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Vivir en el Centro


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15/10/2012


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Durante los días 19 y 20 del pasado Junio se celebraron en la Sociedad Económica de Amigos del País las Jornadas “Vivir en el Centro. La convivencia con el turismo y el ocio”, organizadas por la Asociación de Vecinos Centro Antiguo y el Colegio Oficial de Arquitectos de Málaga.






En la primera jornada de trabajo, la arquitecta María Luisa Cerrillos, con amplia experiencia en planificación urbana estratégica, introdujo el tema de la evolución de los Centros Históricos y su capacidad de adaptación a las necesidades y demandas actuales como conjunto urbano habitado, debate que tuvo continuidad en la mesa redonda posterior con responsables políticos locales. Durante el segundo día, se trató más específicamente el problema del Ruido en los Centros Históricos, producido mayoritariamente por la agresiva industria del ocio, alrededor de la conferencia de Ignacio Sáenz de Cosculluela, presidente de la Plataforma Estatal Contra el Ruido (PEACRAM)[1], y la mesa redonda posterior. Se me invitó a participar en esta segunda mesa, en mi doble condición de arquitecto y residente en el barrio con mayor Contaminación Acústica de la ciudad, e intenté aportar mi experiencia personal y punto de vista sobre la situación desesperada actual. Dado lo extenso y complejo de los temas abordados en las Jornadas y lo reducido del formato, sería necesario tratarlos con la profundidad necesaria en próximas ediciones, que espero tengan mucho recorrido en la ciudad.

         

 (1)                                                                                                             (2) 

 

En primer lugar, hay que celebrar como un gran paso en positivo la misma celebración de las Jornadas, por la capacidad que puedan tener de darle visibilidad y fomentar la participación ciudadana y el compromiso de todos alrededor de la enorme problemática vital que sufren los residentes del Centro Histórico en primer término, y los ciudadanos y visitantes en menor medida, sistemáticamente negada o cínicamente ignorada, tanto desde la incompetente Administración en todos sus niveles, como desde el sector con mayores intereses económicos en la zona, es decir, la industria del ocio y el turismo, con la hostelería a la cabeza. 



No debiera ser así, pero la realidad es que, en esta ciudad, el que se produzca la iniciativa de organizar los debates mediante la suma de esfuerzos de la Asociación de Vecinos y el Colegio de Arquitectos, que lleguen finalmente a celebrarse, y que tengan tan buena acogida y difusión, son logros de gestión y compromiso social que hay que alabar al Colegio y a la AAVV a partes iguales. Coherentemente con esa voluntad participativa, además, se han planteado con amplitud de miras, evitando sectarismos, para dar cabida a todo tipo de planteamientos y presencia de agentes urbanos teóricamente complementarios y llamados a entenderse: asociaciones y residentes del distrito, empresarios de hostelería, arquitectos, ciudadanos y representantes de la Administración. 



Los vecinos hemos tenido una nueva ocasión de manifestar y hacer visible la emergencia sanitaria que padecemos, la necesidad urgente de que el Medio Ambiente Urbano en el Centro Histórico cumpla los niveles mínimos de habitabilidad, nivel sonoro, equipamiento, accesibilidad, comercio local, etc., que se dan por supuestos en una ciudad europea como Málaga, pero que no se cumplen en la realidad ni de lejos. Y especialmente, para demandar que baje la intensidad de la agresión medioambiental ejercida por la industria del ocio sobre el distrito Centro, que está consiguiendo en pocos años volver a despoblarlo, como ocurrió en los años 80 por causas distintas. También espero que estas Jornadas hayan servido para darle mayor difusión aún a la tarea permanente e infatigable de la AAVV en la exigencia de hacer cumplir la ley vigente y los parámetros mínimos de habitabilidad del barrio, o al menos acercarse a ellos. 





          (3)



Una vez dicho esto, y a juzgar por la actitud, excusas y posturas mostradas por la representación de la Administración y la industria del ocio en estas Jornadas, no podemos esperar de ellos ningún cambio de mentalidad o establecimiento de plazos en firme para la consecución de esos objetivos mínimos de calidad de vida urbana. 



