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La democracia en peligro


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07/10/2012


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El pasado sábado 22 de Septiembre sucedió en la ciudad alemana de Münster un acontecimiento que nos debería hacer reflexionar, en estos tiempos de crisis en el que se está poniendo en cuestión el papel de la clase política, muchas veces no sin motivos, por su comportamiento como representantes democráticos. El acontecimiento en cuestión es el siguiente: Se entregaba al ex canciller alemán Helmut Schmidt un premio que conmemora la negociación que se llevó a cabo en esa ciudad entre católicos y protestantes, que acabó en la Paz de Westfalia (1648), poniendo fin a la Guerra de los Treinta Años, que desangró el centro de Europa en un lucha sin cuartel, que enfrentó a partidarios de la contrarreforma y la reforma, es decir papistas contra luteranos, pero que se convirtió en una guerra civil europea en la que estaban en juego la hegemonía del continente y sus futuras alianzas.


                Helmut Schmidt, canciller alemán del Partido Socialdemócrata entre 1974 y 1982, fue uno de los impulsores de Europa Comunitaria, en un momento en el que la generosidad de los países y sus dirigentes era esencial para el avance hacia una mayor integración económica y política. Fueron deécadas de grandes estadistas: Jacques Delors, Valerie Giscard d’Estaing, Françoise Miterrand, Helmut Schmidt, Helmut Kohl, Felipe González, Romano Prodi, entre otros, que supieron comportarse con visión de futuro, teniendo claro que el modelo social europeo era la estructura sobre la que debía levantarse el edificio de la UE. En la conferencia pronunciada en el Ayuntamiento de Münster, el excanciller, de 93 años, dio una lección de historia sobre los conflictos habidos en Europa entre la periferia y el centro durante los últimos cuatrocientos años, apelando al equilibrio de poder entre los diferentes estados de Europa, y arremetiendo contra la política alemana actual y su comportamiento hegemónico en economía, que está destruyendo las bases de la Unión Europea.

                Hasta aquí la lección de historia que, aparentemente, no debería haber tenido mayor transcendencia, dada en un foro no político. Pero lo mejor vino a continuación. El Ayuntamiento había puesto una pantalla fuera del edificio, para que los ciudadanos que así lo desearan pudieran seguir el acto. La sorpresa vino cuando la plaza se empezó a llenar de gente que se paraba a escuchar las palabras de Helmut Schmidt, hasta tal punto que el nonagenario político tuvo que salir al balcón del Ayuntamiento a saludar a los varios miles de personas que lo aclamaban espontáneamente.

                Visto este suceso protagonizado por un político de noventa años, cabría reflexionar que el problema del distanciamiento en España entre clase política y ciudadanía, tiene que ver con el cortoplacismo de nuestros políticos, que no son capaces de planificar nada que “supuestamente” no les pueda beneficiar electoralmente; y con la incapacidad de dirigirse a la ciudadanía con franqueza, si esta verdad les perjudica en sus carreras políticas. El encastamiento de la clase política, la coloca en una posición ajena y distante a los problemas de los ciudadanos, inhabilitándolos para poder liderar los cambios que nuestro sistema democrático necesita. Pero esto no se soluciona sólo con protestas. En democracia cuando unas formaciones políticas no interesan hay que cambiarlas por otras nuevas, que tengan respuesta a los problemas de los ciudadanos. Porque la democracia sin un nivel aceptable de satisfacción para la ciudadanía, se convierte en algo inútil, que puede derivar hacia aventuras populistas y totalitarias.

                Necesitamos pues políticos con ideas claras y con visión de futuro, menos ligados a la maquinaria de poder de los Partidos, y con capacidad de negociación y de pacto. No caigamos en brazos de falsos discursos que tratan de reducir el trabajo de los políticos a un mero trámite de gestión, porque detrás de ello se esconde la hidra del fascismo. Que los políticos sean profesionales o no es cuestión secundaria si hacen bien su papel, no roban, y está próximos a la ciudadanía que los elige. Pensar que cuantos menos representantes democráticos haya en las instituciones, será mejor para el funcionamiento del sistema, es una ilusión que sólo reduce la pluralidad y la capacidad de control del poder; además el vacío que dejen los representantes democráticos no tardarán en ocuparlo quienes están tratando de reducir la democracia. Querer reducir el sueldo de los políticos a poco más que una asignación voluntaria, es estar dejando el ejercicio de la política sólo a quienes tienen la vida económicamente resuelta sin necesidad de trabajar, por lo que los representantes de las clases más populares y medias, tendrían casi negado el acceso a la dedicación política. Por eso no hay que confundir reforma del sistema actual hacia mayores niveles de democratización y control del poder, con sustituir este por cantos de sirena que poco o nada tienen de democráticos, rezumando populismo autoritario por los cuatro costados.

                ¿Tenemos en España, ahora mismo, líderes políticos en ejercicio que pudiera llegar a los noventa años siendo respetados y admirados por la ciudadanía, independientemente de su escuela ideológica? Tristemente no. Cuanto más hacen falta dirigentes con altura de miras y capacidad para lanzar mensajes de confianza, más cortos de vista son en el ejercicio del poder y la oposición. La sociedad reclama estadistas capaces de analizar la realidad sin urgencias electorales, para sentarse a pactar acuerdos que nos saquen de este atolladero; que sean capaces de entender que la sociedad vive más allá de su mundo cerrado, para que vuelvan a surgir los grandes acuerdos que situaron a este país en la senda del estado del bienestar. Hacen falta políticos generosos que negocien unos nuevos Pactos de la Moncloa, como se hizo en 1976, pensando en el bien del país y sus ciudadanos. Si no es así, y siguen alimentándose sólo de estrategias electorales, el tren de la Historia les pasará por encima, a ellos y a sus Partidos, que deberían ser los nuestros, y se ven tan lejanos.



Etiquetas:   Historia de Edad Moderna   ·   Política

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