Las deudas de Calderón

 

. 60,000. Así de simple y contundente es la cifra que desnuda un proverbial fracaso, el fracaso de un sexenio lleno de tragedias, muertes, desapariciones, violaciones a los derechos humanos, familias destrozadas; en fin, una lista digna de las páginas más oscuras de nuestra historia. Como en un mal sueño, inseguros fuimos despertando a una realidad que se nos antojaba imposible, pero que la rotundidad de actos bestiales nos confirmó su actualidad. Poco a poco el espacio público se fue llenando de sangre, de mutilaciones, de cabezas cercenadas, de una brutalidad que muchos desconocíamos, pero a la que nos acostumbramos.

En el sexenio de Felipe Calderón, pronto a terminar, un caudal de afrentas a los mexicanos se antojan ayunas de justicia. Una deuda que pareciera incobrable por su magnitud,  nos ha dejado una herida abierta en la memoria que no podrá cerrarse, no debe cerrarse. Las cifras, números fríos, no sirven de nada si no caemos en la cuenta de que cada muerto era un hermano, una hermana, un amigo, una novia, un padre, una madre, un hijo, un conocido, un ser humano.

El régimen panista que dará paso a otro que por sus credenciales dudamos de su talante democrático, fue prolijo en demostrar la poca estima que la vida de los ciudadanos representaba para los responsables de procurarla. Con la odiosa expresión “daños colaterales” desnudaron la necesidad patológica que tenían de justificar y defender una “estrategia” que estaba hundiendo al país, y que finalmente lo hizo, en un charco de sangre.

Para Calderón y sus subordinados, la irresponsabilidad tuvo un lugar privilegiado entre sus más acentuadas características. El escándalo que se desencadenó tras la detención del general de división Tomás Ángeles Dauahare, quien fuera acusado de mantener relaciones con el cártel de los Beltrán Leyva, derivó, tras saberse motivos políticos en su detención, en la conclusión que muchos habíamos sospechado, la “Guerra contra el narcotráfico” carecía de una estrategia, cosa que el general habría denunciado como inadmisible para las fuerzas armadas frente al propio Calderón y otros mandos del ejército. De ese tamaño el desdén por el país que, se suponía, debían administrar; tanta fue su indolencia frente a la suerte de la población civil, y tanta su improvisación, que no dudaron en lanzar el ejército a las calles, aún a costa de su fortaleza institucional, sin una estrategia definida.

La administración de Calderón fue también una pista ideal para presenciar el nulo sentido del ridículo que las dependencias  adscritas al ramo de la seguridad desarrollaron, y es que en ridículo quedó la Secretaría de Seguridad Pública Federal cuando se descubrieron los montajes cuasi-cinematográficos que su titular, Genaro García Luna, llevaba a cabo para justificar el cuantioso presupuesto que le destinaron a su dependencia. En ridículo quedó el sistema penitenciario mexicano con las escandalosas cifras de presos que huyeron de las instalaciones carcelarias. En ridículo quedó la PGR cuando con bombo y platillo anunció que “ya mero” atrapaban al Chapo Guzmán, que “no’ mas tantito faltó”, que “ya casi”, que “tengamos paciencia”. Y en el colmo del ridículo, de la desmesura del ridículo, fuimos testigos de un bochornoso episodio protagonizado por la Secretaría de Marina y la Procuraduría de Justicia del estado de Coahuila, pues dejó en claro una desconexión institucional criminal y una curiosa incompetencia, su incompetencia para cuidar a los vivos y  ahora, en un hecho insólito, también a los muertos. Un evento tan trascendental como el abatimiento del segundo capo más buscado de México, terminó en un cuento digno de Kafka.

En materia de Derechos humanos, la situación no pintó mejor. En el año 2008 la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), tuvo conocimiento de 564 casos  en los que estuvieron involucradas fuerzas federales, para el año 2011, la cifra era de 1,669. En tres años, un aumento del 295% en violaciones a los derechos humanos. Brutal.

Los números son elocuentes, el fracaso patente, el tejido social maltrecho, la credibilidad de las instituciones de seguridad, comprometida; violencia, brutalidad, asesinatos, injusticias. La herencia que Calderón nos deja es espeluznante; su irresponsabilidad, inadmisible. Nos deja un país en pedazos, habrá que entender que seremos nosotros, sólo nosotros, los responsables de reconstruirlo. No hay otro camino.

 

 

 

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales