Cuando Colón, que hasta los 46 años logró convencer a los reyes de Castilla y de Aragón para que le ayudasen a su empresa y que vino a hacer del hallazgo de América la obra de la decadencia de su vida, debió renacer en la mocedad de aquel hombre, con quien seguramente cruzó diálogo de melancolía y de tristeza, encendidos de íntima fe, sobre el puente de una carabela, bajo la luz de los diamantes que vigilan las noches de América, con la sal del mar sobre los labios y el corazón en saltos de aventura.



