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Cataluña. El sueño nacionalista


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05/10/2012


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El problema de la organización territorial del Estado español vuelve a estar encima de la mesa, y esta vez con una intensidad, hasta ahora, desconocida. Son muchas las razones que se han ido esgrimiendo a lo largo de estos días, con mayor o menor fortuna, para estar a favor o en contra de la reivindicación soberanista de una parte de Cataluña. Pero la mayoría de ellas, van ustedes a permitírmelo, sólo tienen el fundamento que las quiera dar la parte interesada, salvo la que apela a razones históricas, a pesar de que algunas voces prosoberanistas traten de hacernos ver que en el planteamiento independentista los motivos de la Historia son lo de menos, ya que su apuesta es de futuro y no de pasado. Sin embargo, por muchas vueltas que le he dado estos días al asunto, sólo he encontrado en la Historia la única justificación que puede avalar el soberanismo catalán. Porque si no es la Historia la razón, los catalanes, y que me perdonen por la comparación, tienen la misma justificación para reclamar la independencia que  los extremeños o los riojanos, es decir, ninguna, salvo las pretensiones del nacionalismo de aumentar su cuota de poder. Pero veamos la Historia.


                Después de la formación de los reinos peninsulares durante la Edad Media, la estructura política de la Península Ibérica durante la Edad Moderna queda configurada con un reino independiente, que es el de Portugal, y una monarquía, la de los Austrias, en lo que podemos denominar, para entendernos, España, que tiene dos Coronas sobre las que ejerce su poder regio: Castilla y Aragón, con sus propios fueros cada una, incluso frontera. Las interpretaciones del nacionalismo españolista que adjudican a Isabel y Fernando la unión de los territorios españoles son torticeras e interesadas. Los Reyes Católicos lo que hacen es unir las  Coronas de Aragón y Castilla bajo una misma monarquía, pero no bajo unos mismos fueros y leyes.

                Castilla y Aragón, por tanto van cada una por su lado, a pesar de los intentos centralizadores de la monarquía, que generaron no pocas tensiones entre las dos Coronas, sobre todo con la utilización, desde Felipe II, de la Inquisición como instrumento de poder regio, que hiciera de contrapeso a los fueros aragoneses. Sin embargo, las dos Coronas siguieron viviendo de espaldas durante todos los reinados de la dinastía de los Austrias, hasta el punto que Aragón no sostenía con impuestos a la monarquía y sus constantes luchas, sólo la hacía Castilla, y el comercio con América estaba expresamente prohibido para los reinos aragoneses. En conclusión,  a pesar de que la supremacía era de Castilla, que es de quien adoptó la monarquía sus estructuras políticas, teniendo nombrado un virrey en Aragón, las dos Coronas vivieron de espaldas, cada una con sus fueros, distando mucho de conformar una unidad territorial política, que pudiera tener el nombre de España, un concepto que en la época sólo se utilizaba como referencia que indiciaba la pertenencia a un lugar geográfico, o a una monarquía común.

                Toda esta estructura territorial se trunca con la Guerra de Sucesión (1701-1714), que se libró en los territorios de la monarquía española a la muerte sin descendencia de Carlos II, en la que los aragoneses se pusieron de parte del archiduque Carlos de Austria, quizá porque conocían las ideas centralizadores de los Borbones, que los catalanes ya había sufrido cuando en 1641 se sometieron a la soberanía del rey Luis XIII de Francia, bajo la promesa de constituir una república catalana, y en 1659, Francia, en la Paz de los Pirineos, devolvía Cataluña a la monarquía española, quedándose con los territorios de la zona catalano/francesa, en donde rápidamente abolieron los fueros propios y prohibieron el uso del catalán.

                La victoria del borbón Felipe V sobre el bando austriaco, supuso la abolición de los fueros de la Corona de Aragón, por los Decretos de Nueva Planta. Es a partir de este momento cuando España se convierte en un Estado, adoptando las estructuras políticas y leyes de Castilla, de obligado cumplimiento en todo el territorio. Este es el tiempo, trescientos años, de convivencia común, en el que nunca ha dejado de haber tensiones territoriales con Cataluña por un nacionalismo de carácter burgués, que ha vivido en la esquizofrenia de desear mayor soberanía, pero sin romper los lazos económicos con el resto de España, que tantos beneficios les ha reportado.

                Pero la Historia no es un dogma de fe, y si se debe conocer para mejorar el presente, hoy, en 2012, con todas las instituciones políticas, culturales y sociales  catalanas restablecidas, gracias a la Constitución de 1978, no existen razones objetivas para la deriva independentista que ha tomado parte del pueblo catalán. No estamos ante un asunto económico, como nos  quiere hacer ver el nacionalismo con el argumento de que a Cataluña le iría mejor siendo un estado independiente, que por otro lado sirve para ocultar el fracaso de la legislatura del gobierno nacionalista de Artur Mas. Se trata de un problema político, de encaje de Cataluña en el Estado español, algo que el “café para todos” autonómico que se aplicó en 1979, para que Cataluña y el País Vasco no fueran diferentes a los demás, hoy es un sistema fracasado que no ha solucionado la estructura territorial del Estado.

                La crisis que está poniendo todo patas arriba, está siendo aprovechada por el nacionalismo catalán como escusa de sus pretensiones soberanistas, con un oportunismo bastante zafio, pero que no es óbice para que alguien explique por qué los catalanes no pueden tener hacienda propia, o por qué el derecho a decidir dónde se quiere estar no está consolidado en la Constitución. Son muchas las preguntas que nos podemos hacer, pero todas conducen al mismo lugar: el Estado de las autonomías se ha quedado obsoleto, y frente a las tentaciones centralistas de la derecha españolista, el independentismo,  y la tibieza de parte de la izquierda, sólo cabe profundizar en la construcción de un Estado Federal, que atienda con claridad a las diferentes sensibilidades territoriales que existen en España, en donde la Historia debería tener un peso necesario, pero no suficiente.



Etiquetas:   Edad Media   ·   Cataluña   ·   Nacionalismo

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