. Unos apostaban
por este mes de septiembre que ya ha concluido. Otros apuestan por la primera
quincena de octubre. Otros, por la segunda quincena. Pero todos, sin excepción,
tienen claro que –más tarde o más temprano- España pedirá el rescate. La prensa
internacional presenta a nuestro país como un rincón gris en el mundo donde la
pobreza aparece reflejada en cada contenedor. Los mercados financieros castigan
o premian a nuestra bolsa y a nuestra prima de riesgo según las noticias se aproximen
más a la petición de un rescate cercano o se alejen de ella. En definitiva; la
pistola de la ruleta rusa empuñada por los especuladores de siempre apunta de
nuevo a nuestras mileuristas cabezas.
España es pobre. Es un hecho que no
podemos negar. Somos pobres económicamente y, también, pobres de espíritu. Solo
nos levantamos del sofá para coger una cerveza de la nevera o para festejar un
gol de España. Pero nuestra pobreza no es actual; ya éramos pobres hace muchos
años, solo que por entonces una parte importante de la población vivía del estado
a través de las distintas ayudas y otros vivían de lo que robaban directamente del
estado. Y así, nadie lo notaba. Ahora, sin embargo, somos más pobres porque
gobierna el PP –ser pobre con el PP no es lo mismo que ser pobre con el PSOE- y
porque, para nuestra vergüenza, salimos en el New York Times. Y por culpa de esa
pobreza ya pública y manifiesta, los organismos internacionales –repletos de
esperpénticos desgobernadores- le exigen
a nuestro desgobierno que solicite cuanto antes el dichoso rescate. Y nuestro presidente,
que no tiene el arrojo de Monti ni
la capacidad de Angela Merkel,
acabará cediendo una vez más en vez de arrastrar a toda Europa al lodo al que
nosotros nos encaminamos.
Como español, uno siente vergüenza de
que su propio país aparezca en la lista de los países europeos peor
gestionados, con más paro, con los sueldos más bajos, con peor nivel educativo
y, encima, rescatado económicamente. Mucho más cuando, en caso de haber existido
una buena gestión, habría dinero más que suficiente para salir de este hoyo.
Porque, además, pedir un rescate es como firmar una sentencia de muerte. Nadie
en su sano juicio puede creer que la situación económica del país mejorará al
pedir el rescate a una Europa desunida en la que cada cual está pendiente de sus
propios intereses. Es materialmente imposible que una crisis, una recesión, se
solucione subiendo impuestos, bajando sueldos, aumentando y fomentando el
número de despidos o rebajando los salarios. Ningún país rescatado ha mejorado
después del rescate. Solo los bancos y las grandes fortunas han salido
beneficiados. Por eso, cuando nuestros políticos nacionales e internacionales adoptan
y defienden con una sobriedad tan excesiva esas medidas de austeridad, a uno
solo le cabe plantearse dos opciones; o son unos verdaderos inconscientes o son
unos conscientes lacayos de los que en verdad nos gobiernan.