La Administración, como siempre, en vez de escuchar, recoger datos y testimonios y reflexionar sobre su gestión inoperante y cínica, se dedicó a echar balones fuera y a felicitarse sin sonrojo por los “logros” conseguidos en las últimas décadas en la Rehabilitación del Centro; logros que siempre se refieren al fomento municipal de la actividad rehabilitadora desarrollada por la industria de la construcción sobre un porcentaje mínimo de edificios protegidos, al número creciente de licencias de apertura concedidas a comercios de hostelería como ejemplo de riqueza y empleo, y a la imparable musealización consumista del entorno Centro como fomento de la industria cultural, olvidando interesadamente valorar los nefastos parámetros medioambientales que sufren los habitantes, la pérdida de comercio local de todo tipo, la ausencia de equipamiento educativo, cultural, participativo, lúdico o deportivo, la escasez de espacios libres, la privatización del Espacio Público a manos de la hostelería, la politización del mismo a manos del Ayuntamiento mediante constantes actos publicitarios, el nulo fomento de la participación y el empoderamiento ciudadano, etc. 



La postura del Ayuntamiento respecto a la industria del ocio consiste en fomentarla en tanto “crea riqueza y puestos de trabajo”, y no tomar medidas urgentes o específicas de control sobre su impacto medioambiental en el entorno; con poner a disposición de los ciudadanos un correo electrónico, un teléfono de emergencias (con coste por llamada) y una ventanilla donde entregar impresos (sólo presencial, sin alternativa digital), se da por satisfecha. Sólo con eso, ya considera que atiende y soluciona las denuncias de los ciudadanos, sin reconocer la estadística abrumadora e insostenible de denuncias, ni la ridícula cifra de casos solucionados. Eventualmente, pone en marcha campañas mediáticas de control de las terrazas, como la pasada primavera, o la que anuncia ahora sobre el ruido en el interior de los bares. Pero no se hace responsable del ruido que producen los clientes de bares de copas junto a sus puertas, o en las terrazas que ocupan la vía pública, por ejemplo. Ni el Ayuntamiento ni los bares. 







       (4) 



Tampoco perdió la ocasión para entablar el habitual discurso inútil con la oposición, sobre cual de los dos partidos dominantes de la escena política local lo han hecho peor en las últimas décadas: tanto Gemma del Corral, en la esquina del PP, como Carlos Hernández Pezzi, en la del PSOE (con Moreno Brenes como invitado de piedra con argumentos razonables al que nadie escucha) perdieron un tiempo precioso para los vecinos culpándose mutuamente del sistemático deterioro de la habitabilidad del barrio. Personalmente, creo que a estas alturas, seguir insistiendo en ese debate ficticio entra de lleno en lo patético; hace ya mucho tiempo que los ciudadanos hemos asumido como evidente que la gestión política de la ciudad se hace desde el Gobierno y desde la Oposición, simultáneamente, y compartiendo responsabilidad por acción o por omisión



Pero es que además, no hay apenas ningún logro del que felicitarse; la actividad rehabilitadora en el Centro no ha sido más que un fleco de la burbuja inmobiliaria y la especulación, sostenido en gran parte por dinero público europeo, y se ha centrado en la búsqueda de beneficios inmobiliarios, pasando (no había más remedio, por ley) por el aro de un mínimo respeto imprescindible por el Patrimonio, únicamente visto como valor económico añadido. Cierto que en Málaga hace 20 años, todavía había menos respeto por el Patrimonio Arquitectónico; pero no parece muy inteligente detenerse a celebrar que nos hemos acercado tan sólo un poquito más a los mínimos que marca la normativa vigente. 



En cuanto a la regeneración del Espacio Público del Centro, el que no da beneficios inmediatos a las promotoras y las constructoras, el panorama sigue siendo desolador, permaneciendo las carencias del barrio intactas desde hace décadas; y con el añadido de que cuando se ha intervenido sobre el mismo, ha sido para apuntalar las necesidades de promoción de la actividad inmobiliaria, primero, y para entregarlo después cínicamente a la avaricia privatizadora de la industria del ocio y el turismo, negando siempre su disponibilidad plena para residentes y ciudadanos, por no considerarlos como agentes productivos más allá de su papel como consumidor. 





          (5) 



El modelo de Centro Histórico defendido por el Ayuntamiento es el de parque temático del consumismo cultural y del ocio, destinado en monocultivo a fomentar el consumo inducido de los cientos de miles de visitantes anuales, a costa de la salud, la calidad de vida y la ausencia de equipamiento para los residentes. Y lo defiende por la vía de la omisión, incluso sin proponer abiertamente su idea, sino dejando hacer y justificando a la industria del ocio, que progresivamente va fagocitando espacios privados y privatizando espacios públicos. 



