¿A quién le importan las automutilaciones?

 

.), en los cuales el filósofo francés muestra cómo el poder utiliza ciertas ramas de la ciencia para sacar del juego a los que no se adaptan al orden impuesto por la sociedad, calificándolos de desequilibrados y orates; lo que se podría traducir en aquella famosa ocurrencia de Szsaz que decía que si le hablabas a Dios, estabas orando, pero si decías que Dios te hablaba, eras un esquizofrénico. Esta antipatía se nos ha acrecentado luego de la lectura del extraordinario libro de Ibéyise Pacheco sobre las andanzas del Dr. Chirinos y su indiscriminada práctica del TEC (Tratamiento de electroshock). Otro parecer, sin embargo, hemos tenido en relación al psicoanálisis, a la obra de Freud y Lacan, al super-yoy el Otro como reguladores culturales del yo. Pero tanto la psicoterapia como la psiquiatría parecen coincidir en que las personas que se automutilan, o se hacen daño físicamente, buscan alivio a sus sufrimientos psicológicos; valga decir, a los tormentos de su alma. Por cierto, que de lo que se le acusa a Chirinos es de asesinar a una chica que practicaba estas cosas de la automutilación, lo que le da dimensiones más estrafalarias a su supuesta conducta. Todo esto viene a cuento porque recientemente, y como nueva forma de lucha política y reivindicativa, se ha desatado en el país una ola de autoflagelaciones que van mas allá de la tradicional huelga de hambre: desde la amputación de uno de sus dedos por parte del difunto Flanklin Brito, pasando por la sutura de sus labios de los estudiantes y la extracción de sangre que se han practicado a sí mismo los enfermeros, hasta las desgarradoras huelgas de sangre de los presos de la cárcel de Vista Hermosa, en Ciudad Bolívar. Nadie duda de que todos estos ciudadanos sufren psicológica y físicamente, y que deseen liberar su alma o aliviar su tormento. Los estudiantes porque ya sus universidades chirrean de tanto recorte presupuestario llevado a cabo estos últimos años; los enfermeros debido a que sus sueldos de hambre rayan en la indignidad; los presos porque ya todo el mundo conoce, desde que Juan Pablo II asistió al Retén de Catia en el año 1996 (lo que propició su demolición un año después), las condiciones infrahumanas en que viven; y en cuanto a Brito, todavía esa familia parece estar padeciendo los efectos de las expropiaciones indiscriminadas de fincas y tierras. Pero el que estos ciudadanos se infrinjan daño a sí mismos como medio para alcanzar sus exigencias salariales o de mejor calidad de vida, no sólo rompe con la tradición que, según se cuenta, iniciaron los egipcios durante la construcción de la tumba del faraón Ramsés III, cuando por tres veces se pusieron en huelga reclamando alimentos y ropas, sino que parece indicar que las autoridades o no respetan el derecho a la huelga consagrado en la constitución ( y aprobado en Inglaterra en el siglo XIX), en unos casos, o no atienden las exigencias hechas a través de los medios usuales, en otros.Pero cabría preguntarse a dónde nos conduce esta nueva práctica que se está imponiendo en el país; si no es esto tal vez una secuela del desánimo que sufrió la nación a raíz del paro general y la huelga petrolera de los años 2002 y 2003; y, en fin, si en este momento tiene algún sentido atentar contra uno mismo para obtener ciertos beneficios. Las consecuencias que han tenido estos actos no son muy halagüeñas: las mesas de diálogo que resultaron de las protestas estudiantiles están estancadas; las condiciones carcelarias no parece que vayan a mejorar; la ministra de salud se ha referido despectivamente a los enfermeros que siguen en la protesta; y desgraciadamente Franklin Brito se fue a otro mundo sin ver satisfechas sus demandas. Aparentemente estas formas de lucha no parecen hacer mella a las autoridades, más allá de cierta actitud dilatoria con la que éstas tratan de solucionar los conflictos. A simple vista se aprecia que la ética de los huelguistas no coincide con la ética de los gobernantes. La ética del gobierno parece inscribirse en esa ética de la revolución que expuso Marcuse en el texto que lleva el mismo nombre y que, por saberse portadora de una verdad histórica, subestima estos procederes. “Una revolución, según los conceptos del estado normal – dice Marcuse –, es por definición inmoral; quebranta el derecho de la comunidad existente; permite y hasta requiere engaño, astucia, represión, destrucción de vida, bienes y propiedades, etc. Pero un juicio que se atiene a esta definición- sigue diciendo Marcuse- es inadecuado. Las escalas de medida morales trascienden, por su exigencia imperativa, de todo estado dado […] y es la continuidad histórica la que determina su lugar y función… la ética de la revolución apela a un cálculo histórico”. Por eso, antes de acometer actos tan heroicos y osados como los narrados aquí, los huelguistas se deberían preguntar si los mismos serán comprendidos por la otra parte.

UNETE



Compartir
Tu nombre:

E-mail amigo:
Enviar
PDF

  • linkedin facebook twitter
  • ©reeditor.com
  • Todos los derechos reservados
  • Avisos Legales