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Amor y sexualidad


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11/10/2012

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La sexualidad sin su significado pleno, deja de ser un lugar de encuentro entre dos personas, se acaba vulgarizando y se puede convertir, por el contrario, en mero instrumento de utilización mutua para obtener un placer personal. Si la perspectiva humanizante del amor está ausente, la relación puede incluso hacerse violenta. Cuando, en la relación sexual, se disocia la inteligencia y el corazón del cuerpo, utilizando solamente como objeto de placer, o la sexualidad en su sentido amplio se confunde con genitalidad, parte de esa persona puede sentirse decepcionada, vacía.


El acto sexual, relaciones genitales, significa donación y acogida mutua. El acto sexual es acto de amor, que va mucho más allá del plano físico para entrar en el terreno de la comunicación interpersonal. Una sexualidad satisfactoria que produce un placer físico y alegría espiritual, se basa en la aceptación y valoración no solamente de la genitalidad, sino también de la persona. Uno se da a la otra persona y la recibe enteramente, sin reserva, incluída su fertilidad, ya que hay posibilidad de que exista otra vida. La naturaleza ha provisto el mismo acto y los mismos órganos para realizar la unión sexual, tanto para expresar el amor como para transmitir la vida. Es siempre el mismo acto, siempre un acto de entrega y aceptación mutua, que no se debe separar ni manipular, una vez para tener un hijo, otra vez para amarse. Esto implica entonces aceptar a la otra persona como un todo que es, no sólo como quien recibe y expresa amor, sino como posible padre o madre de sus hijos. 

La sexualidad lo invade todo: la psicología, las relaciones humanas, nuestra personalidad. Matiza el modo de entenderse y de entender la realidad. Una reflexión sobre la sexualidad sólo puede elaborarse a partir de una concepción integral de la persona. Preguntarse por el sexo es preguntarse por el ser humano mismo en toda su integridad. Toda actividad, toda conducta, todo sentimiento y emoción queda impregnada por la sexualidad.

La genitalidad es relativo al sexo y al aparato reproductor del ser humano y de los animales.

La sexualidad ocupa gran parte del interés de la sociedad, cada vez hay mas libros de divulgación, científica y no tanto. Las revistas, programas televisivos y radiales siguen insistiendo con los puntos G, la mayor efectividad del tan mentado placer, cómo lograr erecciones prolongadas y orgasmos múltiples.

La edad de iniciación sexual es cada vez menor, o sea, más precoz. A la vez que es tan importante, ha perdido por completo el valor y el sentido. No tiene trascendencia tener una relación con un otro, es parte de una salida, de un programa.

También existen parejas que se aman y, aún así, el deseo se va apagando con los años. Y consultan, otros se resignan, otros buscan alternativas externas a su relación.

La sexualidad es sagrada, ambos participantes se consagran al Amor. Lo sagrado acerca a los amantes entre sí, facilita la verdadera conexión, la comunión en cuerpo y alma.

Cuando se busca un objetivo, se perdió el Amor, se le quiere extraer algo para sí. Y se pierde la línea subyugante que cada vez nos hace recorrer distintos caminos. También se pierde el deseo. Ya que la fuerza erótica, sin Amor, se consume en el tiempo.

El enamoramiento, la formación de relaciones amorosas y eróticas juegan un papel importante en la vida de las personas, para bien o para mal. 

Hacer el amor no tiene casi nada que ver con el sexo. El sexo es un sencillo acto que ejecutan paquidermos, primates y equinos, entre otros, por el cual el órgano sexual del macho introduce en la cavidad sexual de la hembra un fluido fecundador.

Hacer el amor, en cambio, es una deliciosa demencia voluntaria, a la que se entregan unicornios, pegasos y dragones, es decir enamorados puros, solitarios fugitivos y adúlteros asustados, entre otros, por la cual se realizan expediciones larguísimas a los continentes desconocidos que todos tenemos sobre la piel y debajo de ella.

Amor, es actuar sin importar que te lo impide. Amar a los que te hacen bien y mal, al que tiene una casa linda y al que duerme en cama de cartón. Es el que come contigo en la mesa de siempre y el que necesita que le des de comer un pedazo de pan. Al que comparte contigo tus buenos momentos y al que le tomas la mano cuando está en su lecho de muerte. Amor no es un nudo en la garganta ni cosquillas en el estómago, es más que una palabra bonita, es una promesa de por vida. Que cuando tu pareja te grite, le des un beso a cambio, cuando discutes con tu amigo o amiga, la alagues con tus palabras y cuando te maldicen hasta el día que mueras, bendigas desde el día que nació esa persona.

En la mayoría de las culturas antiguas la sexualidad era entendida como algo sagrado, o sea, algo íntimamente relacionado con lo divino. Se suponía que los dioses también eran sexuados, y de esa sexualidad divina provenía el mundo y todos los elementos de la creación. Los seres humanos, al ser sexuados, participan de ese poder divino y, en cierta forma, se divinizan a través de las relaciones sexuales. Y esto no solamente mediante el matrimonio sino también por el coito con las prostitutas sagradas.

