. Nos lo demuestra Vázquez Figueroa en esta corta novela, escrita en
2003. Narra la historia de un grupo de profesionales del cine norteamericano
que deciden rodar una película (¿a lo Michael Moore?) sobre la especulación tan
atroz que gira en torno a la producción de energía eólica en su país.
Si bien el
argumento es un poco inconsistente, no por eso me ha dejado de interesar su
lectura hasta el final, puesto que desde que leí la serie de novelas sobre
Cienfuegos, la pluma de Vázquez Figueroa me ha enganchado. Dicho esto, lo que
me interesa de su corta novela Vivir del Viento es reflejar no ya una historia
de sencillo argumento, con la mafia de por medio, sino el hecho de que haya
atinado de tal manera en lo que a este tipo de energía renovable se refiere.
Europa ha
pretendido desde hace muchos años que entre el 10 y el 15% de su energía
proceda de fuentes renovables (¿puede ser esta idea una copia de lo experimentado
en USA?). Las energías renovables son aquellas cuyas fuentes energéticas tienen
una capacidad prácticamente ilimitada, como el sol. A veces se las denomina con
el apelativo “alternativas”, pero éste se refiere sólo a aquellas que no son
las convencionales procedentes de la quema de combustibles fósiles o de origen
nuclear. En el caso del viento, muchos expertos han llamado la atención sobre
el problema que supone la asunción obligada de la misma en el sistema
energético: si se tiene en cuenta que la energía eléctrica no puede almacenarse
de manera generalizada y que las producciones de electricidad provenientes de
aerogeneradores son discontinuas, parece obvio concluir que habrá excedentes de
energía eléctrica en el sistema en determinadas épocas y horas del día,
dependiendo también de la meteorología concreta de los lugares en los que se
localizan los modernos molinos de viento.
El autor
explica muy bien el asunto desde un punto de vista coloquial, en palabras de
uno de los protagonistas. La clave del tema está en el precio que los Estados
pagan (dígase “subvención”) por cada megawatio producido mediante este tipo de
energía, lo que crea un desequilibrio fundamental en el sistema. ¡Si sólo fuera
eso! El problema fundamental no es un déficit o exceso energético, sino el
desequilibrio económico que genera, similar a una burbuja, en la que unos pocos
ganan mucho y muchísimos pierden. Como es de suponer, ya sabrán quiénes son
éstos últimos: quienes pagan el recibo de la luz, como suele decirse habitualmente.
Así que,
aunque sea de manera novelada, da gusto encontrar algo de justicia divina en el
mundo literario de ficción, aunque sea con los sicilianos de por medio. Sí, es
una tontería, porque en realidad ocurren dos cosas importantes, al menos: la
primera es que los que siguen especulando con este modo de producción
energético continúan llenando sus bolsillos y nadie les para los pies,
seguramente porque quienes gobiernan están metidos en el ajo; y la segunda es
que como los que anteriormente nos gravaban en el recibo de la luz y en este
momento no tienen el mismo margen o cuota de beneficio, “deben” subir las
tarifas, con el beneplácito de los gobernantes. Son ecuaciones algebraicas muy
sencillas, sumas y restas, que tienen siempre el mismo sustraendo: nosotros.
¿Hasta cuándo?