Independientemente de las evidentes iniquidades de la campaña electoral, del abuso de los medios de comunicación públicos, del chantaje llevado a cabo con algunos programas sociales que hubieran hecho sonrojar a cualquier seguidor de López Labrador; independientemente del salto de talanquera del diputado Ojeda, la candidez nefasta de un Juan Carlos Caldera y las fotos traicioneras del tarjetón electoral; independientemente de la confusión creada por las sonrisas autosuficientes de Briquet y Aveledo y de que esto haya promovido todo tipo de rumores sobre un fraude electoral ante la inexplicable voltereta a última hora de los números; independientemente de estos y otros factores semejantes –ya de por sí perturbadores–, los que no compartimos el proyecto del presidente deberíamos entender de una vez por todas que el chavismo no es un fenómeno precisamente sencillo; que no sólo influye la personalidad de su líder y la forma cómo se ha sembrado ésta en el imaginario de un pueblo continuamente en busca de mesías que le recuerden las hazañas de los padre de la patria, sino que ha sido imprescindible para su consolidación esa especie de artefacto lingüístico que aquél utiliza, basado en la confrontación y las diferencias, al otorgarle a ciertos grupos sociales una nueva identidad, un lenguaje particular y por tanto una causa política.