Aquí podríamos parafrasear a Aristóteles y decir que el Amor se dice de muchas maneras. Así hablaríamos de amor fraternal, de amistad, de amor paterno-filial, de amor de pareja, etc.

En Edipo rey, el protagonista, en su búsqueda apasionada por saber, sólo culmina su unión sexual mediante el asesinato y la automutilación. En la novela de James Cain, El cartero llama dos veces, los dos amantes pueden consumar su pasión a través de un homicidio atroz, con connotaciones casi rituales. Un hálito similar recorre las obras de O'Neill como en Deseo bajo los olmos, drama sobre los desbordes de un amor incestuoso. En Shakespeare, observamos que refleja, en La tragedia de Romeo y Julieta, esa consumación del amor en la muerte: después de escuchar el canto de la alondra y de yacer ambos en el último lecho de amor, deberán inmolarse para inmortalizar su pasión. Algo parecido vemos en Antonio y Cleopatra; en el Dante cuando en sus inolvidables versos —La divina comedia— describe el drama de Francesca da Rimini; o en la historia real de esos amantes infortunados que fueron Abelardo y Eloísa que hoy yacen juntos en el cementerio del Père Lachaise en París.

Unas palabras de Plutarco, frescas y desenvueltas pueden ayudarnos a reflexionar sobre sexualidad y amor.

Leemos en su escrito Sobre el amor: «La vida con la propia esposa es fuente de amistad, como si se tratara de una iniciación en común a los grandes misterios. Pues aunque el placer dura poco por sí mismo, de él brota día a día un aprecio, una estima, un afecto y una confianza recíproca. Y no podemos acusar a los delfios de que llamen equivocadamente a Afrodita "Armonía", ni de que Homero califique de "amistosa" una tal unión. Y es una prueba de que Solón fue un legislador muy experto en leyes matrimoniales el que prescribiese que el hombre tuviera relaciones sexuales con su mujer no menos de tres veces al mes; y ello no solo por razones de puro disfrute sexual, sino que, al igual que las ciudades renuevan sus pactos de tiempo en tiempo, también quería él que hubiera una renovación del matrimonio mediante tales pruebas de ternura, liberándose así de las recriminaciones que surgen con la diaria convivencia».

Una de las historias más conocidas y además muy romántica donde interviene Eros, es en la que se enamora de la mortal Psique, y de cómo pierde a su amada y luego la recupera, casándose con ella. 

En ocasiones, se le llama Amor o Amores, y su versión latina es conocida como Cupido.

La historia más curiosa en la que interviene Tánatos es en la que es encadenado por Sísifo. 

Sísifo era el más astuto y el menos escrupuloso de los mortales. Era capaz de los más enrevesados engaños para conseguir sus propósitos. 

Se dice que, al ser amante de Anticlea, él sería el verdadero padre de Ulises. 

Cuando Zeus raptó a Egina, la hija del río Asopo, Sísifo fue testigo casual de los hechos. Utilizó la información para conseguir de Asopo un manantial en la ciudadela de Corinto, y delató a Zeus. 

Éste, enfurecido, mandó a Tánatos para acabar con la vida del mortal, pero el hábil Sísifo consiguió atrapar y encadenar al genio alado de la muerte, y por un tiempo ningún hombre murió. 

Finalmente, Ares liberó a Tánatos, que volvió a realizar su trabajo empezando por el propio Sísifo. 

Pero Sísifo era capaz aun de más artimañas para librarse de la muerte, y antes de morir ordenó en secreto a su esposa que no le tributara honras fúnebres. 

Una vez en los infiernos, se quejó ante Hades de la impiedad de su esposa y le pidió que le dejará volver para castigarla. 

Hades se lo permitió y Sísifo, que no tenía intención de volver a los infiernos, vivió en la Tierra feliz hasta época muy avanzada. Cuando por fin murió,

Eros y Tánatos, o el amor y la muerte, son temas universales que han preocupado al hombre desde los comienzos de la historia. Los más grandes filósofos, poetas y novelistas han puesto estos temas en el centro de su reflexión o desarrollo.

Hay una fuerza que nos empuja hacia la vida, la supervivencia, el amor, el deseo.  La otra, que es una fuerza similar, nos impulsa al sufrimiento, al dolor, a autodestruirnos, se trata de la pulsión de muerte. 

Hay varias maneras de lidiar con lo autodestructivo que nos habita.  Cada uno de nosotros tiene la posibilidad de encontrar más de una razón para levantarse por las mañanas, aunque tengamos sueño, o un día largo por delante plagado de responsabilidades.

El padre del psicoanálisis, Sigmund Freud, quien era un estudioso y admirador de la mitología y la literatura griegas, utilizó en varios de sus conceptos fundamentales este material antiguo, por ejemplo, en su famosa teoría del llamado “complejo de Edipo” y en la descripción de estas dos corrientes esenciales en las que fluye la existencia: una fuerza universal que nos inclina hacia la vida, la procreación, la sexualidad, los afectos, la expansión vital (lo erótico) y una fuerza igualmente poderosa, antitética, que nos conduce a la destrucción, la agresión, los afectos negativos, la muerte (lo tanático). La fuerza del Eros nos construye a partir de la sexualidad de nuestros padres, en tanto que el Tánatos nos lleva inexorablemente hacia la desintegración vital. 

