falta razón a Azorín cuando nombra la rutina y el prejuicio como causa del olvido. Algunas historias de la literatura, libros y manuales, son refritos de otros; si el primero, pues, obvia u olvida una obra, dicho olvido se reproducirá añadiendo capas y capas de polvo generadas por la rutina. Caerán sobre la obra hasta enterrarla como a una vieja ciudad ibera o romana.

Invirtiendo los términos si alguien, con cierto poder o prestigio, tiene interés por un autor determinado, tal vez genere a su alrededor infinidad de investigaciones sobre dicho autor. Pueden salir a la luz entonces comedias y romances olvidados, que mejor lo estarían así, pero que el trabajo realizado, la búsqueda de prestigio, o la justificación, tal vez, de subvenciones, llevan a la imprenta obras, comedias o romances, que desmerecen a su autor y a quien las rescató del sueño en el que estaban sumidas.

Ya se decía en la antigüedad que nadie da lo que no tiene3. Difícil será, por lo tanto, que se aprecien aquellas obras que los críticos, o las historias de la literatura, la rutina, condenan porque ya lo han hecho otros; o no citan, simplemente, por puro desconocimiento. Si los críticos y las antologías las obvian, las editoriales, desde luego, no las van a publicar puesto que, con toda probabilidad, se van a quedar sin vender. Nadie se embarca en un negocio ruinoso. Es la pescadilla que se muerde la cola. No vamos a preguntarnos ahora si la cultura es económicamente rentable o no, pues semejante pregunta nos alejaría mucho del planteamiento inicial, o, tal vez, por un largo y arduo camino, llegáramos a alguna conclusión. Vamos a intentarlo por otros derroteros.

Cogiendo como ejemplo al mismo Azorín, no deja de ser curioso que hoy en día, en pleno siglo XXI, sea misión casi imposible conseguir algún libro suyo, alguna edición reciente de sus importantísimas recreaciones de los clásicos, o de sus opiniones sobre los mismos. Apenas si hay dos o tres libros publicados, que se repiten en todas las librerías. Algo similar sucede con Mesonero Romanos. ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido para que a estos autores ya no se los edite y sus obras sólo se encuentren en bibliotecas o librerías de viejo? ¿Quién determina si un libro se edita o no? Muy a menudo da la impresión de que la salida de un libro al mercado, incluso su éxito, poco o nada tienen que ver con la calidad del mismo. Pues también hemos observado que si algún periódico, más o menos conocido, lo alaba, o algún político sale con él bajo el brazo, en cualquier tertulia televisiva, el éxito del mismo está asegurado. Al menos su venta.

Es muy posible que esto suceda así porque se han perdido dos cosas fundamentales: el sentido crítico y el sentido del humor. Quizás los dos sentidos van más unidos de lo que en un principio pudiera parecer. Hoy en día, por ejemplo, nadie se atreve a bromear, como se hacía en la época de Quevedo y Cervantes, sobre los negros y los judíos. Por supuesto que publicar hoy en día un poema como la Boda de negros, de don Francisco de Quevedo, podía desatar las iras de todas las comunidades de color, habidas y por haber. Otra cosa sería la edición de sus sonetos sobre los cornudos: aquí todos callarían por no dar a entender que les duele la horma de su propio zapato.

Estamos en un momento de exaltación del propio municipio, del medieval espíritu de campanario. Y hacer un chiste sobre una determinada comunidad puede acarrear las iras de todos aquellos que no tienen nada que ofrecer más que sus absurdos enfados. Hoy en día cualquier lengua minoritaria es objeto de culto sagrado, hasta el punto de que sobre ella no se puede hacer ni una broma. Además, cualquier obra, de segunda o tercera fila, será editada y lanzada a las aulas sencillamente por estar escrita en dicha lengua. El valor, es un prejuicio más, viene marcado por la lengua en sí, no por los logros conseguidos con ella. El código ha llegado a ser tan importante que asfixia al mensaje. En esta situación don Benito, con toda probabilidad, hubiera sido quemado en efigie, si no en carne y hueso, por atreverse a decir las cosas que dice sobre algunas lenguas en sus Episodios nacionales:

Algunos hablaban la jerga indefinible en la cual los éuskaros hallan gran belleza eufónica, y que la tendrá realmente cuando sea bello el ruido de una sierra.”4

Don Benito vuelve sobre el tema en el episodio titulado Montes de Oca: “[...], y la ininteligible cancamurria vasca otra vez le cortaba el cerebro como una sierra.”5

Por supuesto que se trata de prejuicios de Galdós, como un prejuicio es decir que “el catalán hablado por mujer es una de las más bellas músicas de la boca humana.”6 Pero también hay que saber situar las cosas en su contexto, y concederles la importancia que tienen. Hoy, con excesiva facilidad, tendemos a olvidar la historia, y a pensar en lo inmediato, y lo inmediato para nosotros es creernos omnipotentes. No hay más que ver y leer las novelas y las películas actuales. En algunas de ellas se hace inteligentes a los simios mediante un fármaco. El sueño dorado de todo estudiante, ese fármaco, y, cuando se conoce, el Pentecostés.

La pregunta no es por qué no se aplican los humanos ese fármaco, sino si, con los prejuicios y la absurda seriedad, somos más libres y felices que lo eran nuestros antepasados. Nada hay más gozoso y libre que la risa, y es muy conveniente saber reírse de uno mismo. Quizás así nos desprendamos de algunos prejuicios, transmitidos por sesudos críticos, y seamos capaces de disfrutar de libros como el Persiles y de la nada desdeñable poesía erótica, que ni de lejos se ve en las aulas. Y en estas también estaría bien que estallaran las carcajadas de vez en cuando, y no por absurdos y necios motivos.

No deja de ser curioso que se considere a Los trabajos de Persiles y Segismunda una novela fantástica, y se tome como realismo El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Igualmente no deja de llamar la atención que se tilde a don Benito Pérez Galdós de escritor realista. Nada más irreal que todos los folletines que aparecen en los Episodios, como nada más inverosímil que la búsqueda, por todos los campos de batalla, que lleva a cabo Gabriel Araceli en pos de Inés. Y nada más surrealista que los últimos episodios, donde Galdós ya roza el surrealismo, como Cervantes, con pleno demonio de la técnica, se lanza por los caminos de la fantasía sin regla ni parangón. Se escapan de los esquemas.

Se ha dicho a veces que para disfrutar de la genialidad de una novela hay que participar de dicha genialidad. No lo haremos nunca si no nos despojamos de la rutina y de las ideas preconcebidas. Es como visitar un país en busca de la fotografía que ya ser vio en la agencia de viajes: sí, tal vez se halle el paisaje fotografiado, pero poco o nada más se verá y apreciará.

1Azorín, Con Cervantes, p.41. Espasa Calpe, Colección Austral, Madrid, 1968



2Azorín, ibídem, p. 41



3Nemo dat quod in se non habet.



4Benito Pérez Galdós, Un voluntario realista, cap. XVIII



5Benito Pérez Galdós, Montes de Oca, cap. XXV



6Benito Pérez Galdós, Carlos VI en la Rápita, cap. XVII





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