Está demostrado ya que si no se pone coto a la voracidad de la industria del ocio, ésta se va adueñando de la ciudad inexorablemente, expulsando cualquier uso (incluido el uso residencial) que no le sea rentable a corto plazo, o que le pueda suponer alguna merma a sus beneficios inmediatos. El fin inevitable de ese proceso extractivo es la despoblación del centro, cuando se produce el agotamiento físico y mental de los residentes, fundamentalmente a causa de la Contaminación Acústica. Y la despoblación del barrio condena inevitablemente el entorno urbano a la ruina a muy corto plazo, como ya pudimos comprobar desde finales de los 70 hasta mediados de los 90 en Málaga. 



La representación en las Jornadas de la industria del ocio, el turismo y la hostelería en las Jornadas (AHEMA) tampoco decepcionó en su habitual papel como agente urbano irresponsable, cínico y egoísta. En vez de entrar por una vez en el terreno de la autocrítica, se dedicó primero a presentar, en connivencia con el Área de Medio Ambiente, ridículas soluciones mágicas para paliar el gravísimo problema estructural de la Contaminación Acústica (siempre partiendo de la premisa de mantener su actividad industrial tal y como está hoy), y después a intentar diluir su responsabilidad para con la ciudad (que tanto le otorga gratuitamente o a bajísimo coste) utilizando el argumento recurrente de “todos los usos tienen que convivir en el Centro”, como si el suyo fuera uno más, comparable por ejemplo con el residencial. 



A la industria del ocio, el turismo y la hostelería hay que explicarle una vez más que el único uso radicalmente excluyente, extractivo y parasitario que hay en el Centro es el que desarrolla su sector económico. No hay ninguna otra actividad comercial, empresarial, creadora de empleo y riqueza económica, cultural, o de cualquier tipo, que haga tanto daño al Medio Ambiente Urbano como la industria del ocio y el turismo, en todas sus manifestaciones. Ninguna ferretería, panadería, vivienda, peluquería, librería, tienda de ropa o de alimentación, artesanía, diseño, arte, cultura (la de verdad), etc, genera la Contaminación Acústica salvaje que origina de día y de noche la hostelería, ni monopolizan el uso del Espacio Público, ni privatizan su uso permanentemente buscando el beneficio particular inmediato.









         (6)                                                                                                         (7) 



No le basta a la hostelería con ocupar la vía pública hasta hacer imposible el tránsito de peatones o servicios de seguridad y protección civil, desentenderse del ruido generado por sus clientes en sus terrazas y a las puertas de sus bares de copas, no evitar el ruido de su mobiliario al instalarlo y al retirarlo a diario, dejar todo tipo de suciedad en el espacio ocupado por las terrazas y bares para que lo limpien otros, introducir sí o sí camiones y transportines de reparto a todas horas y en todos sitios para suministrar sus productos, colapsar los puntos de recogida de basuras, etc; no contenta con eso, también intenta apropiarse del Espacio Público, ante la pasividad cínica de la Administración incompetente, por medio de todo tipo de actos publicitarios ruidosos para estimular la atracción y el consumo de los visitantes en sus locales. Como los “Domingos de Verdiales”, por ejemplo: que bien podían hacerlo en el interior de sus locales, previa insonorización de los mismos.



La industria del ocio considera el Espacio Público únicamente como la antesala de su espacio comercial, el caladero donde cazar al consumidor, y en coherencia con esta idea, traslada a la vía pública toda su capacidad de estimulación: utiliza cartelería lo más llamativa posible, invadiendo la calle o destrozando las fachadas, abre de par en par de las puertas del comercio, para asegurarse de que el hilo musical llega al paseante en el exterior, financia espectáculos musicales y eventos constantes, etc, todo ello dirigido a mantener al residente y al visitante del barrio, sea turista o no, en un estado permanente de excitación y jolgorio que supone adecuado para estimular su capacidad de consumo. 



Las repercusiones que tenga esa explotación insostenible del Espacio Público para los residentes y ciudadanos no es su problema, porque la Autoridad competente no se lo exige así, como tampoco nadie se molesta en medir los parámetros que definen la habitabilidad del barrio; el Ayuntamiento sólo considera y defiende aquellos aspectos de la normativa vigente que apoyan la posibilidad de apertura de comercios, obviando los que intentan garantizar condiciones mínimas de habitabilidad para todos, o considerándolos cínicamente como imposibles de cumplir en Málaga, sin justificación alguna.