La mayoría de los sucesos históricos de los cuales tenemos registro son eventos tanáticos, destructivos, en los que la muerte y la agresión son las causas y las consecuencias principales. Repase el lector los grandes hitos de la Historia Antigua, Media, Moderna y Contemporánea y en todos encontrará un predominio de las fuerzas tanáticas sobre las eróticas. La búsqueda de poder, riquezas, fama, territorio, en realidad son facetas de un mismo fenómeno por el cual los seres humanos son proclives a la agresión y desatan su belicosidad tanática con espantosa facilidad. Los hombres mucho más que las mujeres.

En suma, tánatos no significa destrucción ni tampoco es la fuente de todas nuestras desgracias, sino que es parte esencial de la vida misma. Como nos enseña la etimología, thanatos tiene el mismo origen que thalamon, el lugar de la casa donde habita la madre y esposa: quizás el más oscuro, pero también el más central. La vida humana es el camino desde y hacia ese centro.

Hoy son cada vez más las personas creyentes y no creyentes, las que sienten una profunda necesidad o anhelo de una sexualidad integrada en su vida espiritual. Una espiritualidad que no sea moralizante, normativa, pesimista, condenatoria de nuestro mundo y cultura sexual. Que se base en el amor y que acoja a las personas que viven el amor allí donde se encuentran. Que responda a una actitud optimista para animar a las personas a vivir y no con ojos pesimistas que nada de hoy ven bueno, todo lo sexual menos la reproducción, lo condenan y lo ven peor que la Sodoma y Gomorra del pasado.

Buscan en su fe y religiosidad una fuerza que las oriente, las guíe, las proteja y las conduzca a una espiritualidad realizadora de la sexualidad y les conceda un espacio en el que sus inseguridades, inhibiciones y temores sexuales no tengan ya ninguna fuerza. Lo que menos necesitan son normas y condenas amenazadoras de los que se tienen o se llaman piadosos. El camino de una vida espiritual autentica es un camino de libertad y liberación sexual.

Los cristianos que se alejan, huyen, reprimen, niegan y renuncian de su propia sexualidad en vez de integrarla en su propia espiritualidad, me recuerdan aquel hombre que se empeña en escapar de su propia sombra. Cuando se pare y vuelva a mirar para atrás se encontraba con ella. Somos personas sexuadas, sexuales y eróticas, es imposible en la vida espiritual sacudirse o huir de ellas. Cuando más corramos y queramos alejarnos de ellas más cerca estarán. Esto mismo nos sucede cuando queremos alejarnos y huir de nuestra sexualidad, ya que es algo que somos y llevamos dentro. De nada sirve ignorarla, huir de ella, reprimirla, negarla. Jamás lograremos vernos sin ella. Solo podemos aceptarla como positiva y tratar de hacer las paces con eso que somos y llevamos dentro. Además si la integramos en la vida espiritual sin huir de ella y nos hacemos amigos de ella, puede convertirse en una energía que nos ayude e impulse a vivir esa vida espiritual con fuerzas renovadas.

La sexualidad para integrarla en la vida espiritual, hay que aceptarla, amarla, conocerla, mirarla de forma complaciente en vez de rechazarla. Es algo que me pertenece, es una parte de mí. También esa parte de mí necesita ser amada y aceptada para poder vivir una espiritualidad plena.

Una sexualidad abierta a la espiritualidad requiere un concepto más amplio. No sólo se unen los genitales, buscando una reproducción, sino también los corazones, buscando una fusión afectiva de nuestras personas. Si en nuestras vivencias de la sexualidad hay lugar para la espiritualidad, entonces en el encuentro sexual percibimos la totalidad de nuestras personas, y en nuestra unión coital se hace presente una gran parte de nosotros mismos, que en ese instante nos ofrecemos, nos entregamos mutuamente en todo nuestro ser. Abiertos por completo el uno al otro, nuestras personas pueden tocarse y abrirse paso por un momento en el corazón del otro.

La educación sexual integral, en el auténtico camino del amor verdadero, pasa por la adquisición de pautas para encontrar esa otra senda que lleva a la generosidad, a la entrega, al descubrimiento de los otros valores de la persona y su dignidad, el verdadero encuentro amoroso. Hace del amor algo grande, abierto al tú y a los demás. Es el camino de la generosidad, de la amistad, de la solidaridad.

Se hace necesario orientar a los padres en la formación de sus hijos para el Amor, pues ellos son los primeros educadores; y a los jóvenes, como forjadores de nuevas familias. Sexualidad y Amor son dos pilares fundamentales, la familia como núcleo vital de la comunidad humana, y los jóvenes que son el baluarte y el futuro de la sociedad.





Beatriz Valerio



Etiquetas:   Sexualidad   ·   Sociedad
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