Hace unos días conocíamos la noticia de que el alcalde de Roma, Gianni Alemanno, ha firmado un decreto que prohíbe comer en los lugares de interés histórico, artístico o arquitectónico de la ciudad para protegerlos de la polución. La multa por saltarse esa norma va de los 25 a los 500 euros. Según señala el propio decreto, esta medida ha sido necesaria porque los turistas no respetan “las normas más elementales de decoro urbano”, y la gente derrama bebida, tira comida y ensucia con desperdicios, latas y envoltorios las plazas, escaleras y fuentes históricas de cualquier lugar sin ningún tipo de pudor. Pero, aunque Gianni Alemanno esté preocupado por la situación de su hermosa ciudad, el afán gorrino de algunos seres humanos no comienza al llegar a Roma; comienza mucho antes. Comienza, de hecho, nada más subir al avión, donde los pasajeros al llegar –como en una orgía descomunal de inmundicia y griterío- dejan los asientos hechos una auténtica pocilga.