         (8) 



Del mismo modo que, al calcular los supuestos beneficios económicos para la ciudad que genera la industria del ocio (que en realidad van a los bolsillos privados de los mismos cuatro gatos de siempre y no revierte nunca en el sufrido distrito ni en la ciudad) sólo contabiliza impuestos recaudados, empleo precario generado y datos económicos inflados suministrados por los mismos comerciantes para estimular su crecimiento, olvidando contabilizar en el debe (y cuantificarlo en euros) el enorme daño diario infringido a la salud física y mental de los residentes, la falta crónica de descanso, la bajada en el rendimiento laboral de decenas de miles de trabajadores residentes en el Centro, los gastos generados (y pagados por todos) en la atención sanitaria crónica por depresión, ansiedad, estrés y fobias varias, el destrozo de proyectos familiares y personales, el menoscabo en el patrimonio familiar por depreciación de las viviendas (que luego ni pueden vender a causa del ruido), la desaparición de economías de escala local que sostienen las familias residentes (esas que tienen que huir del distrito), el esfuerzo y dinero dilapidado en la tramitación de denuncias en la Administración, el colapso en los juzgados originado por estos conflictos, etc. Así le salen las cuentas a cualquiera. 



No quiero extenderme más exponiendo los conocidos daños sociales, medioambientales y económicos de la industria del ocio en el Centro, ya habrá ocasión de abundar en ellos. Prefiero apuntar algunas de las que considero soluciones para el problema que atañe a tantas familias residentes en el centro, y a todos los ciudadanos y visitantes que hacen uso constante de él. 



En primer lugar, hay que asumir que el Centro es un barrio más, y para subsistir necesita equilibrio en los usos; la resiliencia ante el impacto de la industria del ocio es limitada; la misma industria ya demanda hace tiempo (justo cuando la competencia interna empezó a repartir beneficios) limitar su propia actividad. Se hace necesario y urgente reducir significativamente las licencias concedidas, para restablecer un equilibrio de usos en el distrito, y una regeneración de la actividad comercial local que ha sido expulsada por el ocio. Y no sería nada nuevo, porque ya el PEPRI contemplaba la limitación de ciertos usos, como las oficinas bancarias en ciertas calles, porque lo limitado del horario de su actividad podía generar espacio público desactivado. 



Por otra parte, con las características físicas singulares del Centro en cuanto a la reverberación y propagación del sonido, y si se quiere realmente cumplir el máximo de 65Db/día y 55Db/noche, ha de extremarse el control sobre todas las fuentes del ruido (no sólo la música del interior de los bares), de una manera mucho más exigente que en otras zonas de la ciudad más abiertas y con más zonas verdes que amortigüen el impacto. Todo esto, sin olvidar que en la ciudad de Málaga, hasta un 13% de los ciudadanos ha tenido que mudarse alguna vez por problemas de ruido, dato insostenible y absolutamente incompatible con una ciudad medioambientalmente equilibrada.







         (9) 



En segundo lugar, para determinar la capacidad del Centro de acoger usos, tendremos que partir de la base de la saturación acústica que ya soporta, independientemente de la industria del ocio. Si seguimos utilizando sistemáticamente el casco histórico como el espacio natural de todos los eventos individuales, colectivos y representativos de la ciudad (Navidades, Carnaval, Semana Santa, Feria, Halloween, etc.), el margen disponible para añadir otras actividades será inexistente. O disminuimos la presión de la representación colectiva sobre el Centro, repartiéndola por el resto de la ciudad, o no habrá manera de hacerlo mínimamente habitable. O liberamos el casco histórico del espíritu avasallador de la gigantesca tribuna de Semana Santa de la Plaza de la Constitución, o morirá de éxito. 



En tercer lugar, hay que considerar el daño medioambiental producido por cada bar, cada terraza, y cada bar de copas como parte inseparable de su actividad; si los clientes hacen ruido en la terraza, o alrededor de las puertas del local, evitarlo (que sí se puede) tiene que ser responsabilidad del comercio que lo produce, y no de los medios públicos. El problema del ruido no lo genera “el comercio”; sólo lo genera la industria del ocio, por lo que hay que considerar ese parámetro a la hora de conceder licencias de apertura y calcular tasas. E incluir la medida del cierre inmediato del local a los primeros incumplimientos de las ordenanzas de ruido. Sólo así conseguiremos industria de calidad, que funcione respetando su entorno habitado. 



En cuarto lugar, hay que coordinar de manera transparente las denuncias y los datos medioambientales de todas las Áreas y Departamentos; si en una calle hay un bar de copas que produce excesivos Decibelios de noche y soporta cientos de denuncias, no se debería conceder junto a él una licencia de apertura para un bar con terraza en horario diurno, porque cierra el círculo de la Contaminación Acústica permanente. El protocolo ineficaz para determinar las Zonas Acústicamente Saturadas debe ser revisado de arriba a abajo; no se puede tardar año y medio entre el concurso público para el encargo de las mediciones y la aprobación de la Zona; y no se puede limitar la prohibición en la Zona a los bares con música, debe extenderse a toda actividad que produzca ruido, de día o de noche, por encima de los límites de 65 y 55 Db, respectivamente. Si el Ayuntamiento no tiene medios técnicos para asegurar el cumplimiento de las Ordenanzas de Ruido por los bares, no puede conceder licencias de apertura; de lo contrario, condena a los vecinos a ejercer (gratuitamente y a costa de su salud y tiempo libre) de inspectores y gestores de denuncias, sin ningún resultado práctico además. 



En quinto lugar, hay que definir y establecer un modelo de Centro habitable y beneficioso para la salud del residente y del visitante. La industria del ocio y del turismo tiene que ofrecer como un extra la calidad medioambiental conseguida en el distrito con el esfuerzo de todos, en lugar de considerar el ruido y la privatización del Espacio Público como inherentes a su actividad. Si el espacio compartido sirve eficazmente a todos, también producirá beneficios para todos, incluyendo la rentabilidad económica del ocio. 



En sexto lugar, no se puede retrasar por más tiempo la puesta en marcha de la policía de barrio y la brigada del ruido, como ya está funcionando en muchas ciudades españolas. Una policía informada, cercana a las causas de los problemas generados por la industria del ocio, correctamente equipada en aparatos de medida y de comunicación, ahorrará mucho dinero y esfuerzo en evitar nuevos conflictos y solucionar los existentes.



        (10)                                                                                                               (11) 



En séptimo lugar, se deben introducir parámetros técnicos de regulación de la Contaminación Acústica en el diseño del Espacio Público y la edificación en el Centro; precisamente la configuración densa del conjunto urbano hace más significativa la capacidad de las superficies de pavimento y de fachada y cubiertas para la absorción de energía acústica. Como dato, la “Guía de para la utilización de pavimentos en espacios públicos” publicada en 2011 por el Ayuntamiento, con la colaboración del Colegio de Arquitectos, no contiene ni una sola mención a la Contaminación Acústica generada por cada tipo de pavimento. 



En octavo lugar, es necesario mayor fomento tanto de la Educación Cívica de los ciudadanos para desterrar definitivamente el vandalismo y los comportamientos insolidarios, como del sentido de compromiso cívico para estimular la participación de los residentes como agentes activos en el control y mejora permanente del espacio urbano compartido. Y mientras se consigue a largo plazo, habría que hacer visible constantemente el problema y hacer entender al usuarios del Centro de la necesidad de no producir ruido, por ejemplo mediante la instalación de señalética similar a la utilizada en entornos hospitalarios o la de itinerarios culturales que inunda el barrio. El visitante debería llevarse grabada la imagen de una sociedad que exige firmemente, tanto a sí misma como al visitante, comportamientos cívicos y respetuosos con el entorno habitado, en coherencia con los paradigmas de ecología y respeto a la naturaleza que se exportan en la industria turística española. De lo contrario, si percibe como inevitable, e incluso permitido, el vandalismo y la Contaminación Acústica generada por el ocio, acabaremos llenando el Centro de turismo de borrachera y balconing, como Mallorca o Gandía. 



He insistido en el tema del ruido como prioridad porque, de entre todos los problemas de habitabilidad que tiene hoy el Centro, la Contaminación Acústica es el que deteriora la salud del residente más rápida y brutalmente, y acaba desencadenando la huida, pero ello no significa que sean menores problemas el abuso de la privatización y la ocupación del Espacio Público a manos de la industria del ocio y la industria política, la falta de equipamiento de todo tipo, los bajos niveles de accesibilidad, etc…; no quiero decir tampoco que las señaladas sean las únicas medidas necesarias, y precisamente en este orden, pero creo que si pueden servir para dar una idea del modelo general hacia donde debíamos dirigir el trabajo y el compromiso común, desde la administración, los técnicos, los comerciantes, los residentes y los ciudadanos en general, si queremos que el Centro vuelva a ser habitable alguna vez. 







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Imágenes (1) a (12) - consultar origen en publicación blog málagalab





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Este artículo fue publicado el 15 de Octubre de 2012 en la Revista El Observador.

http://revistaelobservador.com/index.php/opinion/103-ciudad-taro/6742-vivir-en-el-centro.html 



málagalab  http://malagalab.blogspot.com.es/2012/10/vivir-en-el-centro.html





Esta obra está bajo una licencia by-nc-sa.











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[1] PEACRAM  http://www.peacram.com/modules/news/









Etiquetas:   Medio Ambiente   ·   Urbanismo   ·   Contaminación   ·   Turismo   ·   Ciudad    ·   Espacio Público

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