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"Antes de Adán" ("Before Adam"), de Jack London.


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15/10/2012

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Jack London, ese escritor aventurero, o viceversa, que tanto me sigue encandilando a mis cuarenta, publicó una curiosa novela (Antes de Adán), juvenil diría yo, sobre los ancestros del ser humano. Eso no sería sorprendente en sí mismo, por su gran capacidad literaria y su enorme experiencia como corresponsal y viajero, si no fuera por el hecho de que esta novela la adquirí en una feria de ocasión, un lugar muy dado a encontrar cosas curiosas y alguna que otra ganga, como bien sabemos los asiduos a estos certámenes.


 

Vaya usted a saber, quizá un driopitecus, un oreopitecus o un ramapitecus, el protagonista de este relato, Diente Largo, nos devuelve hasta hace medio millón de años y nos descubre la vida entre árboles y cavernas. Una vida dura, pero a la vez apasionada, y muy interesante desde el punto de vista literario y científico, con atisbos de realidad, muy lúcidos en general, que explicarían muchos de nuestros comportamientos como especie, cuales reminiscencias del pasado, del pasado realmente remoto.

 

El atavismo, uno de los conceptos fundamentales del relato, con un antagonista brutal, animal, ayuda al autor a explicar determinadas fobias o conductas sociales. Describe vívidamente la amalgama de paisajes en los que vive el clan del protagonista, con peligros relevantes, no solo de las bestias carnívoras, sino de los otros seres exterminadores, cuales fantasmas en los bordes del oasis en el que el grupo arborícola se desenvolvía con naturalidad.

 

La historia de este grupo representa una versión más de las muchas que últimamente los expertos paleoantropólogos nos describen en sus libros y documentales, apabullándonos y, a veces, desconcertándonos sobre las verdaderas líneas antecesoras de nuestra especie, como si ello fuera muy relevante. Realmente no lo es, si leemos entre líneas sobre las ideas que London hábilmente vierte en su relato. Quizá no directamente, por la prudencia innata que sobre el origen del hombre se tenía en la época del autor (principios del siglo XX), algunas de las ideas sobre el germen de determinadas causas de algunas cosas de nuestras vidas, ocasionalmente aburridas, explicaciones acerca de nuestros gustos, conductas, etc. no son probablemente fruto de un único linaje, sino de muchos o, probablemente, de todos. En un momento dado, parece que determinados elementos, como el azar, descubre lo frágiles que somos como individuos y redescubren nuestra fuerza como sociedad. Tras la lectura de algunos pasajes nos planteamos si somos fruto de la casualidad. Quizá la respuesta más cierta, por científica, sea que no, pero la más sencilla, por impulsiva, sea que sí. ¿O es que estaríamos aquí si Diente Largo hubiera sucumbido a las flechas, al fuego, a las corrientes, al smilodonte, a las serpientes, al frío, a Ojo Bermejo y a un sinnúmero más de condicionantes de una vida? Claro que no.

 

El planteamiento es demasiado sencillo y demasiada fácil la respuesta. Habría que tener en cuenta otro detalle que nos hace especiales como género, que es la capacidad cultural, entre la que cabe un cierto control del futuro mediante el aprendizaje continuo de experiencias de los individuos que componían o componen el grupo. No es necesario que sobreviva uno si de su muerte se sirve la evolución para que el resto obtenga un rescoldo de conocimiento que podría ser fundamental en su superviviencia como grupo. La clave está en esto, lo cual nos hace invalidar el argumento principal del relato, que no es otro que un ser humano actual tenga el don de recordar las vivencias de un ancestro tan alejado en el tiempo y, sobre todo, en una línea evolutiva indirecta, según se desprende de la descripción que se hace del mismo y su modo de vida.

 

Es un asunto de suficiente relevancia como para pensar en la relativa importancia del individuo, en su necesidad de sobrevivir. Hoy nos aventuramos más por la idea de la evolución social, de que si hemos llegado hasta aquí ha sido porque todos nuestros ancestros, probablemente, han legado en nuestro córtex unos mecanismos de defensa (la intuición, la imitación-aprendizaje, etc.) muy sencillos e útiles para la superviviencia individual y, sobre todo, del grupo, lo que consolida las posibilidades de que éste evolucione necesariamente hacia otras vías de desarrollo y adaptación al medio, perdurando como el verdadero objetivo de todo ser vivo, trascender más allá de sí mismo.



Etiquetas:   Antropología   ·   Evolución

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