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Reflexión sobre la docencia. El arte de educar.


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19/10/2012


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Reflexión sobre la docencia. El arte de educar. Con motivo de los 70 años de la facultad de Educación de la P. Universidad Católica de Chile.


Hugo Tagle

“Quien educa hace brotar vida”, con estas palabras se sintetiza buena parte de lo que fue la vida de santa teresa de Ávila como educadora: una persona enamorada de su tarea, de Jesús, de las personas que se le confiaron. No impuso ni imprimió ideas o conceptos desde fuera, sino que supo sacar lo mejor de las personas que se le confiaron. No fue ella quien brilló, sino que hizo brillar lo mejor del corazón de quienes estuvieron bajo su enseñanza.

No existe ninguna profesión, oficio, labor más importante que la de educador. Todo aquello que tenga que ver directamente con la formación de personas es crucial para el desarrollo de éstas y de la sociedad.

“Denme un hombre hasta los cinco años y tendré un hombre para toda la vida” dice un viejo y sabio adagio jesuita. La pura verdad, lo que se siembra en los primeros años de vida, las impresiones que cada uno de nosotros recibe en sus años de niñez y adolescencia, vienen a ser de las más importantes que se pueden obtener. Quedan impresas en la retiran del alma a fuego, indelebles; nos marcan y configuran de por vida. Lo que aprendemos de adulto podrán ser habilidades, conocimientos, técnicas. Pero será lo sembrado en el alma de pequeños lo que finalmente hace al hombre y mujer ser cada cual.

Se cumplen setenta años de la facultad de educación de la Universidad Católica de Chile. Motivo de agradecimiento pero a su vez, de renovación en la vocación de excelencia. La carrera docente es un acicate para crecer cada día más. Quien no se perfecciona, decrece.

Ésta es una buena ocasión para revisar los fundamentos sobre los que descansa el quehacer pedagógico y la forma de hacer universidad y escuela.

Pedagogía significa caminar juntos. Ya su sentido etimológico nos dice lo que debe ser quien se dedica a la docencia: es acompañar, animar, apoyar, caminar juntos. No es imponer ni inculcar. Es persuadir, animar, convencer a lo mejor.

¡Cuán importantes son los profesores en la vida de una persona! Ejemplos sobran que dan testimonio de ello. Nuestro antipoeta, Nicanor Parra, agradeció muchas  veces en sus discursos a sus profesores en San Fabián de Alico. Otro tanto Mario Vargas Llosa, al momento de recibir el premio nobel de literatura en 2010. Cito textualmente: “Aprendí a leer a los cinco años, en la clase del hermano Justiniano, en el Colegio de la Salle, en Cochabamba (Bolivia). Es la cosa más importante que me ha pasado en la vida. Casi setenta años después recuerdo con nitidez cómo esa magia, traducir las palabras de los libros en imágenes, enriqueció mi vida, rompiendo las barreras del tiempo y del espacio”.

Y así podemos sumar miles de ejemplos en el mundo entero. El profesor no solo es maestro: Es compañero, amigo, confidente, apoyo y guía ¡Quien no ha sido marcado por sus profesores de educación básica o media. Principalmente los primeros, esos que nos abren al mundo de las letras, música, arte y ciencias. Yo mismo debo agradecer a la Miss Bessy – la clásica Miss Bessy que hemos tenido todos en esos primeros años de escuela. Inolvidable, con su estilo enérgico, pero respetuoso. Nos enseñó a leer, sumar y restar. Y más adelante a una serie de profesores que calaron hondo en el inconsciente juvenil de todos mis compañeros.

Pero ¿Cuáles son las llaves para entrar en el corazón de las personas, de los alumnos? Dice Santa Teresa de Ávila, patrona de los profesores: “Si en medio de las adversidades persevera el corazón con serenidad, con gozo y con paz, esto es amor”. En efecto, la clave de todo trabajo pedagógico es la caridad, el amor como donación. “Preocúpate que tus alumnos te quieran” dice Don Bosco, otro genial pedagogo.

Hacer salir lo mejor de cada persona, acompañarla en el proceso de asimilar lo bueno, bello y justo del mundo; regalar criterios para juzgar crítica pero constructivamente al entorno, haciendo de las personas que se nos confían, agentes de cambio positivo, son algunas de las claves de una sabia labor docente. Todo esto, adornado o envuelto en la caridad, la donación de sí, incluso hasta el martirio. Solo el ejemplo de acompañamiento tenaz, perseverante, será la mejor de las herramientas para lograr un resultado valioso.

Educar es abrir el alma a la verdad. Y la verdad es Dios. Todo nuestro camino humano es acercarnos más a Dios y entre mayor sea la inquietud que sembremos para que ello sea posible, tanto más pleno y fecundo será el proceso educativo.

Educar, lo sabemos, no es solo “enseñar materias”. Es hacer brotar lo mejor de cada persona y  que asimile a su vez  cambiar para bien el corazón de las personas.

Educamos para servir. El hombre es donación de sí, en lo que se hace semejante a Cristo, quien se entrego por entero a todos los hombres.

En un mundo cada vez más interconectado y pequeño, la conciencia de interdependencia aumenta, se hace imprescindible para comprender mejor al otro. No educamos individuos, seres solos, aislados.- Educamos personas que se deben entender como parte de un todo más grande, del cual serán solidariamente responsables. Y eso es educar en el sentido de Cristo: para ser familia y participar plenamente de la familia humana.

El señor es el buen pastor, quien conoce a sus ovejas, quien llama a sus discípulos por su nombre. Él ahonda en estas claves de comprensión del quehacer pedagógico:

Por una parte, los futuros profesores están llamados y desafiados a conocer más y mejor a los educandos, como lo haría Jesús. Ello será cada vez una mayor exigencia. Los colegios, escuelas, centros de formación son más requeridos que hasta hace unos lustros. Los alumnos pasan no solo más tiempo allí sino que dependen efectiva y afectivamente más de ese lugar, casi sucedáneo de la propia familia.

Y, por otra parte, estamos llamados a acompañar a cada una de las personas que se nos confían. Un detalle importante en un mundo cada vez más despersonalizado. El profesor como referente será insustituible.

Que el Señor, por intercesión de Santa Teresa de Ávila, patrona de los profesores, los ilumine, regale su sabiduría, paciencia y fortaleza.

Quien se dirige constantemente a  Él, tiene un seguro único, imprescindible e insustituible para su labor; obtendrá la luz del Espíritu Santo para su delicada labor y dará abundantes frutos.

Que la Santísima Virgen, la primera educadora en la fe, nos haga crecer en amor a Dios y servicio a los hombres, haciendo de la labor pedagógica un camino de encuentro con el Señor de la vida, el verdadero y único maestro.

 

Hugo Tagle

Capellán UC

twitter: @hugotagle



Etiquetas:   Educación   ·   Profesores

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